domingo, 8 de marzo de 2015

Los Caudillos: Héroes Populares de nuestra Mitología Nacional

"Mas Dios ha de permitir que esto llegue a mejorar; pero se ha de recordar, para hacer bien el trabajo, que el fuego, pa' calentar, debe ir siempre por abajo" (Martín Fierro)

         Asumiendo irónicamente la clásica antinomia de Sarmiento, el rótulo de "bárbaros" que se utilizará a continuación, puede ser aceptado provisoriamente para definir una línea histórica cuyos protagonistas no se singularizan tanto por esa supuesta condición sino más bien por el sentido federalista de su lucha, el recelo antiporteño de su pensamiento, el signo popular de su trayectoria y la impronta tradicionalista de sus personalidades.
         Como se ha dicho, el signo popular caracteriza la trayectoria de los caudillos. Todos ellos fueron cabeza de movimientos fervorosamente sentidos por el común de la gente. Por eso cada uno de esos caudillos ejerció una suerte de elemental democracia. "Cada lanza, un voto", apunta Gabriel del Mazo. Cada lanza expresaba la misma voluntad soberana que hoy se expresa en la urna electoral -con la diferencia que empuñar una lanza significaba asumir un compromiso donde se jugaba la mismísima vida. Y que no se diga que la popularidad de los caudillos era forzada o que sus huestes estaban compulsivamente reclutadas. Era una popularidad espontánea e irresistible.
         Lo popular es la impronta suprema que caracteriza la jefatura de los bárbaros, en contraposición con la soledad de todo fervor popular en torno a la jefatura ejercida por los hombres de la civilización. En los bárbaros, la popularidad es auténtica, desmelenada y sin interferencias jerárquicas, en el compartido azar de las luchas y el reconocimiento pacífico de una superioridad personal.
         De todos modos, al aludir a la impronta popular que singularizaba a los jefes bárbaros, no nos referíamos tanto a su autenticidad como hombres del común y su contigüidad física al pueblo, sino más bien a su representatividad. Es decir, a la fidelidad con que los caudillos representaban el ánimo de su gente. Esta fidelidad confirmaba el cuño popular de los jefes bárbaros y constituía la esencia de su legitimidad, que no podía afirmarse en la ley ni en la soberanía electoral.
        Lo que nunca se esforzó Sarmiento, gigantesco detractor del caudillismo, por comprender fue esta verdad: que los caudillos eran elementos constitutivos de otra Patria que no era la de él. Sarmiento ansiaba un país alambrado y codificado, surcado por ferrocarriles, poblado de inmigrantes, sembrado de escuelas, vivificado por la cultura y la sangre europea y proyectado al futuro en el ejercicio de la práctica democrática. Los caudillos, en cambio, concebían otro rostro para su país. Un rostro más difícil de definir, puesto que ninguno de ellos supo fijar su programa con la maestría de Sarmiento. Tal vez -conjeturamos nosotros- soñaban con una patria donde todavía valiera el coraje y la lealtad, donde las provincias tuvieran una voz resonante, donde se dejaran tranquilos a los pueblos en una modalidad de vida cuyos defectos y anacronismos no fueran barridos tan drásticamente. Es difícil reconstruir la patria de los bárbaros: la que soñarían en las vigilias de los "campamentos en marcha" o en la rabiosa esperanza del alzamiento. Acaso un país con olor a cuero y ganado pampa regocijado en sus fiestas tradicionales y con un poco de ferocidad de cuando en cuando para seguir sintiéndose machos...
         Y cabalmente, como estas dos concepciones no podían coincidir jamás, unos y otros lucharon como si los enemigos fueran extranjeros. Se entremataron con el fervor que enardece las guerras de liberación.
         Los caudillos que se han agrupado bajo el genérico de "bárbaros" forman una línea histórica que empieza a correr casi inmediatamente a la Revolución de Mayo y recién desaparecerá hacia 1870. Esa línea, conceptualmente indefinida por sus protagonistas pero perfectamente diseñable a través de la ubicación de sus hombres representativos, alcanzó momentos más dramáticos en dos períodos históricos: entre 1819/1831 con la resistencia de Artigas y Quiroga, y entre 1862/1868 con la resistencia de Peñaloza y Varela.
         Frente al desplazamiento del país hacia la órbita de las potencias que protagonizan el sistema capitalista y postulaban en los hechos una división internacional del trabajo, fueron los jefes bárbaros quienes promovieron la resistencia popular, como si intuyeran que en esa revolución llevaban todas las de perder.
         Esto nos lleva a considerar otra de las características que hemos señalado al principio como propia de los bárbaros, es decir, su tradicionalismo. Porque la resistencia a todo lo que tendiera a insertar al país dentro del esquema capitalista no era sino una expresión del natural conservatismo de los caudillos, apegados a valores tradicionales y a una realidad del país que iba desapareciendo, derrotada por la técnica y el capital. Los bárbaros tendían, entonces, a salvar sólo ciertas modalidades populares de conducta, ciertas formas patriarcales de gobierno.
         Este conservatismo que señalamos no tendría, por otra parte, otra importancia que la de marcar un rasgo característico en la actitud vital de los caudillos, si no fuera que se proyectó físicamente sobre la individualidad de sus protagonistas. Lo cual tiene importancia por dos razones: primero, porque colorea la línea histórica del caudillismo con singularidades llenas de pintorequismo y atracción estética. Segundo, porque la impronta tradicionalista, criolla, que distingue sus figuras, las irá convirtiendo póstumamente en materia de sublimación poética.
         En cuanto a lo primero, no hay cronista de la época, no hay escritor que haya resistido la tentación de describir a esos caudillos en su singular y rudo aspecto, que los define como representantes de un pasado que luchaba por no morir. Un aspecto que los hacía aún más extraños a sus adversarios, así fueran compatriotas. Hay que leer la descripción que hace López de Artigas, la que hace Sarmiento del Chacho, para apreciar la ambivalencia de atracción y repulsión por esos seres de vincha, poncho y chiripá para sus cultos descriptores. Pues esa indumentaria, muchas veces, lo que distingue y separa los campos cuando cada uno de ellos está se jugando a fondo con un modo de vida, con una concepción de la Patria y el mundo drásticamente diferentes. De modo que el pintorequismo de los caudillos -proyección de su apego a lo tradicional- dice de su desconfianza hacia lo europeo y afirma su condición americana. No es dato para tener en menos.
         Y en cuanto a lo segundo, a medida que el país crece y se afirma, a medida que supera sus grandes problemas de desierto, indiada y montonera, algunos espíritus retornan al recuerdo de esa Argentina bárbara y elemental que la inmigración y la influencia cultural europea habían subestimado. Crece casi vergonzantemente un sentimiento nacionalista, una ansiedad por revalorizar ciertos personajes, ciertas actitudes políticas, cierto folklore que de algún modo ayudan a rehacer el rostro de una Argentina olvidada. A partir de entonces los caudillos abandonan el predio clandestino en que permanecían arrinconados y entran a poblar los territorios de la imaginación. ¡Cuántas veces Facundo ha sido convocado por poetas, dramaturgos, cuentistas, compositores, novelistas, argumentistas! El Chacho, Pancho Ramírez y tantos otros caudillos menores, ¡cuántas veces han sido revestidos de nueva vida en las obras de los escritores contemporáneos! Es decir: siguen moviéndose como personajes de una mitología nacional que inspira y nutre las creaciones propias del espíritu argentino. Son categorías estéticas que ya pertenecen definitivamente al acervo cultural de la Nación y en las cuales cualquiera puede meter mano.
         Esos gauchos que, según el ideario liberal, fueron en su tiempo la anti-cultura, la anti-civilización, paradójicamente triunfan sobre sus detractores convirtiéndose en materia sustancial para la creación de una cultura que hunde sus raíces en la temática nacional, que es, por consiguiente, 'más cultura' para nosotros que aquella que predicaban con sus galicismos los hombres de la civilización. Al final, entonces, regresando a sus esencias originarias, los caudillos aparecen como elementos constitutivos de una mitología hondamente nacional, no alienada. Y recordando a sus detractores, tan orgullosos de sus fraques, sus monturas inglesas, sus tics afrancesados, viene naturalmente a la memoria la cita de Tácito cuando hablaba de la adquisición por los britanos de las modas, los vestidos y las costumbres de sus conquistadores, los romanos: "A todo lo cual aquellos simples llamaban civilización, en tanto no era sino parte de su servidumbre".
        Los caudillos eran representativos de amplios sectores populares: aquellos que en su momento fueron vituperados sucesivamente como anarquistas, montoneros y bárbaros. La continuidad de su presencia en la historia del siglo XIX -desde Artigas hasta Varela, medio siglo corrido- induce a pensar que la existencia de esos sectores no respondió a episodios circunstanciales sino que expresaba una realidad auténtica, trascendente, asistida por sus motivos particulares, acuciada por sus propios ideales y representativa de un modo de sentir y pensar ampliamente compartido en gran parte del país.
         Sin embargo, esta persistente línea histórica, este firme y duro rostro del país desaparece pocos años después de Varela. Los bárbaros parecen liquidados, absorbidos o transformados. La corriente histórica que había logrado proyectar al escenario nacional figuras como la de Artigas, Quiroga, Peñaloza y Varela, queda repentinamente cegada, estéril, olvidada.
         Pero, ¿realmente es así? ¿Desaparecen esos bárbaros en una derrota definitiva o esa corriente sigue fluyendo subterráneamente, en lo más escondido de los corazones populares? Para mí, esto último es lo que ocurre.
         Ese modo de concebir el país que encarnaron los caudillos quedó postergado, subsumido bajo las duras estructuras de la civilización triunfante. Sobrevivía, tal vez, en la memoriosa nostalgia de los viejos soldados del Chacho o Varela, en el aire empacado de los compadritos alsinistas, en el oscuro resentimiento de los criollos de la ciudad y la campaña, que miraban desde la vereda de enfrente cómo los gringos nos construían el país. Quedó, también, en unos pocos hombres: en Ricardo López Jordán, en José Hernández y seguramente en el hijo del mazorquero Alem. Indiferentemente a eso que se llamaba progreso la corriente bárbara se mantenía en un rabioso desapego frente a esa Argentina de cuya elaboración estaba excluida.
         Pero no estaba cegada. Y por eso la vieja corriente popular afloró tumultuosamente, con el explosivo regocijo de lo que estalla después de mucho esperar, cada vez que alguien la conjuró emerger. Claro, había que conocer las claves del embrujo y no quien quiere es brujo... Pero cuando alguien supo decirlo, la barbarie rebasó sus napas subterráneas y afloró inconteniblemente, a cielo abierto, en las calles y en las plazas, como una negra inundación sonora. Por eso, en ciertos recodos de nuestros años argentinos, surge explosivamente una marea popular, allí donde hasta la víspera no había nada: un hombre dice las palabras adecuadas y a su conjuro crece un bramido de pueblo enamorado. Y esas convocatorias civiles del primer medio siglo XX siguen teniendo el mismo perfil que tuvieron las que condujeron antaño los caudillos ecuestres. El mismo perfil arrollador, jocundo, feroz, testarudo y sobrador, aunque sus numerosos protagonistas se llamen radicales, yrigoyenistas o peronistas. Porque son los mismos de antes y la tierra es la de siempre.  Porque son parte de la Patria, tan permanente como ella y por eso también, tan amigada con nuestra ternura.

