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sábado, 4 de abril de 2015

Moriscos y Gauchos: El Legado

         El nombre ‘español’ no puede aplicarse indistintamente a cualquier vestigio colonial originado en la España del siglo XVI porque todavía seguían residiendo en ella miembros y ex-miembros de la comunidad musulmana cuyas creencias y costumbres se diferenciaban netamente de las del sector cristiano. Serán precisamente los descendientes de musulmanes los más necesitados de abandonar España cuando en 1609 se decrete un edicto de expulsión contra su comunidad.

         Al mismo tiempo, el movimiento humano que supone la colonización del Nuevo Mundo brindaría la ocasión de que estos moriscos, disimulando su origen, aprovecharan las ventajas de radicarse en América. Es ese mecanismo el responsable del traslado al Río del Plata de rasgos culturales, materiales y psicológicos que evocan, desde entonces, la presencia del lejano marco islámico dentro del que habían vivido los moriscos antes de la cancelación jurídica de su comunidad.

Estudio completo en: Moriscos y Gauchos: El Legado

domingo, 22 de junio de 2014

El Origen Andaluz de la Payada Argentina

La cultura siempre ha sido la manifestación de un espíritu activo que expresa su irradiación sirviéndose de las herramientas naturales que el entorno le dispone. Para un pueblo determinado esa manifestación espiritual equivale a una identidad tradicional distintiva con la que se distingue de los demás. La cultura es, por lo tanto, el resultado propio de un genio étnico regional que retrata lo autóctono, el color singular que representa un sentir y un ser diferencial, original y que se perpetuará a través de los tiempos con el impulso que le confiere su cualidad de universalidad. Nuestra tradición argentina en gran medida viene representada por la cultura campera, y todo aquello que desde ella ha germinado como expresión de un espíritu o de un genio étnico particular: música, poesía, costumbres, etc. El gaucho, el paisano, como modelos de esta tradición, fueron -y son- los encargados de difundir y preservar nuestra cultura vernácula desde los albores mismos de la constitución de la patria argentina.

El gaucho, el hombre de la extensión infinita que se conoce como pampa, fue en sus orígenes un hijo libre de la llanura que a caballo recorría las distancias sin más horizonte que el de su dichosa libertad. Se había forjado fama de cantor errante pues poseía la virtud innata del alma musical, heredada de sus antepasados peninsulares. La guitarra, símbolo visible de aquella valiosa herencia, era, junto a su caballo, las prendas infaltables que reunía como única riqueza con la que cubrir su necesidad. Y con eso le bastaba. Se dedicó a la caza del ganado cimarrón, fue arriero, baquiano, y más tarde, con la llegada del alambrado limitador, fue peón de hacienda, domador, esquilero, y demás faenas del campo. Y lo más importante, aquello que definió un tipo cultural que arraigó y sirvió de instrumento para la obra cumbre de nuestra literatura proverbial representada por el Martín Fierro: fue payador, costumbre también de herencia peninsular que aquí halló un nuevo color, original y distintivo, signo indudable de identidad y tradición.

Cuando se indaga sobre el origen de la payada y el payador, nuestros representantes culturales en primera instancia suelen aludir como antecedente a los trovadores provenzales, juglares medievales que llevaban una vida ambulante y recitaban versos improvisados de diversa índole, tratando desde temas de amor hasta diatribas políticas. Sin embargo, luego de algunas pesquisas que hemos llevado a cabo encontramos que su procedencia data de un origen muy diferente y que nos remite directamente a la España musulmana.

Los musulmanes entran a la Península Ibérica hacia el año 711 de la era cristiana forjando una de las culturas islámicas más florecientes por aquel entonces: el emirato de Al-Ándalus. Este emirato caería definitivamente en manos de los reyes católicos en el año 1492. Sin embargo los musulmanes transmitirían pautas culturales que encontrarían arraigo en los no-musulmanes, quienes las asimilarían a su acervo y las harían propias. Por ejemplo, el poeta Ezra Pound, en su Canto VIII, en referencia a la canción de un trovador, nos dice que Guillermo de Poitiers (noble francés, noveno duque de Aquitania, séptimo conde de Poitiers y primero de los trovadores en lengua provenzal del que se tiene noticia, 1071-1126) "había traído la canción de España, con sus cantantes y sus velos...", estableciendo un origen moro para la poesía lírica medieval popularizada por los trovadores. El erudito Evariste Lévi-Provençal (1894-1956), en sus estudios ha encontrado cuatro versos arabo-hispanos completos recopilados en un manuscrito del mismo Guillermo de Aquitania. Según fuentes históricas, el padre de Guillermo había hecho llevar a Poitiers centenares de prisioneros musulmanes luego de los combates por la “reconquista” católica de España. Guillermo, impulsor de la tradición trovadoresca, habría heredado su sensibilidad, e incluso su temática, de la poesía andalusí. Esta hipótesis fue apoyada a comienzos del siglo XX por Ramón Menéndez Pidal, aunque su origen se remonta al Cinquecento (periodo artístico del Renacimiento europeo correspondiente al siglo XVI) de parte de Giammaria Barbieri (filólogo italiano muerto en 1575) y Juan Andrés y Morell (1740-1817, sacerdote jesuita, humanista cristiano y crítico literario español de la Ilustración). Meg Bogin, traductor al inglés del Trobairitz (trova occitana de los siglos XII y XIII), también apoya esta hipótesis. Otra de las influencias recibidas por los trovadores desde los hispanomusulnanes fue la introducción en Francia desde el siglo XI, y luego al resto de Europa, de un gran número de instrumentos musicales, por ejemplo: las palabras laúd, rabel, guitarra y órgano, derivan de los originales árabes 'oud, rabab, qitara y urghun. Así también una teoría propuesta por Meninski en su 'Thesaurus Linguarum Orientalum' (1680) y luego por Alexandre de Laborde en su 'Essai sur la Musique Ancienne et Moderne' (1780), sugiere que los orígenes de las notas del solfeo también provienen de una raíz árabe. Esta teoría sostiene que las sílabas del solfeo (do, re, mi, fa, sol, la, si) habrían derivado de las sílabas del sistema árabe de solmización llamado 'Durr-i Mufassal' (Perlas separadas): dal, ra, mim, fa, sad, lam, shim.

De igual modo consideramos que si bien la payada encuentra un antecedente en los cantos de los trovadores provenzales, quienes a su vez lo recibieron de los cantores poetas andaluces, ésta se encuentra íntimamente relacionada en su forma y estilo con el repentismo y el trovo de la cultura hispanomusulmana. Debemos aclarar que esta influencia netamente andalusí llega al Río de la Plata de mano de los exiliados moriscos que arribaron a estas costas americanas de manera clandestina, eludiendo los controles o integrando las filas de los ejércitos españoles. Y por esto mismo debemos ser categóricos al diferenciar la influencia que ejerció en nuestro suelo argentino el color español-europeo del color morisco-andalusí. Este último, si bien forzado por la Inquisición a una conversión al cristianismo y a una cancelación jurídica de la comunidad islámica, conservó marcadas pautas del acervo cultural musulmán que se plasmaron con libertad en los llanos pampeanos de mano de su vástago directo: el gaucho y la cultura gauchesca. La payada es una de esas pautas que aquí arraigaron y se transformaron en parte formativa de la tradición autóctona.

Ahora bien, retomando nuestro estudio: el repentismo es un canto de improvisación que toma el tenor de 'discusión dialéctica' entre dos trovadores y que responde a un patrón determinado que ha estado presente en un gran número de culturas, sobre todo en la historia del Mediterráneo Musulmán.

En el ámbito árabe-musulmán, la improvisación es un arte arraigado desde el siglo VIII. La costumbre de improvisar 'sobre pie forzado' aparece en multitud de textos de la cultura islámica (p.ej. Las Mil y Una Noches), generándose incluso todo un sistema de juegos poéticos basados en la repentización, como señala Bencheikh en ‘Poetíque arabe’, Ed. Gallimard, París 1989, pg. 73. El 'pie forzado' es un verso octosílabo que se impone a un poeta-cantor improvisador para que construya un poema improvisado cuyo último verso debe ser obligatoriamente el forzado[1]. El Arte de la poesía improvisada, en forma de duelo entre dos poetas, está suficientemente acreditada en Al-Ándalus (Cf. Del Campo Tejedor, Alberto: ‘Trovadores de repente’, Centro de Cultura Tradicional Ángel Carril, Salamanca, 2006).