Autor: Félix Luna.

miércoles, 18 de febrero de 2015

De Héroes y Centauros

     Vemos surcar los llanos, colosales centauros guerreros; enmarcados por un cielo de espesa muchedumbre nubosa tras la cual reposan los espíritus antepasados de la raza, marchan impertérritos frente al destino que se cierne inexorable sobre el rumbo de los hijos de esta tierra. Bravos varones de lanza y espada que siguiendo el tronante rugido del león se dirigen hacia la definitiva consumación de su estirpe, iniciada en el fuego abismal del combate por la gloria trascendente de la misión emancipadora.
        Se sacude este territorio surcado de venas desiertas al galope brioso de corceles que dibujan el sonido del trueno y retumban el poder del rayo que con luz hace arder la consciencia dormida. Despiertan los débiles y temblorosos buscan ocultar la rotunda sujeción al ocio del vicio atenazante que domina sus pasiones; saben que al rugido del león las huestes del estrépito unirán su furor y ya nada detendrá su marcha victoriosa. Marchan, marchan al compás del hierro uranio que ha santificado sus armas y el aliento   exhala el vigoroso rumor de la conquista definitiva.
         A la vista extasiada el centauro semeja un dios tutelar nacido para la guerra: sus ojos hieren con el filo inquisidor de la ancestral sabiduría; varonilmente barbado su nobleza es el destello refulgente del valor atesorado durante siglos de tradición; nada más cierto que su portentosa imagen de inmensurable estatura, erguida siempre hacia lo alto en una verticalidad que restituye elevaciones y desprecia vilezas; y así, el centauro se transforma en arquetipo, en luminosidad combativa, pesadilla del cobarde e ilusión de quienes se agigantan con la vida. Cuando un pueblo pierde el sentido del heroísmo, se transforma en el lobo de sí mismo; y no hay bestia más peligrosa que la que se alimenta de su propia carne. Si se pierde el heroísmo, muere la civilización.
         Vibran las notas del cielo y se estremecen en el clamor de una borrasca irrefrenable; el trote cadencioso se confunde con el susurro insistente de los vientos montañosos y la sombra de los centauros proyecta un paradigmático sesgo legionario que imprime al suelo impronta de bravías tempestades libertadoras. "Ya llegan", anuncia la voz del pueblo, "llegan de la mano del león", y éste agita su melena en rugidos estrepitosos que imponen la señal de la criolla redención.
         En sus manos la espada refulge hierros milenarios dispuestos a cernirse sobre los recursos infernales del ente opresor; relampagueantes destellos de ira sagrada aturden las argucias de la tiranía y caen construcciones ficticias edificadas sobre las arenas del aliento sufrido: pastores que se levantan en armas al sólo conjuro de la equina insurrección, campesinos que despiertan al clamor inevitable de la tierra... ¡Sangran los miembros desgarrados de un sistema agonizante que se resiste a morir! ¡Corren desquiciados sus representantes ante el coro revulsivo de las hordas cimarronas! ¡Celebración, ebriedad, júbilo al paso de los centauros, guardianes de la raza! ...y ya el león se retira a descansar...
         Desde tiempos pretéritos nos llega el eco atronador de estos jinetes inexorables surcando los llanos, enfundados en estandartes de justicia y verdad, recorriendo distancias inauditas para acallar la necesidad de los hijos del suelo vapuleados por la insatisfacción presurosa de lobunos detentores del poder. Los evocamos con el derecho que nos permite el arquetipo y los hacemos presentes para que el numen de su gloria gaucha nos asista en nuestra batalla presente.
***
          La narración épica, el cantar de las gestas heroicas, representan la vitalidad de una raza que se erige por sobre las incesantes transformaciones de la historia, y esa vitalidad habla de espíritus consumados, poderosos e imponentes. El heroísmo supone la eclosión de las virtudes más nobles puestas en acción sobre los campos de batalla de la vida. De aquí que el hombre genuinamente espiritual sea inherentemente guerrero, resultante de combates tanto interiores como exteriores, ya que lo que se vivencia profundamente, como elevación sobre las características mediocres de su humanidad animal, debe trasladarse necesariamente al exterior en el combate contra las entidades inferiores, representantes de la maldad, que deben ser superadas, eliminadas y echadas al olvido. Todo esto es puesto en marcha por la infinitamente sublime voluntad de justicia y libertad que moviliza a los auténticos héroes. La cobardía ha sido siempre una característica de espíritus débiles, dolientes, que hallan un oscuro placer en el sufrimiento y la humillación. El cobarde jamás ha sido fundamento para la afirmación de ninguna raza ni pueblo, sino para la más trágica decadencia, cadalso de civilizaciones hundidas en la tensión plebeya de la mundanidad más vulgar en la que se adoran dioses falsos estaqueados que reflejan la sufrida pasión de una muerte consentida que el guerrero jamás acepta pues él es eternidad y vida conseguidas a hierro liberador.
           Bajo el sol que preside el manto empíreo, las dualidades inherentes a la existencia han configurado los matices luminosos y tenebrosos que representan los pasos de la humanidad sobre este mundo con rumbo al más allá, apoteosis de elevación o lamentos de degradación. Bien y mal, verdad y falsedad, belleza y fealdad, se han erigido como valores fundacionales con  que los hombres han plasmado su historia en la tela siempre única de la leyenda universal. Y le son perfectamente naturales; de aquí que gracias a esas dualidades de valor el ser humano pueda expansionarse, crecer, evolucionar hacia su forma superior, superando los términos negativos, siendo fluido e inexorable en los positivos como lava volcánica que brota ardiente y espesa de la cima volcánica, dispuesta a devorar las miasmas que la tierra ya considera parasitarias e inservibles: así el hombre triunfa sobre el mal, lo falso y la fealdad de sí mismo; así el hombre reproduce la gloria heroica de su condición divina. Por esto que la guerra forme parte de su más sana y sublime naturaleza; sin ella nada lograría condenado al estado larvario de la pre-existencia o a la quietud vaciante de una muerte espiritual en vida.
           El Soberano de los mundos, Creador y Sustentador de los cielos y la tierra, se define a Sí mismo como Señor de los ejércitos, y Él posee el poder arrasador del trueno y la tempestad, como también los Jardines de la eternidad para Sus más encumbrados mártires, símbolos eminentes de una vida entregada voluntariamente al combate, a la guerra, a la consciencia épica sin la cual la humanidad es entregada pasivamente a la esclavitud y la ceguera, al anquilosamiento del alma que busca su libertad tras el escudo y la espada. El héroe transfiere su fuerza devocional al dios que se agita en su interior, al que contempla en la poderosa e inextinguible marea que quiebra los océanos y que traduce la belleza de los montes que rozan los cielos, encumbrados reflejos de su más profunda y noble intención; el dios del héroe es Justo y Verdadero en tanto él es una imagen suya por recuperar y exaltar en los altares de la vida que se agiganta en sus venas y en las venas del mundo; el dios del héroe le ha revelado la extensión de su valentía y le ha mostrado la monstruosidad de aquello que en él debe combatir y superar, y para realizarlo le ha dado armas forjadas en las alturas sagradas donde asienta su Trono de Majestad; el héroe posee un dios que sabe cantar y bailar cuando la alegría desata sus pájaros más elocuentes, y que sabe destruir cuando la corrupción así lo requiere; el dios del héroe es el dios del cuervo y de la paloma, del águila y del buitre, del lobo y del león, de la vida y la muerte, y en ellos ha puesto una señal distintiva para que el héroe reconozca el color original y con sabiduría conduzca su corcel hacia la consumación final. El dios del héroe no sufre ahogado en su sangre empalado por los pecados del mundo, porque el dios del héroe se goza en la fuerza que se impone sobre lo vil y es furia desatada sobre la consciencia del cobarde que teme al relámpago y al ruido del metal cuando chocan las espadas: el dios del héroe hace la guerra con él y es la belleza de un nuevo amanecer tras la victoria definitiva.

     

domingo, 25 de enero de 2015

De Bandidos y Jinetes Rebeldes

“Mi gloria es vivir tan libre/como el pájaro del cielo;/no hago nido en este suelo,/ande hay tanto que sufrir;/y naides me ha de seguir/cuando yo remuento el vuelo.” (Martín Fierro)

         En el comienzo, en los lindes de la sociedad colonial, más allá de los te­rritorios efectivamen­te ocupa­dos en nombre de Dios y del Rey, los espacios libres eran otro mundo: el reino del ganado bagual y los jinetes bárbaros. Los vacu­nos y ye­guari­zos traí­dos por los conquistado­res se reprodujeron como manadas sal­va­jes en las pampas del sur, igual que en las praderas vírgenes de todo el continente americano, y este recur­so provi­dencial aca­rreó consecuencias impensa­das. Ciertos grupos na­tivos encon­tra­ron un medio de vida en las primitivas acti­vi­da­des pastori­les, lejos del control de la autoridad. 
         Varias tribus no sometidas se des­pla­zaron ha­cia las áreas vacan­tes donde abundaba el ganado y se adiestraron para montarlo, cazar­lo o domesti­carlo, alimen­tándose con la carne y traficando los sub­pro­ductos de sus despo­jos. Criollos, negros y mestizos de toda clase siguieron el mismo destino, escapando del yugo colonial y sus reglas de apro­piación de los recur­sos y suje­ción de las perso­nas.
         Este fue el origen de los gauchos, una suerte de des­casta­dos de pro­cedencia muy diver­sa. Entre ellos había per­seguidos de la justi­cia, esclavos fugados, de­serto­res de los cuer­pos milita­res e indios se­pa­rados de sus tri­bus. Eran personas que no tenían o que aban­do­naban su perte­nencia a alguna familia o comunidad. El régimen hispánico contem­plaba diferen­tes estatutos para españoles, indios y escla­vos, proscri­biendo los cruces, y la creciente masa de mestizos era una anomalía para la ley.
         Los mula­tos, zam­bos, mestizos o pardos de cualquier pelo, fruto de uniones ilegítimas o reproba­das, carecían a menudo de un hogar que los contuviera. Por causas volunta­rias o forzosas, padecían o disfrutaban una exis­ten­cia sin ata­du­ras­. No era raro tampoco encontrar europeos que por variadas circuns­tancias se internaban en las pampas. Por ejemplo, dos centenares de rubicundos soldados británi­cos, desembarca­dos en las invasio­nes de 1806 y 1807 en el Rio de la Plata, que desertaron y cruzaron la frontera para ir a mezclarse con los aboríge­nes y los vagabundos del desierto.
         En aquellas fabulosas llanuras irredentas cada cual valía por sí mismo sin tener que dar cuenta a nadie. En los márgenes de la civiliza­ción colonial, en con­tac­to con ella pero fue­ra del orden, arrai­ga­ron for­mas de sub­sis­tencia al­terna­ti­va, otros códigos y otra manera de ser. Para la gente ilustrada en la visión eurocéntrica, era la barbarie. Es sugestivo que en un comien­zo a los gau­chos se les llamara gauderios, cuya raíz latina gaudere significa gozar o regoci­jarse; aunque el nombre que prevaleció deriva proba­blemente del quichua huacho, huérfano. Tras la fron­tera la vida humana no era idílica, pero regían las leyes de la natura­leza por sobre las de la corona y la ampli­tud del hori­zonte alenta­ba la ilusión de la liber­tad.
         Cada vez que el sistema de ocupación colonial avanzó desde las ciudades hacia esas regiones periféri­cas, tropezó con los disturbios rebeldes. La organización del Estado y su monopolio de la violencia chocaba en particular con la existencia de las tribus pas­toras y los vaque­ros erran­tes, que sostuvie­ron análogas confrontaciones con el poder de los propieta­rios, comerciantes y funcionarios. En el marco de tales con­flictos, gran parte de lo que se calificaba como ban­do­le­ris­mo no eran sino modos de auto­defen­sa de esos grupos au­tóc­tonos.
         Si bien la ganadería fue una actividad importante en todo el ámbito del Virreynato del Río de la Plata, adquirió mayor peso relativo en el litoral de los ríos Paraná y Uruguay, donde no había pros­perado la explota­ción del trabajo servil de los indíge­nas ni las plan­tacio­nes es­cla­vis­tas, y donde las pas­tu­ras natura­les favore­cían la multi­plica­ción de los reba­ños. Dadas las esca­sas alternati­vas de tra­bajo y pro­gre­so en los asen­tamien­tos colonia­les regula­res, es fácil de comprender que mu­chos "mo­zos per­di­dos" de los po­bla­dos se fueran a la caza del ganado cimarrón, hacién­dose "ci­ma­rrones", mez­clán­dose con los aborí­genes y apren­dien­do de ello­s. Gauchos e indios obtenían su provisió­n de alimentos y "vicios" por la venta o el canje de cueros -de gran demanda por sus múltiples aplica­ciones para con­fec­cio­nar úti­les y vesti­mentas- y también de grasas, astas y cer­das, pieles de zorros y nutrias, plumas de avestruz, etcétera.             
        Los gauchos, como los llaneros (jinetes de los llanos venezolanos), llegaron a constituir una capa social importante. Vivían oca­sio­nal­mente en las tolde­rías y tenían compa­ñe­ras indí­genas. A menudo, al llegar a cierta edad, ocupaban algún sitio para levantar su ran­cho y for­mar una familia, trasla­dándose según las esta­cio­nes para realizar diversas tareas ganaderas y agrícolas. Los crio­llos podían traspo­ner más fácilmente que los in­dígenas la frontera de ambos mundos y las barreras raciales del orde­namiento de castas; pero los in­dios se iban acriollan­do y mezcla­ban su sangre con la de los euro­peos, africanos y ameri­canos, de tal modo que la dis­tin­ción entre unos y otros era a veces borrosa.
         En general, los gauchos po­seían un acen­dra­do or­gu­llo de su con­di­ci­ón, rin­diendo culto a las vir­tu­des del co­raje y la gene­rosi­dad. Cono­cían los recursos de la vida en el campo, sabían ver y oír a la distan­cia, podían comunicarse a través de señales de humo, ventear o anti­ci­par los cambios climáticos e interpretar cualquier ras­tro humano o ani­mal. Excepcio­na­les ji­netes, eran dies­tros en el mane­jo de sus útiles de caza y de trabajo: el cuchillo o fa­cón, las boleadoras, el lazo y la pica, chuza o lan­za.
         La situación de estos hombres era particularmente fluida en sentido geográfico y laboral. Moradores de zonas aleja­das, podían vivir de la caza del ganado, de los ñandúes, mulitas y otros animales, o de la pesca en ríos, lagunas y bañados. Como trabajadores autónomos, tenían tratos con los comercian­tes para vender o trocar los productos que tenían mercado. Y eran asimismo mano de obra califica­da que se empleaba en las va­que­rías, ro­deos y ye­rras, los contrataban las estancias como arrieros o domado­res, e inclu­so se convertían en brace­ros en tiempos de cosecha. Estaban disponi­bles para las maniobras del contrabando o cualquier otra empresa ilegal, y también podían ser ladrones o asaltantes. En los empleos estaciona­les o temporarios se los llamaba en general changado­res, vocablo prove­niente del aimará chan­go, mucha­cho, del que derivó la noción de chan­ga. Aunque la varie­dad de ocu­pa­ciones y las mutaciones históricas hacen un tanto difí­cil preci­sar sus con­tornos como cate­goría so­cial, fueron sin duda un sector nume­roso en las in­men­sas pra­deras del lito­ral y en otras áreas del in­te­rior de las provin­cias del Pla­ta.
         Ninguno esta­ba vin­cula­do a un pa­trón o un espacio de tie­rra. "Hom­bres suel­tos" se les llama­ba en los papeles de la épo­ca, pues goza­ban de una movili­dad y autonomía con­tras­tante con la situación de las pobla­cio­nes típica­men­te la­bra­do­ras. Gente "sin ley ni rey" se dijo.