Del repentismo surge el Trovo, forma musical tradicional de la comarca de La Alpujarra, región histórica de Andalucía que comprende Granada y Almería, así como de otras zonas del sureste español, y que consiste en la improvisación de 'poesía dialogada' sobre una base musical folclórica. A partir de 1492, y especialmente tras la rebelión de los moriscos liderados por Muhammad ibn Umayya (en 1568-1570), la Alpujarra sufre un proceso de feroz despoblación a manos de la inquisición católica. En este largo período de casi un siglo, los moriscos alpujerraños mantuvieron sus tradiciones músico-poéticas y sus bailes (como la zambra).

El escritor y escribano Emilio Pedro Corbiére (1886-1946) nos dice: "Este gusto a payador o cantor, creación árabe, que es la primitiva sangre de los andaluces, vino importado con los conquistadores a América, y de aquéllos se han copiado muchos de sus objetos de uso, como los frenos y las riendas de cuero trenzado. Es árabe el estilo de sus canciones pesadas, monótonas, quejumbrosas como lamentos, siempre en el mismo tono, y que los nativos denominaron 'tristes'" ('El Gaucho. Desde su origen hasta nuestros días', Editorial Renacimiento, Sevilla, 1998, pág. 206)

En este contexto, son altamente significativas las declaraciones del cantautor uruguayo Alfredo Zitarrosa (1903-1969): "La milonga es rioplatense... Se trata de un ritmo que recibe influencias afro y, por cierto, también proviene, como una buena parte del folclore nuestro, del folclore del sur de Andalucía, del sur de España, del folclore andaluz". (Entrevista que se le realizó en España por el periodista José Luis Izaguirre, para Radio Peninsular en diciembre de 1976).

El ya citado Lugones escribe: “Precisamente los trovadores del desierto habían sido los primeros agentes de la cultura islámica, constituyendo en sus justas en verso, la reunión inicial de las tribus que Mahoma, un poeta del mismo género, confederó después (el autor habla del Profeta Muhammad como ‘poeta’ remitiéndose al Sagrado Qur’an, libro revelado que Muhammad se encargó de transmitir y cuya particularidad es el verso, ya que en el momento se dirigía a un pueblo de eminentes poetas para quienes la palabra tenía un influjo particularmente especial). Así se explica que para muchos gauchos, en quienes la sangre arábiga del español predominó, como he dicho, por hallarse en condiciones tan parecidas a las del medio ancestral  (el desierto árabe, la pampa argentina), tuviera el género tanta importancia (…) ¡Quién habría dicho al conquistador que con la guitarra introducía el más precioso elemento de civilización, puesto que ella iba a diferenciarnos del salvaje, el espíritu imperecedero! Dulce vihuela gaucha que ha vinculado a nuestros pastores… con la rediviva dulcedumbre de las qassidas arábigas cuyos contrapuntos al son del laúd antepasado y de la guzla monocorde como el llanto, iniciaron entre los ismaelitas del arenal la civilización musulmana: el alma argentina ensayó sus alas y su canto de pájaro silvestre en tu madero sonoro, y prolongó su sensibilidad por los nervios de tu cordaje, con cantos donde sintiose original, que es decir, animada por una vida propia. (El Payador, págs. 61-62)

Acerca del numen artístico del gaucho, el sociólogo y jurista argentino Carlos Octavio Bunge (1875-1918) dice:

"Poseía un espíritu contemplativo y religioso. Falto de escuelas, su filosofía era simple ciencia de la vida formulada en abundantes sentencias y refranes. (...)

Trovador de abolengo, habíase traído de Andalucía la guitarra, confidente de sus amores y estímulo de sus donaires. Sentado sobre un cráneo de potro o de vaca, bajo el alero del rancho o bien sobre las salientes raíces de un ombú, tañía las armónicas cuerdas para acompañar sus canciones dolientes o chispeantes, a cuyo ritmo bailaban los jóvenes. De este modo se unían en una sola manifestación, como en las culturas primitivas, las tres artes: danza, música y poesía. En la danza alternaban movimientos graciosos, casi solemnes, y alegres zapateos. En la música -cielitos, vidalitas, tristes, a veces no sin marcado sabor morisco-, recordaba las melodías populares de la bendita tierra de los claveles y las castañuelas. (...)

Era fértil en imágenes como los poetas orientales; casi no se expresaba más que con metáforas y en estilo figurado. Fácil lirismo tenía en el fondo del alma y el chascarrillo a flor de piel. Prolongaba inmensamente notas trémulas, vibrantes, cálidas, que se dirían nacidas, más que humano pecho, de las entrañas mismas de la Pampa, como por evocación divina." (Fragmentos del discurso pronunciado en la Academia de Filosofía y Letras, 1913)

Si bien la payada hoy en día en nuestro territorio -y hace ya un siglo- se desarrolla sobre ritmo de milonga, es sabido que originalmente los gauchos improvisaban sobre ritmo de cifra. Uno de los grandes intérpretes de música surera -la música de tradición campera que mejor ha sabido mantener el color de la estirpe gaucha-, don Argentino Luna, en una entrevista realizada por el músico Chango Spasiuk para el Canal Encuentro, decía que la cifra tenía un claro origen en el flamenco andalusí. Ahora bien, el escritor andalucista Blas Infante (1885-1936) sostiene que el término 'flamenco' proviene de la expresión árabe 'fellah min ghair ard', que significa 'campesino sin tierra'. Asimismo dice que muchos moriscos se integraron en las comunidades gitanas y supone que desde ese caldo de cultivo surgió el cante flamenco, como manifestación del dolor que ese pueblo sentía por la aniquilación de su cultura (cf. Orígenes de lo flamenco y secreto del cante jondo, 1929-1931). En su obra 'El Ideal andaluz' escribe: "(,..) estos moriscos, estos andaluces fieramente perseguidos, refugiados en las cuevas, lanzados por su sociedad española, encuentran en el territorio andaluz un medio de legalizar, por decirlo así, su existencia, evitando la muerte o la expulsión. Unas bandas errantes, perseguidas con saña, pero sobre las cuales no pesa el anatema de la expulsión y la muerte, vagan ahora de lugar en lugar y constituyen comunidades organizadas por caudillos, y abiertas a todo peregrino (...) Basta cumplir un rito de iniciación para ingresar en ellos. Son los gitanos (...) Hubo, pues, (el morisco) de acogerse a ellos. A bandadas ingresaban aquellos andaluces, los últimos descendientes de los hombres venidos de las culturas más bellas del mundo, ahora labradores huidos. ¿Comprendéis ahora por qué los gitanos de Andalucía constituyen, en decir de los escritores, el pueblo gitano más numeroso de la tierra? ¿Comprendéis por qué el nombre flamenco no se ha usado en la literatura española hasta el siglo XIX, y por qué existiendo no trascendió el uso general? Un nominador arábigo tenía que ser perseguido al llegar a denunciar al grupo de hombres, heterodoxos a la ley del estado, que con ese nombre se amparaban. Comienza entonces la elaboración del flamenco por los andaluces desterrados o huidos en los montes de África y España" (págs. 107-108). El Padre García Barroso también considera que el origen de la palabra flamenco puede estar en la expresión árabe usada en Marruecos 'fellahmengu', que significa 'los cantos de los campesinos' (cf. La música hispanomusulmana en Marruecos, Larache, 1941). Asimismo, Luis Antonio de Vega aporta las expresiones 'felahikum' y 'felahenkum', con en el mismo significado (cf. El origen del flamenco. El baile de los pájaros que se acompañan en sus trinos).

Con estos breves apuntes hemos querido sumar información sobre la indudable influencia que la cultura hispanomusulmana ha tenido en la forja de nuestra identidad tradicional argentina. Por esto, y en tanto que musulmanes argentinos, es nuestro deber conocer, respetar y amar nuestras señas culturales distintivas para así poder sanamente desarrollar nuestro espíritu en el marco de una experiencia islámica espontánea y natural.



[1] Así encontramos en un cantautor argentino contemporáneo, el gaucho y payador surero Alberto Merlo (1931-2012), una payada titulada ‘De pie forzado’, en la cual expone excelentemente este género de interpretación (en el disco ‘Paisano’).

lunes, 30 de septiembre de 2013

Una breve aproximación a los Maragatos

Como ya hemos apuntado anteriormente, el biotipo gaucho no ha sido históricamente una entidad restringida únicamente al ámbito de la Argentina, sino de la América en general, y de su origen moruno también da testimonio la migración de un pueblo particular que cumplirá un rol fundamental en la historia no sólo de Argentina, sino también del Brasil y el Uruguay: los Maragatos.