         Por otra parte, adaptando estatutos de vieja data, los "hom­bres sueltos" fueron reprimidos con la figura de "vagancia". En España hay antece­dentes sobre la compul­sión a "vagabundos y holgazanes" desde 1369, cuando se dispuso que serían forza­dos a cumplir servicios militares o trabajos agra­rios retribuidos sólo con alimentos, so pena de azotes. A mediados del siglo XVI se san­ciona­ba con encarcela­miento a los recalcitran­tes, aumentando el castigo de azotes, se los condenaba también a servir en galeras por ocho años, y hasta a perpe­tuidad si fueran reincidentes. Con la conquis­ta, estas reglas se exte­n­dieron a Améri­ca, contemplando en especial el caso de mestizos e indios "sin asiento u ofi­cio", incluso españoles que "viven entre los in­dios", lo cual se consideraba particularmente subversi­vo, mandando corregir­los y confinar a los inobedientes.
         Por supuesto, el concepto de vago u ocioso difería de su signi­ficado actual. Lo que se trataba de reprimir era la facilidad de esos hombres para desplazarse y trabajar por su propia volun­tad. En el fondo, lo que se les negaba era la libertad.
         La noción de ban­do­lero social, acuñada por Eric Hobs­bawm, enfatiza la dimen­sión colectiva de sus peripecias como expresión contesta­taria de una comuni­dad, por oposición al carác­ter indi­vi­dual del sim­ple delin­cuen­te. Se trata de un fenómeno propio de las socieda­des de base agra­ria -inclu­yendo las econo­mías pastori­les-, compues­tas por cam­pe­sinos y traba­ja­dores que eran explotados por señores, terra­te­nien­tes, ciuda­des, compañías u otros centros de pode­r. Dejando aparte al bandido urbano y a los que provenían de la nobleza, Hobsbawm enfocó al salteador rural de origen popular en diver­sos escena­rios y épo­cas, trazando sugeren­tes distinciones.
         El buen la­drón, el Robin Hood a quien su pueblo ad­mira y apoya­, es gene­ral­mente un joven campe­sino empu­jado a esa vida por una in­justi­cia o per­se­guido por algún acto que la costum­bre popu­lar no con­sidera verda­dero delito. Su fama -la cual no nece­sariamen­te corresponde siempre a los he­chos- es que "co­rrige los abu­sos", "ro­ba al rico para dar al po­bre" y "no mata sino en de­fensa pro­pia o por justa vengan­za". A ve­ces se rein­cor­pora a una vida nor­mal en la co­mu­nidad media­nte algún arre­glo con la autoridad, aun­que en casi todos los casos tiene un fin trági­co, debi­do a una trai­ción. Otra constan­te es la leyen­da de su invi­si­bili­dad o invulnerabilidad, que vendría a ser una metáfora de la capacidad para elu­dir a los perseguidores que le facili­ta la red de com­plici­dad campe­si­na.
         Los vengadores, del tipo que ejemplifican algu­nos furibundos can­ga­çei­ros, parti­cipan de los ras­gos del bandido social con dos excep­ciones impor­tan­tes: no sólo son inmode­rados en el uso de la violen­cia, sino que practi­can deli­bera­damente la cruel­dad para cimen­tar su imagen pública; tampoco ayu­dan en sen­ti­do ma­te­rial a los po­bres, si bien al ate­rro­rizar a sus opre­so­res los gratifican "psi­cológi­ca­mente", de­mos­tr­ando que también los de aba­jo pueden ha­cer­se te­mer.
         La tercera va­­r­iante que señala Hobsbawm son los hai­duks, grandes ban­das de jine­tes que abunda­ron en Hun­gría y los Balcanes desde el siglo XV, con rasgos semejantes a los cosacos de Rusia -y a los gauchos y otros jinetes americanos-, dife­ren­ciándose de los demás campesi­nos por su carác­ter de "hom­bres li­bres". Im­bui­dos de una concep­ción i­gualita­ria, solían ele­gir a sus je­fes, lo cual indica que éstos no eran de­termi­nantes del carác­ter del grupo, sino a la inversa. Como "ban­didos na­ciona­les", de los que hay ejem­plos también en la histo­ria latinoa­merica­na, for­maron guerri­llas para defender sus terri­to­rios de la conquista extranje­ra.
         Numerosos bandidos sociales fueron contrabandistas, ocupación ilegal que la opinión común suele no consi­derar verda­de­ro deli­to. Otros eran solda­dos deser­to­res, es decir, pros­criptos por causas no reprochables para sus pai­sanos.
         Hobsbawm interpreta que el bandolerismo social es "una forma primiti­va de protesta", de carácter "prepolíti­co", pro­pia de so­ciedades campesinas "profunda, tenazmente tradiciona­les" y de es­tructura precapitalista. En tiempos en que se rompe el equi­li­brio tradicional, esos brotes se agudi­zan y el ban­dido se transforma en símbolo de re­sistencia, expo­nente de las de­man­das de justicia de la co­munidad. No es un innovador, sino un tradicio­na­lista que aspira a la restau­ración de la "buena socie­dad anti­gua". En algunos casos se empeña en lograr "una justicia más general" que la de sus inter­vencio­nes y dá­divas oca­sionales; como el napoli­tano Angioli­llo en el siglo XVIII, que a su paso por los pueblos organizaba un tribunal para oír a los liti­gantes, dictar veredictos y conde­nar a delincuentes comu­nes. Asimismo, el bandi­do no suele atacar al soberano, ya que, según Hobsbawm, "está lejos y encarna (como él) la justi­cia". A ve­ces, fra­ca­sados los intentos de supri­mir­lo, el rey inten­ta lle­gar a un acuerdo con el rebelde, incluso tomándolo a su servi­cio.
         ¿Quiénes eran bandidos? Se incriminaba ante todo como tales a quienes escapaban del alcance de la autoridad en despoblados y áreas de frontera, en cuya situa­ción era común que se dedicaran a asaltar haciendas, rutas y viaje­ros. Pero el rótulo se aplicaba también a otros hechos. No se trata de un delito en particular, sino de diver­sas conductas punibles. Como en muchos sistemas penales de la época, el régi­men colonial hispáni­co califica así un género de actos delictivos, en tanto y en cuanto cons­tituyen una forma de vida para deter­minadas categorías de perso­nas. Y en definitiva, desig­na siempre un con­jun­to de activi­dades de grupos o "cla­ses peligrosas" de la socie­dad, marca­ndo en particular com­porta­mien­tos desa­fian­tes para el orden estableci­do, como podemos ver en numerosos ejemplos.
         Desde los primeros años de la conquista, las recurrentes rebeliones de negros e indios arrojaron a muchos al bandole­rismo. La primera revuelta de esclavos se produjo en la navidad de 1522 en la Españo­la (Santo Domin­go), en un ingenio de Die­go Colón, y la misma isla fue escenario en 1533 de una insurrección indíge­na a la que se sumaron miles de negros: se mantuvieron alza­dos durante más de una década, formando bandas de jinetes y asen­tando sus rancheríos en la zona meri­dional.
         En algunas regiones los negros cima­rro­nes, fugados de las planta­ciones y haciendas, formaron cuadrillas de salteadores e incluso fundaron comu­nidades, constituyendo familias con mujeres indias. Estos grupos, que a menudo mante­nían la identi­dad cultu­ral mediante los ritos afri­canos, defen­dieron sus baluartes por muchos años en los montes y las selvas, se­ entremezclaron en varias in­su­rrec­cio­nes de colonos blancos y hasta en las incur­sio­nes de corsarios como Francis Drake en Centroaméri­ca.
         Los levan­ta­mientos de esclavos se sucedieron en el siglo XVI en Puerto Rico, Santa Marta, Pana­má, México, La Habana, Lima, Carta­ge­na, San Pedro de Honduras. La represión fue infle­xi­ble, con profu­sión de ahor­ca­mien­tos, y en 1619 Felipe VI sancionó el prin­cipio de que "en caso de motines, sedi­ciones y re­beldías con actos de salteamientos y de famosos ladrones que sucedían en las In­dias con negros cimarrones, no se hiciese proceso ordina­rio".