En el capítulo II, página 28, del libro 'El Payador', haciendo referencia a la llegada del español a nuestras costas sudamericanas, el escritor argentino Leopoldo Lugones dice: "...o intentaron quedarse como la chusma de Egipto, sin conseguirlo más que sobre la desierta costa atlántica, en las cuevas del Carmen de Patagones". Ahora bien, ¿quién es esta 'chusma' egipcia que quiso el destino se asentara en Carmen de Patagones?

A sesenta kilómetros al sur de Asyut, en Egipto, a mitad de camino entre las localidades de Tahta y Suhaj, se encuentra la población de al-Maraghat (en árabe: caverna, gruta). A principios del siglo VIII, un grupo de ciudadanos maragatos se sumaron al contingente de 18 mil hombres que Musa Ibn Nusair (640-714), gobernador del califato Omeya en el Norte de África, llevó a la Península Ibérica hacia 712 para consolidar las posiciones que su lugarteniente bereber Tariq Ibn Ziyad había conseguido el año anterior (de aquí que el antropólogo español Dr. Aragón y Escacena, en su obra 'Estudio antropológico del pueblo maragato' -Madrid, 1902-, considere a los maragatos descendientes de una inmigración berberisca).

Desde un principio los maragatos se asentaron en la provincia ibérica de León, en un área montañosa que sería llamada La Maragatería, situada en la zona central de la provincia hacia el suroeste de la ciudad de León. Hacia fines del siglo XVII y comienzos del XVIII, llegan al Río de la Plata numerosas familias de maragatos de León procedentes del puerto de La Coruña, y otras tantas procedentes de los Azores. Los maragatos serán los pobladores pioneros de los Establecimientos Patagónicos, fundando las poblaciones argentinas de Carmen de Patagones (la ciudad más austral de Buenos Aires), Mercedes de Patagones (actual Viedma), San Julian y Puerto Deseado. De ésta última población, otros grupos de maragatos se dirigieron hacia la Banda Oriental, fundando allí la ciudad de San José de Mayo, en el actual territorio de Uruguay. Por esta razón es que los actuales pobladores de San José de Mayo y su entorno, así como los de Carmen de Patagones, suelen recibir el gentilicio de 'maragatos', aún cuando tengan otros orígenes. Ya a fines del siglo XVIII serán identificados con los gauchos de la región. El tradicionalista y estanciero bonaerense Ronaldo Urruti, investigador de los orígenes andalusíes del gaucho rioplatense, aporta un dato no menor: los maragatos serán los encargados de imponer algunas pilchas gauchas como el calzoncillo cribado (con flecos).

Durante todo el siglo XIX, los maragatos tendrán un rol activo en la política de la región del sur de Brasil.

Río Grande del Sur es uno de los 26 estados que junto al distrito federal componen Brasil. Es. Además, el estado más meridional del país localizándose en la Región Sur de Brasil. El actual territorio de Río Grande del Sur, en tiempos de la colonia, se hallaba comprendido dentro del Virreinato del Río de la Plata, constituyendo el centro y centro-norte de la gran Banda Oriental de las primeras épocas coloniales.

Entre el 20 de septiembre de 1835 y el 1 de marzo de 1845, movilizados por las ansias de libertad e independencia, los maragatos forman parte de las fuerzas gauchas riograndenses en la llamada 'Guerra de los Farrapos', cuyo desenlace fue la proclama como país independiente del Río Grande del Sur. También tuvieron una notable participación en la Revolución Federalista, llamada justamente 'Revolución de los Maragatos', que estalló en Río Grande del Sur en febrero de 1893 contra los recién proclamados Estados Unidos del Brasil que, con el cambio de nombre, fueron la continuación del Imperio del Brasil. La Revolución Federalista contó con la participación de miles de gauchos montoneros brasileños, argentinos y uruguayos. La inestabilidad política llevó a los federalistas a intentar derrocar a las fuerzas leales del presidente estatal Júlio Prates de Castilhos (cuyos seguidores eran llamados 'picapaus' o 'chimangos'), esperando conseguirse nuevamente la autonomía riograndense y la descentralización del estado naciente. Los líderes militares de la Revolución fueron los caudillos nacionalistas Gumersindo Saravia (1852-1894) y Aparicio Saravia (1855-1904).

En su 'Vida de Aparicio Saravia. El gaucho de la libertad', el historiador revisionista argentino Manuel Gálvez nos aporta el siguiente dato esclarecedor: "Popularmente, cada bando ha puesto a su contrario un mote: para los federalistas o revolucionarios, los partidarios del gobierno son los 'picapaos', nombre de un pájaro, y les llaman así porque, como el picapote o carpintero, en el árbol, ellos están siempre 'picando' al pueblo con impuestos y exacciones; y para ellos los federalistas son los 'maragatos'. ¿Dícenles así por haber entre ellos algunos uruguayos de San José, llamados 'maragatos'? En España se da ese nombre a los habitantes de las Hurdes (comarca que se extiende a través de las provincias españolas de Cáceres y Salamanca), a quienes se les cree descendientes puros de los moriscos y muy peleadores" (pág. 62).

Así es que aún en nuestros días, Río Grande del Sur, en Brasil, mantiene una cultura gauchesca prominente. "La singular cultura gauchesca es el sello de Río Grande del Sur, donde los vaqueros de piel tostada rondan las pampas sureñas con su inconfundible sombrero plano y barbijo, pantalones amplios, pañuelo rojo al cuello y botas de cuero", señala la guía turística Insight Guides-Brazil.

Para concluir esta breve reseña haremos mención de un investigador brasileño que ha acreditado la estirpe andalusí del gaúcho del Brasil: Manoelito de Ornellas (1903-1969), etnógrafo y estanciero, que en la década de 1950 escribió varias monografías eruditas probando la herencia morisca en el gaúcho riograndense, por ej.: 'Gaúchos e Beduínos. A origen étnica e a formaçao do Rio Grande du Sul', Río de Janeiro, 1948 y 1956; 'A Filigrana Arabe nas Tradiçoes Gaúchas', Porto Alegre, 1950; 'A cruz e o alfanje. A expansao da cultura árabe', Bahia, 1960.


Información investigada y recopilada por: Raíces y Sabiduría.

jueves, 7 de marzo de 2013

Elementos hispanomusulmanes en la cultura argentina.

Un extenso relevamiento de elementos representativos de la tradición argentina muestra el papel protagonizado por miembros de la comunidad morisca española en la configuración del imaginario y cultura rioplatenses. La historia argentina, sin embargo, no ha señalado el origen y volumen de ese aporte, y a nuestro parecer, ello se debe a la vigencia que ha conservado un viejo esquema historiográfico peninsular sobre todo lo relativo al pasado islámico.
La relevancia que cobra la presencia de elementos procedentes del entorno hispanoárabe en nuestro país radica en la gran difusión de algunas de sus pautas, lo que motivó que trabajáramos sobre una nueva hipótesis histórica, utilizando una metodología de trabajo que aislando lo español de lo morisco corrigiera la imprecisión de denominar español a cualquier rasgo introducido desde España a partir de la Conquista.
El nombre español no puede aplicarse indistintamente a cualquier vestigio colonial originado en la España del siglo XVI porque todavía seguían residiendo en ella miembros y ex-miembros de la comunidad musulmana cuyas creencias y costumbres se diferenciaban netamente de las del sector cristiano. Serán precisamente los descendientes de musulmanes los más necesitados de abandonar España cuando en 1609 se decrete un edicto de expulsión contra su comunidad.

Al mismo tiempo, el movimiento humano que supone la colonización del Nuevo Mundo brindaría la ocasión de que estos moriscos, disimulando su origen, aprovecharan las ventajas de radicarse en América. Es ese mecanismo el responsable del traslado al Río del Plata de rasgos culturales, materiales y psicológicos que evocan, desde entonces, la presencia del lejano marco islámico dentro del que habían vivido los moriscos antes de la cancelación jurídica de su comunidad.

Aun cuando sus miembros fueron obligados a adoptar el cristianismo en el siglo XVI, un conjunto de rasgos culturales particulares serían introducidos por sus descendientes en el Nuevo Mundo, configurando un legado que no debe confundirse con el trasmitido por los españoles del sector cristiano europeo.
A ese legado pertenece, en el ámbito de la gastronomía, la costumbre de no ingerir carne de cerdo que quedaría ampliamente reflejada en la dieta criolla; del mismo modo serían los moriscos los interesados en perpetuar diversos paltos de su culinaria originaria, popularizando en su nueva tierra las empanadas, profundamente ligadas a su tradición, lo mismo que los pastelitos, los alfajores o los delicados caramelos norteños denominados alfeñiques.
Hasta Salta llega la influencia de la rica mesa granadina, influida a su vez por la pastelería persa, responsable del toque oriental que manifiesta el pastel de novia en su equilibrado relleno agridulce. La popularidad de los buñuelos en la cocina doméstica es digna de considerarse por tratarse de un plato-distintivo étnico, pues fueron los moriscos no sólo sus creadores sino sus más fieles consumidores.
También el dulce de leche puede considerarse una versión derivada del hispanoárabe arrope (ar-rub en árabe) utilizado por los moriscos, entre otras cosas, para pegar las tapitas de los alfajores. Así mismo el nivel de azúcar a que el paladar argentino está sintonizado denuncia mayor proximidad a la confitería hispanoárabe que a la española europea.
Los árabes introdujeron el cultivo de caña de azúcar en España, y los musulmanes siguieron constituyendo la mano de obra habitual en los ingenios azucareros valencianos; los moriscos aparecen como los continuadores de una larga tradición azucarera que desplazaría a la miel en las preparaciones de dulces.
La vida rural a que el morisco se acoge en España, como aparcero muchas veces cuando no como arriero, le brinda el refugio adecuado para prolongar costumbres prohibidas, como la veda porcina que hacía referencia al pasado islámico y que por lo mismo sería sistemáticamente castigada por la Inquisición española. En la mayoría de las manifestaciones culturales con frecuencia no se percibe ya carácter religioso alguno, pero está claro que en su momento fueron objetadas por ser propias de la minoría islámica, por lo que permanecerían alojadas en reductos excéntricos de la sociedad peninsular o en los menos favorecidos y expuestos de la sociedad colonial, pero bajo esta modalidad lograron no solamente sobrevivir sino ocasionalmente prosperar.
Los pastelitos, empanadas, buñuelos y alfajores, a pesar de su enorme popularidad, no figuraban en el menú de los restaurantes por provenir de un sector cultural cuya existencia peligraba al trasponer el umbral de la privacidad.
El juego de la taba y la sortija reiteran el gusto por dos entretenimientos populares del medio hispanoárabe, casi con seguridad importados del norte de África.
Aunque los juegos de naipes se hallaban difundidos en España, el truco, de invención árabe, no alcanza allá sino entre nuestros paisanos su más extensa popularidad.
El lugar otorgado al caballo en la cultura argentina no parece un hecho aislado de lo anterior. En todo entorno arabizado ese animal goza de un prestigio particular. Se sabe el valor que alcanza dentro del ámbito gaucho todo lo relativo a él; la importancia del enjaezamiento, la forma tradicional de montarlo, a la jineta; el cabestro con rodela al estilo marroquí; la minuciosidad con que se describen los pelajes; en fin, la importancia concedida al animal como medio de informar el estatus de quien lo posee es en sí misma una concepción árabe de la relación establecida entre el caballo y su dueño.
Todo estos elementos a los que nuevas investigaciones sumarán otros, van diseñando un perfil social que atañe tanto al individuo (el gaucho o criollo rurales) como a la sociedad en su conjunto, y la van diferenciando de otras en una serie de rasgos presentes o distribuidos de manera particular respecto de otras regiones americanas, pero es preciso tener presente que los vestigios y tendencias que mencionamos no se referencian en la cultura de la España europea sino en ese sector particular de la hispanidad anclado en la tradición hispanoárabe, de suerte que mucho de cuanto denominamos argentino aparece frecuentemente vinculado a un modo de vivir menos europeo que hispanoárabe.
El compromiso de nuestra cultura con un universo simbólico de matriz islámica ha quedado reflejado en algunos casos de un modo muy directo. Los musulmanes usan un amuleto con forma de mano abierta como el encontrado en las ruinas de la vieja Santa Fe y conceden a esa parte del cuerpo valores talismánicos por asociarlo a la mano protectora de Fátima, hija del Profeta Muhammad.

A la luz de esto viene a la memoria el conocido juego que la madre emprende con su bebé, tomándole los dedos de la mano mientras dice: este se fue al monte, este cazó un pajarito, este lo mató, este lo cocinó y este pícaro gordo se lo comió, y vino por aquí (desliza la madre la mano como señalando el recorrido del alimento hasta llegar al vientre y hacer cosquillas).
Esta forma de diálogo confiere a la mano la potestad de instrumentar una comunicación placentera con quien no puede hablar; el juego proviene del Magreb y siendo todavía popular en Marruecos y se lo conoce en España aunque no siempre con las características nuestras ni gozando de la misma popularidad, precisamente por proceder de un universo cultural que fuera mucho más resistido y rechazado en el Viejo Mundo que en el Nuevo. El que en la Argentina sea tan popular informa qué sector de la hispanidad peninsular operó con mayor éxito sobre lo popular en la configuración temprana de ciertas costumbres.

Siguiendo un camino similar puede identificarse al astagfirullah. El astagfirullah es un perdón anticipado que piden los musulmanes ante la sospecha de estar pronunciando infundios y maledicencias: que Dios me perdone si no fue él el que robó... etc.
También la forzada convivencia de cristianos y musulmanes en España alimentaría el imaginario de cada facción a menudo al margen de toda racionalidad; el temor mutuo hará que las actividades del rival lleguen incluso a demonizarse, especialmente en una época en que el fanatismo religioso descubría herejes y diablos por doquier. A esta enrarecida concepción del otro debe la leyenda de la Salamanca su origen. En la Argentina, la leyenda conoce más de una versión y cruza al Brasil.
Un trasfondo cultural más lejano y complejo que el local es, pues, el que origina la leyenda, haciendo por lo mismo que su difusión tampoco quede ligada a un grupo étnico local particular sino al proceso de la colonización hispánica en su conjunto, ya que fue la grave interna étnico-confesional que acompaña a ésta desde que desembarca en América la creadora de la caverna como metáfora de lo culturalmente incierto, ajeno, lo extraño.
Entre los semitas desde antaño el corte de cabello alcanza rango sacrificial, de ahí su presencia en el ámbito religioso, quedando ligado en el caso de los moriscos, al rito bautismal. Es a este universo que hace referencia, pues, el corte de pelo que todavía suele practicarse a los recién bautizados en Corrientes, y otro tanto sucede con las trenzas y mechones que se ofrecen a santos reconocidos y apócrifos en los oratorios que erige la gente a lo largo y ancho de la Argentina.

El uso de textiles en el mundo islámico viene precedido de una larga tradición cuya razón de ser estriba en la condición muelle de las piezas adecuadas a la vida nómade, fáciles de transportar, de múltiples usos. Un trozo de paño es abrigo, alfombra o cortina. La presencia árabe en Europa ciertamente colaboró en difundir textiles que por su exquisitez serían privativos de casas pudientes. Sin embargo, en los entornos arabizados se hace un uso tan abundante de los textiles que no prescinden de ellos ni las carpas beduinas más pobres.
Las cortinas de tela con que se reemplazan las puertas o que dividen la habitación única del rancho se referencian en ese modo de vida escueto y oriental donde la cortina es enteramente funcional, por lo que en poco se parece al rico producto exigido por cortinados, tapices y doseles que con sentido más bien ornamental han ido incorporando los distintos estilos decorativos de Occidente.
El tapado, prenda invernal que usan las mujeres argentinas, debe su nombre y origen al manto tapado con que se cubrían las sevillanas. El manto a que hace referencia era un prenda requerida por la moral islámica y cubría desde la cabeza hasta los pies, pero al evolucionar en un medio cristiano termina por adecuarse a un uso ajeno a lo religioso (taparse del frío) sin perder la antigua denominación que identifica su procedencia. Los españoles lo denominan abrigo, voz culturalmente neutra, mientras tapado hace referencia a una sociedad determinada, una sociedad que ordena tapar a la mujer.
Como no podía ser de otro modo, la presencia de moriscos debía también reflejarse en el habla de los argentinos, y lo hace, especialmente en el medio gaucho y de muchas formas. Como pasar revista a ellas supera el objeto de este artículo, baste recordar una curiosidad: que los moriscos serían responsables de la introducción de formas dialectales aragonesas en el castellano local.
Lo notable es que el Río de la Plata casi no recibió aragoneses. Lo que podría parecer un enigma desaparece al tener presente que Aragón contaba con un 20% de población morisca cuyo castellano exhibía modalidades propias.