         En el siglo XVIII las ordenanzas españolas reflejan el empeño en combatir el bandolerismo, a la vez que se acentúa la preocu­pación por controlar las formas de vida "licenciosas" de la plebe. En 1759 ya estaba mejor esta­bleci­da la distin­ción entre vagos, los carentes de ocupa­ción regu­lar, y mal entre­te­nidos, los jugado­res, ebrios, "sensuales", escandalosos, desobe­dientes o autores de otros desórde­nes meno­res, aunque tuvie­ran domi­cilio. A las autori­dades loca­les se les conferían atribuciones para someterlos a traba­jos de pasto­reo y labran­za. Resulta significa­tivo que las órdenes reales contempla­ran en 1784 que "las partidas desti­nadas a la perse­cución de bandi­dos, contra­bandistas y malhechores cuidarán, como uno de los puntos más esencia­les de su comi­sión, de recoger todos los vagos que en­cuen­tren" .
         El vagabundo, el que no tenía un patrón conocido, estaba particular­mente expuesto a caer bajo la etiqueta de bandolero. El régimen del conchabo obli­gatorio tendía a asegu­rar a los hacendados la oferta de mano de obra y a la vez a esta­blecer un control general sobre la población. En juris­dic­ción de Tucumán, las orde­nan­zas de 1760 prescribían que toda persona que no tuviera bienes raíces u oficio reconocido debía buscar amo o patrón para emplear­se por un sala­rio. El que fuera pro­pieta­rio, arren­dero o agre­gado debía contar con al menos cien vacas y cincuenta ovejas propias para esca­par a la norma­tiva. El cumpli­miento se con­trolaba con la presenta­ción del "papel firmado del amo o del artesano" sin el cual cual­quier persona queda­ba sujeta a los castigos previstos de multas, pri­sión, azo­tes, traba­jos en las obras públi­cas o en los presidios de fronte­ra.
         Desde 1776, cuando se organizó el Virrey­na­to del Plata, los regla­mentos se tornaron más rigurosos. Se dispu­so la pre­sencia de nuevas autori­da­des en el ámbito rural, los jueces de campaña o jueces pedáneos, y se extendió la medida del con­chabo obliga­torio a las mujeres. En un bando de enero de 1798, el Cabildo de Tucumán mandaba a los vagabundos y "toda gente pobre y libre, de uno y otro sexo" a concha­barse dentro del tercer día bajo pena de un mes de cárcel, sin poder "mudar de señores" mientras éstos no los despidan o les den mal trato. Aunque es difí­cil esta­ble­cer en qué medida se cumplían estas dispo­sicio­nes, lo cierto es que empuja­ban al margen de la ley a una gran parte de la pobla­ción y otor­gaban a los funcionarios un poder discre­cional para perse­guir a los habi­tantes de la campaña.
         Entre los enjuiciados como bandidos encontramos a gente de todos los estamen­tos inferiores, desde negros fugados a españoles pobres. Algunos eran mi­grantes que deja­ban sus tierras de origen en busca de mejo­res opor­tu­nida­des o indígenas que habían perdido su lugar en las comuni­dades. Podían ser los que huían de la enco­mienda, como el caso que ilustran los archivos tucumanos del indio Joseph, quien en 1756, a raíz de un problema con su amo en la hacienda de Ignacio De Silva, escapó para unirse a una gavilla de bandole­ros.
         Otra fuente de proscriptos eran los amotinamientos y las desercio­nes individua­les de los cuerpos de milicia, muy corrientes cuando la paga y hasta los abasteci­mientos tardaban en llegar, a veces meses y años. Por el motivo que fuese, el pobre caído en desgra­cia que eludía a la justi­cia echándose al monte era identificado como bandole­ro y difí­cilmen­te podía volver a una vida normal.
         Dentro de la surtida gama del gauchaje -que como vimos incluía a no pocos indios, negros y sus descendientes mestizos- se llamaba matre­ros a los que erraban por los campos y dormían a la in­tem­perie cu­brién­dose con su pon­cho o matra; es de­cir, individuos sin domi­ci­lio, cuyo hogar era la pampa o el monte. Ello denotaba el carácter de "alza­dos" contra la autori­dad, por no tener papeles, haber de­sertado o ser perse­guidos por algún delito. Muchos de ellos subsistían sin dedi­carse necesa­riamente al pi­lla­je. Podían vivir de la caza de anima­les del campo, aunque incu­rrían en el cua­tre­rismo si avan­zaban sobre el ganado marcado por los estan­cie­ros. De cual­quier manera, ma­trero devino sinó­nimo de malhe­chor.
         Sarmiento describió en el Facundo al "gaucho malo" como exponente del ca­rác­ter turbulento del país. Perseguido por la justi­cia, te­mido y ad­mi­rado por sus haza­ñas, este "hé­roe de las tra­ve­sías", cuyo nombre era "pronuncia­do en voz baja, pero sin odio y casi con respeto", robaba­ ca­ba­llos pero no asaltaba­ a sus pai­sa­nos ni a los viajeros. Las partidas poli­cia­les rara vez intentaban alcan­zarlo y, si en alguna oca­sión lo en­frenta­ban, tenían poca chance frente a su acome­ti­da y la rapidez de su parejero. Era un hombre que hacía honor a su pala­bra y se conducía según un código tradicio­nal, contra­dicto­rio con la ley del Estado.
         En 1804, el virrey Rafael de So­bremon­te pres­cribió la obli­ga­ción de los peones de portar un certifica­do de empleo del patrón y otro de alis­ta­mien­to en las mi­licias. El primero debía renovarse cada doce meses, y quien se encon­trara sin él podía ser condenado a dos meses de trabajos forzados sin paga en las obras públicas.
         En la época colonial se había deli­nea­do pues un opro­bioso sistema de control y discrimina­ción, que era motivo de crecien­tes resisten­cias, según se desprende de los fundamen­tos de las pro­pias ordenan­zas. Se perfi­laban así algunos térmi­nos simé­tricos de opre­sión y rebeldía en el campo, que con el tiempo se irían agudizando. 
         Si la conquista ibérica y los sistemas de trabajo compul­si­vo destru­yeron las civilizaciones y comunidades autóc­to­nas, reducien­do sustancial­mente la población americana, la integra­ción con la econo­mía europea industrial y la organi­za­ción capitalista de la producción acarrearon el despojo y sumisión de los pueblos a nuevas formas de explotación. Hubo una conti­nui­dad en ese proce­so que des­pla­zaba las formas socia­les ante­riores. La independen­cia de las colonias fue parte de la revo­lu­ción burguesa mun­dial y aceleró el curso de la histo­ria con todas sus contradic­ciones. La trans­formación era en cierto senti­do inexo­ra­ble, aunque es obvio que podía reali­zarse por diver­sas vías, según quié­nes y cómo ejercie­ran el poder, y pre­sentaba diver­sas opciones en cuanto a la distri­bu­ción de los recur­sos y las oportu­nida­des económi­cas.
         Al trasto­car el funda­mento del gobierno invocando la sobe­ra­nía popu­lar, la revolución alteró la posi­ción relati­va de los grupos socia­les. La férrea auto­ridad del período colo­nial había sido destrui­da y las institu­ciones tardaron en recom­ponerse; los principios repu­blicanos ofrecían ciertas brechas en el poder, y la movi­lización mili­tar de las capas popula­res les dio la oportu­nidad de hacerse va­ler. Claro que en la ciudad de Buenos Aires, donde se consolidó la cabeza política y económica, pesaban de manera determi­nante los mer­cade­res, ban­queros y hacen­dados, ligados a los agentes de la diplo­macia y los nego­cios europeos, que maneja­ban los resor­tes del comer­cio, el crédito y el dinero, anteponiendo sus inte­re­ses a las deman­das y posibi­lida­des de los diver­sos pueblos y regio­nes. Aquel núcleo ostentaba una clara concepción aristocrática: "todo para el pueblo y nada por el pueblo" fue la máxima con la que pretendieron justificar la Consti­tución unitaria de 1819. Como en otras regiones sudame­rica­nas, las pugnas para definir los tér­mi­nos del nuevo orden se zanjaron por las armas, y todos, incluso los hom­bres de la fronte­ra, fueron arras­trados a la con­tien­da.