Véase para ampliar, María Elvira Sagarzazu, La conquista furtiva: Argentina y los hispanoárabes, Ovejero Martín Editores, Rosario, 2001

sábado, 14 de abril de 2012

Los Moriscos, de a caballo por la Pampa

-El origen Morisco del Gaucho- por el Prof. Shamsuddin Elía

Las primeras corrientes moriscas se asentaron en el Río de la Plata durante los siglos XVI y XVII. Entre otras cosas, acercaron la cultura ecuestre y el origen de la palabra gaucho Nuestra tesis, fundamentada en una extensa y pormenorizada bibliografía, es que el gaucho tiene su origen en la civilización de Alándalus, la España musulmana (711-1492), cuna de los pueblos iberoamericanos, de la que recibimos legados como el idioma castellano en su versión andaluza, con el seseo (pronunciar un sonido silbante s en vez del sonido ce) y el yeísmo (que consiste en pronunciar la ll como la y: sonando igual en "llave" o en "yerba", tan común entre los rioplatenses), ambos de origen morisco.

Con la palabra moriscos (1) se designa comúnmente a los musulmanes del reino nazarí de Granada (rendido por Boabdil a los Reyes Católicos el 2 de enero de 1492) que, tras la rebelión del barrio del Albaicín (1501), fueron obligados a convertirse al cristianismo (2).

Esta denominación igualmente le sería aplicada a los mudéjares (del árabe mudayyan: "los que se quedaron", o Ahl ad-Dayn: "Gente que permanece, que se domeña"; por extensión, "domesticados", "domeñados"): los "moros sometidos" en los reinos hispanocristianos a partir del siglo XI, quienes disfrutaron de períodos de tolerancia bajo la égida de soberanos como Alfonso X el Sabio (1221-1284) y Pedro I el Justiciero (1334-1369). Éstos desarrollarían un arte que transformó los perfiles de la España cristiana y sería la base fundamental del llamado "arte colonial español" en América (3).

Tras la fracasada rebelión de 1568 -ahogada en sangre por Felipe II y su hermanastro Juan de Austria-, la nobleza de España, más germánica que española, obsesionada por la "pureza de sangre" y el miedo a una sublevación de los moriscos apoyada por los turcos otomanos (4), presionó al rey Felipe III para que procediera a la expulsión masiva de los moriscos. La operación se llevó a cabo entre 1609 y 1614 (5). Los moriscos entonces se asentaron en el Norte de África (Marruecos, Argelia y Túnez). Algunos se quedaron viviendo en España y Portugal, fingiendo ser cristianos nuevos o gitanos, pero permaneciendo fieles a la fe islámica (6). El resto emigró a América en similares condiciones de clandestinidad.

Los moriscos que vinieron a América llegaron mimetizados con los conquistadores y huyendo del estigma impuesto por el inquisidor. Aquí forjaron culturas ecuestres: la de los gauchos (Argentina, Uruguay y Brasil), huasos (Chile) y llaneros (Colombia y Venezuela), con múltiples influencias en la música, costumbres y estilos, desde el folclore argentino a la escuela tapatía mexicana. Éstas simbolizaron su fe, su tradición y sus tremendas ansias de independencia y libertad. También construyeron iglesias, catedrales y residencias mudéjares que todavía nos asombran, pequeñas Alhambras que tuvieron como magnífico marco una nueva y pletórica geografía acunada entre los Andes y el Caribe (7).

El tradicionalista y jurisconsulto argentino Carlos Molina Massey (1884-1964), que ha estudiado el origen del gaucho, se pregunta: "Los ocho siglos de conquista mora habían puesto su sello racial característico en la población íbera: el ochenta por ciento de la población peninsular llegada a nuestras playas traía sangre mora. El gaucho fue por eso como un avatar, como una reencarnación del alma de la morería fundiéndose con el alma aborigen en el gran ambiente libertario de América" (8).La etimología de la palabra "gaucho" Entre el riquísimo y vasto legado andalusí también figura la palabra "gaucho". El jurisconsulto de origen francés y gauchófilo por excelencia Emilio Honorio Daireaux (1843-1916) hace esta reconstrucción: "En la época de las primeras poblaciones en América la dominación de los Árabes en España había terminado por la expulsión o la sumisión; muchos de estos vencidos emigraron. En la pampa encontraron un medio donde podían continuar las tradiciones de la vida pastoril de sus antepasados. Fueron los primeros que se alejaron de las murallas de la ciudad para cuidar los primeros rebaños. Tan cierto es esto que á muchos usos y artefactos allí empleados se les designa con palabras árabes, al pozo, palabra española, se le nombra jagüel, desinencia árabe, y a la manera árabe sacan los pastores el agua. Gaucho es una palabra árabe desfigurada.

Es fácil encontrar su parentesco con la palabra "chauch" que en árabe significa conductor de ganados. Todavía en Sevilla (en Andalucía), hasta en Valencia, al conductor de ganados se le nombra chaucho" (9).Los descubrimientos de Federico Tobal El primer gran teórico sobre los orígenes hispanoárabes del gaucho fue el jurisconsulto, escritor y periodista Federico Tobal (1840-1898). Dice Tobal: "El traje del gaucho no es más que una degeneración del traje del árabe y aún los dos hombres se confunden al primer aspecto. El chiripá, el poncho, la chaqueta, el tirador, el pañuelo en la cabeza y bajo el sombrero, no son más que modificaciones de las piezas del vestido árabe, pero modificaciones ligeras y que no constituyen un traje aparte como el nuestro europeo. (...) Todo en el gaucho es oriental y árabe : su casa, su alimento, su traje, sus pasiones, sus vicios y virtudes y aún sus creencias. (...) Interminable sería agotar esta tesis. Las cosas, los hechos y los accidentes de relación que constatan el origen se ofrecen por doquiera. La semejanza es tan viva que basta la más ligera atención para percibirla.

Ella nos sigue como la sombra sigue al cuerpo y va estampada hasta en la etiqueta (...) Por mayor que sea la indolencia en que haya caído el gaucho, carecerá de árboles o de huerto su hogar, pero no carecerá del pozo que es la cisterna (jagüel o aljibe) para las frecuentes abluciones, alta necesidad de sus costumbres que se nota especialmente entre los pueblos paraguayo y correntino y que no es ciertamente de origen indio" (10).Los reveladores conceptos de Lugones El escritor y político argentino Leopoldo Lugones (1874-1938) es uno de los grandes reivindicadores del alma gaucha, la cultura de la pampa y su legado andalusí. En las citas siguientes resumimos su pensamiento sobre el tema: "Jinete por excelencia, resultaba imposible concebirlo desmontado; y así, los arreos de cabalgar, eran el fundamento de su atavío.

Su manera de enjaezar el caballo, tenía, indudablemente, procedencia morisca. (...) Las riendas y la jáquima (11) o bozal, muy delgados, aligeraban en lo posible el jaez (12), cuyo objeto no era contener ni dominar servilmente al bruto, sino, apenas, vincularlo con el caballero, dejándole gran iniciativa (...) Por lo demás, es sabido que el arte de cabalgar y de pelear a la jineta, así como sus arreos, fue introducido en España por los moros, cuyos zenetes o caballeros de la tribu berberisca de Banu Marín, diéronle su nombre específico. Así, jinete, pronunciación castellana de zenete, fue por antonomasia el individuo diestro en el cabalgar. (...) Las anchas cinchas taraceadas (13) con tafiletes (14) de color, son moriscas hoy mismo. (...) Análogos bordados y taraceos solían adornar los guardamontes usados por los gauchos de la región montuosa. Aquel doble delantal de cuero crudo, que atado al arzón delantero de la montura, abríase a ambos lados, protegiendo las piernas y el cuerpo hasta el pecho, no fue sino la adaptación de las adargas (15) moriscas para correr cañas, que tenían los mismos adornos y casi idénticas hechuras: pues eran tiesas en su mitad superior y flexibles por debajo para que pudieran doblarse sobre el anca del animal" (16).

Y así como la tradición y herencia caballeresca fueron musulmanas, la vestimenta del gaucho también lo fue por añadidura. Lo más evidente de ella son las famosas bombachas de campo (el pantalón por excelencia en todas las regiones islámicas, desde Marruecos al Pakistán) y la faja alrededor de la cintura (típica de los moriscos para esconder la gumia o el facón).