         Los jinetes de las llanuras tuvieron un prota­gonis­mo determi­nante en los dos gran­des focos de irra­dia­ción de la revolución, Venezue­la y el Río de la Plata. Estos rebeldes indoma­bles fueron la punta de lanza, peleando por la li­bertad de sus países y la suya pro­pia. Los gauchos presta­ron ina­pre­cia­bles ser­vi­cios como solda­dos y baquea­nos en los ejérci­tos patriotas y en las partidas monto­neras que condu­jeron Arti­gas y Güemes, del mismo modo que lo hicie­ron las guerrillas llane­ras encabeza­das por José Anto­nio Páez en Venezue­la, cuando, después de haber servido al bando enemigo, Bolívar logró vol­carlas para su lado en la gue­rra social. Pero en las provin­cias del Plata se produjo otro vuelco inverso, cuando los lance­ros gauchos que habían hecho frente a los rea­lis­tas enfrentaron a la conducción porteña.
         En aquel momento se perfi­ló otra ver­sión de la revo­lu­ción independen­tista. Los caudillos y jefes políticos y militares del litoral impugnaron la conducción del gobierno de Buenos Aires levantando el estan­dar­te del federalismo, y la insur­gencia de los gauchos se asoció a esa causa. Las impre­siones del general Paz son elocuen­tes sobre el conteni­do so­cial del movimiento: "les fue muy fácil a los caudi­llos suble­var la parte igno­rante contra la más ilus­tra­da, a los pobres contra los ricos, y con este odio venían a con­fundirse los celos que justa o injus­ta­mente inspi­raba a muchos la prepon­deran­cia de Buenos Ai­res" (32). A partir de las dife­rencias de clase y los resentimientos regionales que subraya Paz, es evidente que había de por medio otras cuestiones estraté­gi­cas, visiones opuestas del futuro y de los obje­tivos de la revolu­ción.
        En el orden interno, la aspiración espontánea de los gauchos se resumía en una frase que fue también consigna política: "la pampa y las vacas para todos". Claro que las prácticas antiguas de caza y vaquerías eran mani­fiestamente des­tructi­vas, y era evidente la ventaja de organizar estableci­mientos de cría y culti­vos forrajeros. La solu­ción, por lo tanto, era dis­tribuir de mane­ra equi­tativa los recur­sos y asentar a los campesinos criollos e in­dios en sus pro­pias tie­rras; pero para eso era necesario contener la avidez de los terra­te­nien­tes por acapa­rar el suelo, el gana­do y el agua.
         En las diversas tendencias y etapas que es posible dis­cernir en la evo­lución del partido federal, sus líderes susci­taron el fer­vor de las masas rurales apelando a tradición cultural y a las mis­mas promesas de libertad e igualdad que las movili­zaron en la causa de la inde­penden­cia. Pero esto exi­gía una síntesis entre la revo­lu­ción bur­guesa, las ambiciones de los hacendados, los intereses de las regiones y los reclamos popula­res, términos que no era fácil conjugar.
         A lo largo del siglo XIX, entre los vaivenes de la política y la revolución, el avan­ce de la propiedad privada en las áreas de frontera continuó dispu­tándoles a los gauchos su es­pa­cio de libertad. Las medidas contra vagos y mal entretenidos se reiteraron, cada vez más restricti­vas, y se acentuó la presión de las levas para nutrir los cuerpos militares. A par­tir de un bando de 1815 del gobernador intendente de Buenos Aires y decre­tos ulte­rio­res, la falta de pa­peleta fir­mada por el em­plea­dor y el juez de paz podía justi­fi­car la califi­cación de vagancia. Desde 1822 se estable­ció el requisito del pasapor­te o li­cencia para des­pla­zarse de una a otra juris­dic­ción local, cuyas in­frac­cio­nes se purga­ban cum­pliendo servi­cios mili­ta­res. En manos de las auto­rida­des de la campaña, estas reglas conver­tían en deli­to la condi­ción del gaucho libre, defi­nido por exclu­sión: cual­quier indivi­duo sin tierra ni patrón.
         También las tribus pastoriles y otras comu­nidades agricul­toras de ori­gen indí­ge­na continuaban siendo empujadas hacia las zonas más inhós­pi­tas. En un pro­ceso que se re­pro­dujo de mane­ra seme­jante en distintas regiones, la privatiza­ción del gana­do, de los cam­pos y de las aguas de rie­go iba des­pojando a in­dios y criollos de sus re­cur­sos tra­di­cio­na­les. Ése fue el trasfondo social de las rebeliones montoneras.
         El voca­blo monto­nera, que se aplicaba a cualquier cuadrilla montada, ya fuera con propósitos de caza, pillaje o control del orden, se usó para denomi­nar la guerrilla ecuestre en la cual los gauchos des­plega­ron sus peculiares des­trezas de jinetes y sus aptitudes con la lanza, el facón y las bo­leadoras, además de las armas de fuego. Basta recordar como ejemplo que la suerte de la Liga Unita­ria se decidió en 1831 cuando una partida federal descabezó al ejército enemigo boleando el caba­llo del general Paz. Dirigi­das por sus caudi­llos, las monto­neras prolongaron, en un escalón más alto de con­ciencia política y organi­za­ción militar, las formas primiti­vas de lucha en el campo.
         En las pampas y sierras donde pululaban los gauchos, desde antes de la revolución de la independencia, aquéllos que habían alcanzado nombradía por sus cualida­des sobre­sa­lien­tes eran líde­res poten­ciales para cual­quier movi­liza­ción, y no es extraño que fueran soli­ci­ta­dos en tal senti­do por diver­sas faccio­nes. Según vere­mos, algunos hombres de oscuro origen bandole­ro fueron participantes y conductores de las rebe­liones polí­ti­cas, así como muchos soldados y jefes militares fueron arro­jados a las trave­sías y a la vida de salteadores por los avatares de la guerra. Esas figu­ras legen­darias jalonaron la experiencia histórica de las masas rurales en distintos ámbitos y momentos del período en el cual se diri­mie­ron, bien o mal, los dile­mas de la revolución.
        Las comunidades de las que surge el bandido no siempre presentan en nuestro país el carácter de un campesinado típico, por la variedad de grupos étnicos que abarcan y la relativa ambigüedad de la situación de las capas racial y culturalmente mestizas. Sin embargo, el ambiente sociocultural en las diversas regiones tenía un carácter tradicional que se puede resumir en el código gauchesco, el cual rechazaba las imposiciones de la autoridad urbana y realzaba los valores de la insumisión, la generosidad y el señorío de los jinetes en el medio natural.
        En cuanto a la masa del campesinado, ya se tratara de peones, criaderos o chacareros, copiosos testimonios del repertorio folklórico demuestran que los paisanos admiraban el estilo de vida independiente y bravío de los gauchos, y estos correspondían a esa simpatía para asegurarse su apoyo. El gaucho era un arquetipo que imponía su prestigio entre los demás pobladores de cualquier condición, y su código de vida una referencia unificadora de la cultura rural, incluyendo a algunos grupos indígenas.