Por eso dice con razón Lugones: "Después notaríase que aquella rudimentaria bombacha abierta (el chiripá), facilita la monta del caballo bravío. El calzoncillo adquirió una amplitud análoga; y los flecos y randas que le daban vuelo sobre el pie, fueron la adopción de aquellos delantales de lino ojalado y encajes, con que los caballeros del siglo XVII cubrían las cañas de sus botas de campaña. Mas, para unos y otros, el origen debió ser aquella bombacha de hilo o de algodón, que a guisa de calzoncillos, precisamente, llevaron en todo tiempo los árabes (De ahí procedieron los zaragüelles (17) análogos de Valencia y de Murcia, por su etimología y por su hechura)" análogos de Valencia y de Murcia, por su etimología y por su hechura). (...) La camiseta abofellada, la chaqueta andaluza, el sombrero chambergo o de media copa a manera de capacho, el poncho heredado de los vegueros de Valencia (18), completaban aquel conjunto de soltura y flexibilidad" (19).
Y al igual que Daireaux, Lugones demuestra el origen árabe de la palabra "gaucho", pero derivándola de uahsh o uahshi, esto es en árabe: montaraz, bravío, arisco, huraño; asimismo, explica cómo su variación fonética alcanza a términos como huaso, guaso, guácharo, guacho, etc (20).

La terminología gauchesca que deriva del árabe es vastísima. Basta con nombrar la alpargata (ár.: al-bargat, "la zapatilla"), el aljibe (ár.: al-yubb, "el pozo"), la guitarra (ár.: al-qitar, "la cuerda"), la moharra (ár. mohárrib, "aguzado": la media luna (21) de hierro con filo que se ponía en la base de las chuzas de las lanzas gauchas), y el gadual: ese argentinismo que identifica a un terreno que se encharca cuando llueve y que deriva del árabe uadi ("río"), término que ha originado una multitud de topónimos en el mundo hispanoamericano (Guadalquivir, Guadalajara, Guadalcanal, Guadiana, etc.).

Los ejemplos sobran. La especialista española Dolores Oliver Pérez, en un artículo, explica el origen de ¡arre!, arriar, arriero, del árabe harrik, harraka, haraka, harakat, que da la idea de moverse, de movimiento, de viajero (22).Juegos y destrezas hispanoárabes Los estudios del deportista, hombre de campo y gauchófilo Justo P. Saénz (1892-1970) han demostrado la enorme influencia de la escuela andalusí de caballería (23) sobre la equitación gaucha, la monta a la jineta, el recado y los juegos de destreza: "Conocida es la importancia que la equitación de los bereberes tuvo en España. Suya fue la famosa escuela de "la jineta", que revolucionó desde su adopción en el sur de Europa cuanto al manejo se refería. Cuando la conquista de América, dicha escuela estaba en todo su apogeo y junto con el caballo y su silla, llegó a este continente (...) Don Leopoldo Lugones da como etimología de la palabra recado, el vocablo árabe "rekab" y es ésta una observación que debe tenerse en cuenta. (...) El juego de 'cañas', quedóle a los españoles desde el tiempo de la dominación árabe y ellos lo importaron junto con sus costumbres a sus colonias de América" (24).Los gaúchos del Brasil Con el devenir se fueron sumando los investigadores que acreditaron la estirpe andalusí del gaucho. Manoelito de Ornellas (1903-1969), por ejemplo, un etnógrafo y estanciero brasileño, escribió a principios de la década de 1950 varias monografías eruditas probando similares carismas en el gaúcho riograndense (25).

Y es que el gaucho moruno nunca fue una exclusividad rioplatense o de las pampas de Argentina, Uruguay y Brasil, sino de América toda, desde los valles de Chile hasta los praderas de California y México, pasando por los inmensos llanos del Orinoco en Colombia y Venezuela, con todas sus denominaciones afines e idóneas: el huaso (26), el llanero (27) y el charro (28).Los huasos de Chile Así, como se puede comprobar la influencia árabe y morisca en los gauchos de las pampas argentinas, uruguayas y brasileñas, también se comprueba "en la vestimenta y atuendo del huaso chileno, en la ornamentación de sus estribos y espuelas pletóricas de arabescos, en su forma de cabalgar "a la jineta", en sus juegos y alegrías, en el romance español conocido de "corrido", al igual que en el Andaluz. Una curiosa "jarcha" de la última estrofa de una muwashshaha (moaxaja) del cancionero árabe popular del siglo IX, que se encuentra en la compilación y restauración realizada por el profesor Sayed Ghazi, en su obra "Diván de Muwashshahas Andaluzas", nos presenta el cuadro plástico coreográfico del hombre y la mujer en la cueca... La importancia de esta jarcha árabe consiste en ser parte de un conjunto de cantos y bailes populares, lo que nos haría suponer el origen árabe-andaluz de la cueca.

Al respecto cabe señalar que la etimología de la palabra cueca nos indicaría la posibilidad de un origen árabe de este baile: cueca, zamacueca y su viable conexión con el término árabe samakuk que origina el español zamacuco (29): malicioso, hombre rudo, nombre derivado del verbo árabe Kauka, que señala la acción seductora que realiza el gallo para conquistar a la gallina, que, coincidentemente, conllevaría el simbolismo de la cueca... (30) Otra muestra de la impronta de la cultura árabe en la nuestra lo constituye una gran variedad de juegos ecuestres practicados en la colonia, como lo son el correr de la sortija, las cañas, el juego de los patos, las carreras, y muchas derivaciones de éstos, magníficamente descritos en la obra de don Eugenio Pereira Salas, "Juegos y Alegrías Coloniales en Chile" (31).Una historia inédita pero perceptible Alándalus fue una civilización privilegiada que se fundó gracias al mestizaje de múltiples pueblos y tradiciones.

Desde un primer momento los bereberes y árabes musulmanes recién llegados empezaron a casarse con mujeres hispánicas (hispanorromanas, celtíberas, godas). El resultado es un tipo admirable de cultura que, propiamente debe llamarse andalusí. Cuando esos hispanomusulmanes fueron conquistados por sus vecinos del norte de la Península -transformándose primero en mudéjares y luego en moriscos- y forzados a emigrar, muchos vinieron a América en condiciones de clandestinidad. Allí se produciría un nuevo y generoso mestizaje, esta vez con las mujeres aborígenes, cuya culminación es el biotipo del gaucho, del huaso, del llanero, con sus señas moriscas, pero también con todas sus nuevas adquisiciones y originalidades propias de América.

Lo que queremos puntualizar aquí no es que los jinetes de las pampas o de los llanos fuesen de raza árabe, eso sería un error tan grande como decir que los andalusíes también lo eran (las razas no existen, sí los lenguajes y las culturas), sino que los gauchos, huasos, llaneros o charros eran portadores de una herencia que -muchas veces a pesar de ellos mismos- le marcaba pautas de conducta, de costumbres, de pensamiento.

Todas las citas y fragmentos que hemos venido enumerando hasta ahora nos demuestran fehacientemente, que no fueron los inmigrantes sirios y libaneses -mayormente llegados al Río de la Plata a partir de 1900- los primeros en señalar las señas mudéjares de ese biotipo de las pampas -consecuencia del mestizaje de indias y moriscos, o de la inmigración de moriscos de puro linaje como los maragatos (32) -, sino los argentinos de pura cepa o incluso los extranjeros, en su mayoría europeos, que tuvieron la fortuna de conocer en persona a los últimos gauchos que aún montaban a la jineta y usaban pañuelos como albornoces bajo sus sombreros.

Las limitaciones de este artículo no permiten profundizar ciertos temas vinculados directa o indirectamente con los orígenes hispanomusulmanes de las culturas ecuestres de América. Uno es el caso de los moriscos en el Perú, como "las tapadas de Lima", que menciona el historiador y filólogo español Américo Castro (1885-1972) (33), que dieron lugar a una riquísima cultura de mestizaje, y en México, donde el influjo morisco se proyectó desde Chiapas hasta las septentrionales costas de California (34). Otro es el profundo monoteísmo entroncado con la más pura tradición musulmana que trasunta el Martín Fierro, la "Biblia Gaucha" del poeta José Hernández, y las mil y una tradiciones mimetizadas en la cultura argentina que deberán ser develadas más tarde o más temprano.Notas(1) Parece que la palabra "morisco" se forma como "berberisco", y es un diminutivo, que más tarde se empleó para identificar a los hispanomusulmanes que permanecieron en la Península luego de la caída de Granada.

(2) El responsable de esta medida fue el Inquisidor General y confesor de la reina Isabel la Católica, cardenal Francisco Jiménez de Cisneros (1436-1517), el mismo que el 18 de diciembre de 1499 hizo quemar en la puerta de Bib Rambla en Granada las librerías de los moriscos; más de ochenta mil manuscritos árabes de la España musulmana se perdieron para siempre.

(3) "De atenerse a la estricta significación de la palabra "mudéjar" -dice el arquitecto e islamólogo español Leopoldo Torres Balbás (1888-1960)-, recibiría esa denominación exclusivamente el arte de los musulmanes que habitaban el territorio cristiano (Leopoldo Torres Balbás: Arte almohade, arte nazarí, arte mudéjar, Ars Hispaniae -historia universal del arte hispánico-, vol. 4, Editorial Plus Ultra, Madrid, 1949, pp. 237-238). Véase Varios Autores: El arte mudéjar. La estética islámica en el arte cristiano, Museo Sin Fronteras/Electa (Grijalbo Mondadori), Viena, 2001.

(4) A pesar de las repetidas teorías que hablan de las conspiraciones urdidas entre moriscos y otomanos-como es el caso de las tesis de diversos autores: Andrew C. Hess: The Moriscos: An Ottoman Fifth Column in Sixteenth-Century Spain, The American Historical Review 74, Nueva York, Octubre 1968, pp. 1-25; y Charles Petrie: Don John of Austria, Londres, 1967 (cap. 4 sobre la rebelión de los moriscos)-, los otomanos nunca estuvieron en condiciones de socorrer al sultanato granadino en el siglo XV ni a los moriscos en el XVI debido a que nunca lograron establecer un poder naval sólido ni siquiera en el Mediterráneo oriental. El avance de una flota otomana hacia España hubiera sido un suicidio frente al poder concentrado de los Habsburgo, el Papado y Venecia (Solimán el Magnífico fracasó rotundamente en su invasión a Malta en mayo-septiembre de 1565).

La intención de los audaces corsarios berberiscos -Jairuddín Barbarroja (m. 1546) y otros- al acercar sus naves a la orilla peninsular fue tan sólo para rescatar a los refugiados moriscos que buscaban radicarse en el Norte de África. Las especulaciones en torno a un hipotético auxilio de los moriscos aragoneses por parte de los hugonotes liderados por Enrique IV, rey de Navarra (1562-1610) y de Francia (1589-1610) han sido magnificadas, sin embargo es interesante analizar los contactos entre unos y otros (cfr. Duc de La Force: Le maréchal de La Force. Un serviteur de sept rois, 1558-1652, París, 1950; Louis Cardaillac: Morisques et protestants, Al-Andalus, XXXVI, 1971, pp. 29-63). Para evacuar dudas y clarificar el panorama sobre esta temática recomendamos el estudio de Francisco Márquez Villanueva: "El mito de la gran conspiración morisca", Actes du II Symposium International du CIEM sur religion, identité et sources documentaires sur les Morisques Andalous, Institut Supérieur de Documentation, Túnez, 1984, 2, pp. 267-284.

(5) Véase Francisco Márquez Villanueva: El problema morisco (Desde otras laderas), Colección al-Quibla, Libertarias, Madrid, 1991; Míkel de Epalza: Los moriscos antes y después de la expulsión, Mapfre, Madrid, 1992;Julio Caro Baroja: Los Moriscos del Reino de Granada, Istmo, Madrid, 1991 (4ª ed.); Actas del III Simposio Internacional de Estudios Moriscos "Las prácticas musulmanas de los moriscos andaluces (1492-1609)", bajo la dirección del profesor Abdejelil Temimi, Zaghouan (Túnez) 1989.

(6) El escritor malagueño y líder andalucista Blas Infante (1885-1936) -asesinado por los sublevados al estallar la Guerra Civil española-, señala que estos "moriscos, estos andaluces fieramente perseguidos, refugiados en las cuevas, lanzados por su sociedad española, encuentran en el territorio andaluz un medio de legalizar, por decirlo así, su existencia, evitando la muerte o la expulsión. Unas bandas errantes, perseguidas con saña, pero sobre las cuales no pesa el anatema de la expulsión y de la muerte, vagan ahora de lugar en lugar y constituyen comunidades organizadas por caudillos, y abiertas a todo desesperado peregrino (...) Basta cumplir un rito de iniciación para ingresar en ellos. Son los gitanos (...) Hubo, pues de acogerse a ellos. A bandadas ingresaban aquellos andaluces, los últimos descendientes de los hombres venidos de las culturas más bellas del mundo, ahora labradores huidos (en árabe, labrador huido o expulsado significa "fellahmengu").

¿Comprendéis ahora por qué los gitanos de Andalucía constituyen, en decir de los escritores, el pueblo gitano más numeroso de la Tierra? ¿Comprendéis por qué el nombre flamenco no se ha usado en la literatura española hasta el siglo XIX, y por qué existiendo no trascendió al uso general? Un nominador arábigo tenía que ser perseguido al llegar a denunciar al grupo de hombres, heterodoxos a la ley del estado, que con ese nombre se amparaban. Comienza entonces la elaboración del flamenco por los andaluces desterrados o huidos en los montes de África y España. Esos hombres conservaban la música de la Patria, y esa música les sirvió para analizar su pena y para afirmar su espíritu: el ritmo lento, el agotamiento cromático" (Blas Infante: El Ideal andaluz, Madrid, 1976, pp. 107-108).

(7) Sobre la presencia preponderante del arte islámico-mudéjar en el mal llamado "arte colonial español", véase las obras de J. Mariano Filho: Influenças muçulmanas na architectura tradicional brasileira, A. Noite, Rio de Janeiro, 1943; F. Prat Puig: El prebarroco en Cuba. Una escuela criolla de arquitectura morisca, La Habana, 1947; Varios Autores: El mudéjar iberoamericano. Del Islam al Nuevo Mundo, Lunwerg, Barcelona, 1995; Varios Autores: El Arte Mudéjar, Ediciones UNESCO, Zaragoza, 1996; Rafael López Guzmán: Arquitectura Mudéjar, Manuales Arte Cátedra, Cátedra, Madrid, 2000; Varios Autores: El arte mudéjar. La estética islámica en el arte cristiano, Museo Sin Fronteras, Viena, 2000.

(8) Marcos Estrada: Apuntes sobre el gaucho argentino, Ediciones Culturales Argentinas, Subsecretaría de Cultura, Ministerio de Cultura y Educación, Buenos Aires, 1981, pp. 9-10.

(9) E. Daireaux: Vida y Costumbres en el Plata. Vol I, Cap. II: "Caracteres étnicos de la Nación Argentina", Félix Lajouane Editor, Buenos Aires/París, 1888, p. 32.

(10) F. Tobal: Los libros de Eduardo Gutiérrez: El gaucho y el árabe, artículo publicado en La Nación, Buenos Aires, los días martes 16, jueves 23 y martes 28 de febrero, y el martes 2 y jueves 4 de marzo de 1886.

(11) Del árabe sakima, cabezada de cordel que hace las veces de cabestro.

(12) Del árabe yehez, cualquier adorno que se pone a las caballerías (en este caso los jaeces).

(13) Del árabe tar'zi, incrustación.

(14) Del bereber tafilelt, cuero bruñido y lustroso, mucho más delgado que el cordobán.

(15) Del árabe al-darqa, escudo de cuero, de forma ovalada o acorazonada.

(16) L. Lugones: El payador, Biblioteca Ayacucho, Caracas, 1991, pp. 31-33.

(17) Del árabe çarauil, especie de calzones anchos y afollados en pliegues.

(18) Lugones inserta la siguiente nota: "Los monjes benedictinos usaron durante la Edad Media, para resguardar el hábito en los trabajos rurales, verdaderos ponchos de lienzo cuyo recuerdo meramente simbólico persiste en los actuales escapularios y casullas. Las prendas rudimentarias como el poncho, el chiripá y la bota de potro, pertenecen más o menos, a todos los pueblos de escasa civilización. A veces, esos regresos, como el chiripá respecto a la bombacha morisca. Añadiré que el aba clásica de los árabes, no es sino un trozo de tela rayada abierto por el medio para pasar la cabeza. De ahí saldría la pieza análoga de los vegueros valencianos, lo propio que los ya mencionados escapularios". (ídem, p. 35).

(19) L. Lugones: El payador, Biblioteca Ayacucho, Caracas, 1991, pp. 34-35.

(20) L. Lugones: Voces americanas de procedencia arábiga, V nota, en La Nación, Buenos Aires, domingo 9 de marzo de 1924, 3ª. sección, p. 8.