Autor: Hugo Chumbita.

sábado, 17 de enero de 2015

Señor de Montiel

Dedicada al poeta Delio Panizza. Escrita por Aníbal Sampayo, interpretada por el Zurdo Martínez.

Partió con el alba
en brioso corcel,
guitarras y lanzas...
guitarras y lanzas
galopan con él.

Lo llora Entre Ríos
al amanecer,
y aquí en la otra Banda...
y aquí en la otra Banda
lo lloran también.

Poeta montonero,
señor de Montiel,
se quedó en su pluma...
se quedó en su pluma
sangrando un laurel.

Los talas del monte,
el rojo clavel,
beben de su canto,
beben de su canto
rocíos de miel.

Y en los espinillos
se ojala la piel
cuando grita el viento,
cuando grita el viento:
"don Delio se fue".

Poeta montonero,
señor de Montiel,
se quedó en su pluma...
se quedó en su pluma
sangrando un laurel.

En décimas suyas
vibra el Uruguay,
los hijos de Artigas...
los hijos de Artigas
no lo olvidarán.

Y allá en su Entre Ríos
siempre vivirá
con don Martiniano...
con don Martiniano,
dos glorias serán.

Poeta montonero,
señor de Montiel,
se quedó en su pluma...
se quedó en su pluma

sangrando un laurel.

viernes, 9 de enero de 2015

Europa: el demonio por quitar

“Yo he conocido cantores/que era un gusto el escuchar;/mas no quieren opinar/y se divierten cantando;/pero yo canto opinando,/que es mi modo de cantar”  (Martín Fierro)

        Ni repudio, ni aprobación. No debemos ser hipócritas; vivimos sumidos en una espiral de violencia que repercute diariamente sobre nuestras vidas y nos enajena. Toda falta de respeto es una causa potencial de reacción irreflexiva que muchas veces encuentra justificación en la problemática de la violación de los derechos que en unos pueden ser sagrados, mientras que en otros sencillamente llaman a la indiferencia. Ya de por sí, que si los derechos de unos representan la sacralidad de una idea, dogma o creencia, en virtud de ninguna libertad de expresión los otros, es decir, los indiferentes, pueden siquiera violar desde el sarcasmo lo que representa para muchos o pocos la inviolabilidad de lo sagrado. Claro está que la movilización de la falsía democrática del Occidente moderno ha pervertido la noción de valor tendiendo a respetar solamente lo generado desde su escala embrutecedora que no reconoce lo sagrado más que para vapulearlo, barbarizarlo y hacerlo objeto de incesantes ataques denigradores. Pero sí, libertad de expresión a la orden del día, siempre y cuando se censuren las formas tradicionales del barbarismo, para eso es que somos tan liberales los occidentales, no respetando más que lo que creemos o que nos hemos forjado desde la ilusión más mediocre. Lo demás lo subsumimos a las formas vejatorias del terrorismo, el fundamentalismo y las radicalizaciones religiosas... Eso sí, nos halaga y complace que nuestras mujeres sean o parezcan prostitutas, que nuestros vicios sean legales, que nuestros hijos no superen la incultura de la virtualidad, que nuestros hombres se afeminen tras la imagen de la felicidad sensual y desconozcan la virtud del honor, que nuestros periódicos vomiten infamias corruptoras para la conciencia, que nuestro consumismo nos esclavice y sea nuestro dios, que nuestros deseos nos tiranicen y que seamos el burro de carga para nuestros egos... Eso hemos logrado, civilización occidental. Claro, lo demás, lo que no transige con nuestra cosmovisión anómala, es bárbaro, retrógrado, elemental... Para ser más libres debemos entonces pisotear lo que los ignorantes bárbaros consideran sagrado: es la suma de nuestro placer ególatra, lo que nos convierte en amos de nuestra propia tiranía y justifica este sistema lascivo que hemos creado... Pero olvidamos que quien juega con fuego en el mayor de los casos se suele quemar. También olvidamos que si el fuego nos quema no es porque sea inherentemente malo, sino porque está en su naturaleza el purificar lo malo que hay en nosotros mismos, y que eso malo que hay en nosotros mismos es justamente olvidar: olvidar que los demás, que "el otro", tiene derechos que deben ser respetados y que no pueden, y no deben, ser violados en nombre de ninguna libertad, ya que la auténtica libertad se consigue a través del respeto y la igualdad. Si el otro es "bárbaro" jamás podremos hablar de igual a igual, porque siempre encontraremos algo que criticar o ironizar o reprobar, y aquí termina tu libertad al querer yo ampliar la mía: vista opaca del más burdo egocentrismo; en eso hemos ganado, civilización occidental que te quemas y no te queda más que arder hasta que te consumas en el propio fuego que tú misma has generado con tus mentiras, tus falacias, tu irreverente falta de respeto, tu violación de los derechos de los demás... Y te crees libre cuando no eres más que prisionera de tus infatuas ambiciones, que son leche que das de beber a tus vástagos, portaestandartes de tu mentida libertad. Y sí, siempre te ha sido fácil y provechoso endilgar el mal a los bárbaros, es un hecho histórico que no admite discusión. Pero también siempre han sido los bárbaros a quienes tú les has faltado el respeto, los que te han hecho temblar y caer. Luego las quejas y los lamentos. No te quejes, no te lamentes, que siempre has sido el lobo de ti misma. Tan sólo te queda arrepentirte sobre la sangre de tus mártires de causas perdidas, caídos por la barbarie que vienes alimentando desde hace siglos tras tu ciego afán de libertad. Si quieres exorcizar no busques al árabe, al chino, al afgano o al coreano...busca en ti misma el demonio por quitar: allí encontrarás la solución, mentida civilización occidental. Lo demás es puro cuento.