(21) El hilal o luna creciente es un símbolo tradicional entre los musulmanes que refleja el calendario lunar que regula su vida religiosa. La luna creciente anuncia el Sagrado Mes de Ramadán. La tribu árabe de los Banu Hilal (Hijos del Creciente) o hilalíes, acantonada hasta entonces al este del Nilo, fueron enviados por el califa fatimí al-Mustansir (r. 1036-1094) a difundir y consolidar el Islam entre los bereberes del Norte de África. El hilal cobró especial importancia entre los otomanos. La tradición dice que la bandera turca muestra la media luna con una estrella en el centro porque el sultán Mehmet II Fatih (el Conquistador) entró en Constantinopla (hoy Estambul) bajo una luna semejante en la madrugada del 29 de mayo de 1453. Fue así como esta dinastía turca adoptó ese símbolo como emblema oficial. El hecho de que durante quinientos años el Imperio Otomano contuviese a numerosas naciones musulmanas dentro de sus fronteras, amén de su influencia en los pueblos musulmanes de lengua turca del Asia Central, influyó en la decisión de las naciones islámicas que surgieron a lo largo del siglo XX de insertar en sus banderas el hilal y la estrella como símbolo de fe y tradición. Así, podemos nombrar las de Argelia, Azerbaiyán, Comores, Federación Malaya, Maldivas, Mauritania, Pakistán, Singapur, Túnez, Turkmenistán y Uzbekistán.

(22) D. Oliver Pérez: Dos arabismos nacidos de un imperativo árabe... en la Revista Al-Qantara, vol. XIV, Fasc. 1, Madrid, 1993, pp. 163-176.

(23) Cfr. Varios autores: Al-Ándalus y el caballo, Lunwerg Editores, Barcelona, 1995.

(24) J. P. Saénz: Equitación gaucha en la Pampa y Mesopotamia, Emecé, Buenos Aires, 1997, pp. 15, 50 y 157.

(25) Manoelito de Ornellas: Gaúchos e Beduínos. A origen étnica e a formaçao social do Rio Grande do Sul, Livraria José Olympio Editôra, Rio de Janeiro, 1948 y 1956; A Filigrana Árabe nas Tradições Gaúchas, Edição "Arte do Livro", Porto Alegre, 1950; A cruz e o alfanje. A expansão da cultura árabe, Livraria Progresso Editora, Bahia, 1960.

(26) "Su vestimenta y el apero de su caballo son una mezcla de elementos españoles-moriscos e indígenas (...) ... el huaso desciende de andaluces ..." René León Echaiz: Interpretacion histórica del huaso chileno, Editorial Francisco de Aguirre, Buenos Aires, 1971, pp. 28 y 32.

(27) Cfr. Daniel Mendoza y José E. Machado: El llanero. Estudio de sociología venezolana con un estudio sobre el gaucho y el llanero, El Ateneo, Buenos Aires, 1944.

(28) Cfr. J. Álvarez del Villar: Historia de la charrería, México, 1941; C. Rincón Gallardo: El libro del charro mexicano, México, 1946.

(29) Zamacuco también es una persona solapada, que calla y hace su voluntad, características de los perseguidos y clandestinos, como los moriscos y los gauchos.

(30) Eugenio Chahuán Chahuán: Presencia Árabe en Chile, Revista Chilena de Humanidades, Nº 1, 1983, Facultad de Filosofía, Humanidades y Educación, Universidad de Chile, Santiago de Chile, pp. 40-41.

(31) Cfr. S. Claro Vilches: Cueca chilena, cueca tradicional, Universidad Católica de Chile, Santiago de Chile, 1986.

(32) A sesenta kilómetros al sur de Asyut (Egipto), a mitad de camino entre las localidades de Tahta y Suhaj, se encuentra la población de al-Maraghat (en árabe: caverna, gruta). Un grupo de ciudadanos maragatos (maragatún) se sumaron a principios del siglo VIII al contingente de 18 mil hombres que el árabe Musa Ibn Nusair (640-714) llevó a la Península Ibérica hacia 712 para consolidar las posiciones que su lugarteniente bereber Tariq Ibn Ziad (m. 720) había logrado el año anterior. El islamólogo holandés Reinhart Dozy (1820-1883), en su pormenorizado trabajo Recherches sur l'histoire et la littérature des arabes d'Espagne pendant le Moyen Age (3.ª ed., París, 1881) y el antropólogo español Dr. Aragón y Escacena en su obra Estudio Antropológico del pueblo maragato (Anales de la Soc. Esp. de H.N., XXX, Madrid, 1902) consideran a los maragatos descendientes de una inmigración berberisca. Los maragatos se afincaron desde un principio en tierras de León, en un área montañosa que sería llamada la Maragatería (350 km2), localizada entre Astorga y el pico Teleno, al suroeste de la ciudad de León. Siglos más tarde pasan a Portugal y luego a las Azores donde una de las aldeas de la isla Pico lleva la huella de su paso: Maragaia. Más tarde, durante los siglos XVII y XVIII, llegarán al Plata numerosas familias de maragatos de León procedentes del puerto de La Coruña, y otras tantas provenientes de las Azores. Se radicarán principalmente en los departamentos de Soriano y San José de la Banda Oriental. Como los maragatos siempre se destacaron por ser excelentes arrieros, muy pronto desarrollarán éste y otros oficios camperos. A fines del siglo XVIII serán identificados con los gauchos de la región. Los maragatos impusieron algunas pilchas gauchas, como el calzoncillo cribado (con flecos).

Durante todo el siglo XIX, los maragatos participarán activamente en la política. En el sur del Brasil integrarán las fuerzas de los gaúchos riogradenses en la llamada Guerra de los Farrapos y en la revuelta federalista de 1893-1894. En la República Oriental del Uruguay se sumarán a las montoneras del libertador José Gervasio Artigas (1764-1850) y a las del Partido Blanco de los caudillos nacionalistas Timoteo Aparicio (1814-1882), Gumersindo Saravia (1852-1894) y Aparicio Saravia (1855-1904) hasta la trágica batalla de Masoller (1 de septiembre de 1904). Una anécdota que habla a las claras de esta identidad es que uno de estos personajes "acorralado por unos montoneros, pretende hacer valer su condición de blanco mencionando su origen maragato, puesto que San José fue siempre baluarte oribista: "nu mi mate -grita- qui soy maragato di San Cusé!"" (Cfr. Abdón Arozteguy: La revolución de 1870, Félix Lajouane Editor, Buenos Aires, 1889, tomo 1, pág. 158; Carlos Machado: Historia de los Orientales, Ediciones de la Banda Oriental, Montevideo, 1973, p. 252).

Manuel Gálvez (1882-1962), el famoso historiador revisionista argentino, aporta un dato que es clave y nos esclarece la cuestión: "Popularmente, cada bando ha puesto a su contrario un mote: para los federalistas o revolucionarios, los partidarios del gobierno son los "picapãos", nombre de un pájaro, y les llaman así porque, como el picapote o carpintero, en el árbol, ellos están siempre "picando" al pueblo con impuestos y exacciones; y para ellos, los federalistas son los "maragatos". Dícenles así por haber entre ellos algunos uruguayos de San José, llamados "maragatos". En España se da ese nombre a los habitantes de las Hurdes (Las Hurdes es el nombre de una comarca natural española que se extiende por las provincias de Cáceres y Salamanca), a quienes se les cree descendientes puros de los moriscos y muy peleadores" (Manuel Gálvez: Vida de Aparicio Saravia. El gaucho de la libertad, Editorial Tor, Buenos Aires, 1957, p. 62). El largo y legendario peregrinaje de los maragatos producirá el establecimiento de una colonia en las cercanías de Carmen de Patagones, a orillas del Río Negro, en la provincia de Buenos Aires. La toponimia de la región también habla de su presencia: hay una isla Maragatas en el departamento uruguayo de San José, y una laguna Maragato en el partido de Villarino, provincia de Buenos Aires.

(32) Cfr. Américo Castro: España en su historia. Cristianos, moros y judíos, Grijalbo Mondadori, Barcelona, 1996, pp. 82-103. Véase sobre este fenómeno, por ejemplo, la tesis del profesor Ángel Santisteban Mendevil (Universidad de Lima): Sabores hispano-árabes en la tradición culinaria del Perú, Terceras Jornadas de Cultura Árabe "Al-Ándalus allende los Andes", Coloquio Interdisciplinario del Mudéjar Iberoamericano, Centro de Estudios Árabes de la Facultad de Filosofía y Humanidades, Universidad de Chile, (Santiago, agosto de 1999), Santiago, 2001 (en prensa).

(33) Cfr. A. Garrido Aranda: Moriscos e indios. Precedentes hispánicos de la evangelización en México, UNAM, Mexico, 1980; Elizabeth McMillian: Casa California.
Spanish-Style Houses from Santa Barbara to San Clemente, Rizzoli, Nueva York, 1996.