sábado, 27 de diciembre de 2014

Grandes Payadores: el Indio Bares

Payadores Orientales: Gauna, Bares, Curbelo, Lagos
Juan Carlos Bares, apodado “El Indio”, nació en Cerros de San Juan, Rosario, departamento de Colonia en la República Oriental del Uruguay el 11 de marzo de 1930. Desde muy chico realizó tareas rurales, trasladando hacienda hasta la localidad de Paso de Morlano. Corría aproximadamente el año 1940 cuando empezó a improvisar, para sí mismo. Aún era niño. Mientras realizaba sus tareas escuchaba improvisar a los hermanos Cándido y Florentino Callejas. Era para él, una verdadera fiesta escucharlos. En esa época, que podía enredar algún verso, quedaba tan sólo para él, ya que pasaron varios años para que improvisara en público. Mientras tanto continuaba trasladando hacienda, tropeando y domando para las estancias "Las bravas" y "El descanso".

Fue en Juan Lacaze donde debutó como payador. Corría el año 1945 cuando llegó a esa localidad con ganado y luego del trabajo, le tocaba el turno a las guitarras y florecían los cantores. Allí participó trenzando algunas cuartetas libres. Su primera payada de contrapunto tuvo lugar en un bar del pueblo de Libertad, en el departamento de San José. El bar se llamaba "Carlitos" y contrapunteó con Julio Gallegos; fue un encuentro ocasional y no programado. "Recuerdo el episodio porque significó mi bautismo como payador. Siempre creí que si el payador no canta de contrapunto es como un carro al que le falta una rueda. Por eso pienso que el prólogo de mi destino de bardo lo escribí en San José y no en el Juan Lacaze, donde improvisaba solo", decía el Indio en la revista "Rincón del Payador" en septiembre de 1980.

Ya instalado en Montevideo comenzó a improvisar con las grandes figuras. En la esquina de 8 de Octubre y Pan de Azúcar, en el barrio La Unión funcionaba la herrería de Puglia; ahí recalaban todos los payadores y comenzó a entreverar versos con Omar Vallejos y el Ciego Basso. En ese tiempo había otro lugar que albergaba el canto payadoril. Estaba ubicado en Sierra y Dante, frente a la Caja de Jubilaciones. De día se trataba de un bar común y corriente, pero algunas noches modificaba su apariencia cotidiana y recibía a cantores y payadores. Allí improvisó con Aramís Arellano y Héctor Umpiérrez. Por esa época comenzó su labor radial: participó en el "Fogón oriental", ciclo conducido por Luis Alberto Martínez por Radio Artigas. Allí conoció a Evaristo Barrios que también tenía un espacio en esa emisora. Junto a Pelegrino Torres animó un programa por Radio Rural. También participó años más tarde de "Hora gaucha", programa conducido por Nicolás Fernández por Radio Acreimlan. Ya corría el año 1950 y ya payaba con figuras como Pedro Medina y Cáceres Grasso, que lo apodaban el Payador de los Fogones, y con cantores de la talla de José Molinari y Máximo Pérez.

Su primera gira artística la emprendió junto a Carlos Molina, con quien se trasladaron a Soriano. La gira fue un verdadero desastre y luego de pasar por Mercedes, Molina decidió regresar a Montevideo, pero Bares siguió hasta Paysandú y desde allí cruzó a Entre Ríos, en la Argentina. Allí conoció al payador oriental Francisco Medina. Corría el año 1955 e instalado nuevamente en Montevideo, participó en audiciones como "Mañanitas del campo" conducida por Agustín Pucciano o "Nochecitas del fogón" que dirigía Héctor Umpiérrez. En ese año se inicia la "Cruzada Gaucha" y debido a una amenaza de una epidemia de poliomielitis se prohíben en Montevideo todos los espectáculos en lugares cerrados. En vísperas de la Semana Criolla (o de Turismo, como se denomina en Uruguay a la Semana Santa) surgió la idea de organizar una serie de espectáculos al aire libre. La programación incluía a cantantes nativos, recitadores y payadores. Los resultados superaron todos los cálculos previos y el canto del payador conmovió a Montevideo y al país. El éxito prosiguió cuando los cines y teatros reabrieron sus puertas. Bares actuó durante seis meses. Al tiempo se produjo una escisión y se creó la "Embajada Gaucha" con la que debutó en Buenos Aires. Los payadores argentinos que participaron fueron Cayetano Daglio, Carlos Chazarreta, Angel Colovini, Alfredo Santos Bustamante y Juan José García. Por Uruguay figuraron Bares, Carlos Rodríguez, Washington Montañéz, Julio Gallego y Victoriano Núñez.

Luego de aquel encuentro el Indio Bares se radicó en la Argentina. Primero lo hizo en el pago patagónico de General Conessa. También vivió en Tucumán, 9 de Julio y Santa Teresita. En Argentina formó pareja con payadores como Jorge Soccodato o Héctor Guillén y realizó payadas con Guillermo Rico, Alfredo Cosso, Juan Carlos Loto y Roderico Sombra. Ya en la década del '60 se instaló definitivamente en Empalme San Vicente, más tarde renombrada como Alejandro Korn donde creó las famosas "Tolderías del Indio Bares", un verdadero hogar para el canto payadoril.

En Argentina participó de programas radiales como el de Santiago Roca por Radio del Pueblo; en LU9 de Mar del Plata animó junto a Roldán Covo un espacio de corte campero; participó en "Amanecer argentino" por Radio Mitre; también participó de programas conducidos por Miguel Franco como "Grandes fiestas gauchas" y "Un alto en la huella". Otro de los programas en donde participó fue "La peña del transportista" con Luques y Sigfrido Darío. También formó parte del elenco estable de "El rincón de los payadores", la creación de Waldemar Lagos.

En Alejandro Korn formó su familia con su esposa Marta y sus hijos Patricia y Carlos. Según recordaba el propio Bares, hubo dos payadas cuyo recuerdo lo emocionaban: las dos fueron tensas, esas que le cortan la respiración al público. Una fue en el Parque Central de Montevideo y su rival fue Carlos Molina; el encuentro fue tal llameante que se proyectó al día siguiente. Había como 7 mil espectadores y los diarios comentaron que hacía años no se registraba en Uruguay una payada así. El otro contrapunto lo sostuvo con Clodomiro Pérez en el Prado de Montevideo.

En sus últimos años de vida fue Campeón provincial en los Torneos Abuelos Bonaerenses, representando al distrito de San Vicente, viajando en el año 1998 a España representando a la provincia de Buenos Aires.

El Indio Juan Carlos Bares nos dejó el 23 de junio de 1999. Falleció en el hospital Ramón Carrillo de la ciudad de San Vicente.

Para finalizar, queremos recordar sus palabras en la revista Rincón del Payador: "De todos los payadores que conocí y escuché, para mí, el más completo, el mejor diría, se llamaba Luis Alberto Martínez. Además del dominio del verso, tenía imágenes verdaderamente hermosas, una riqueza expresiva que no era fácil advertir en otros. En este sentido tengo que aclarar que a mí no me seduce la poesía que carezca de imágenes, de metáforas. Yo interpreto que una poesía sin imágenes es como un campo desierto, es como hablar en prosa, aunque se rime, aunque se forjen consonantes. La metáfora no es un artificio; es un modo de expresar poéticamente la realidad. Como payador he tratado siempre de cumplir con este principio. Y con otro. El payador es canto del pueblo. Es el pueblo mismo el que canta a través de sus payadores. Mi obligación es, entonces, ser fiel a ese sentimiento popular".