Mostrando entradas con la etiqueta Historia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Historia. Mostrar todas las entradas

jueves, 5 de julio de 2018

Jorge Cafrune - La Independencia


Esta obra quiere contribuir dignamente al memorable fasto del sesquicentenario de la independencia Argentina (1816 - 9 de julio - 1966). La ocasión era propicia para un proyecto noblemente ambicioso. Entendimos que el homenaje no debía quedar reducido a una mera relación del hecho histórico y su circunstancia. Era necesario extraer la vibración vital que alentó en ello, subrayar lo humano del personaje heroico, destacar inclusive la participación popular en la gesta libertador; humanizar, en fin, la figura de los próceres, para acercarlos más a la admiración y el cariño del pueblo. Y no debía ser olvidado el soldado desconocido, el valeroso criollo que se sumó a la gesta libertadora con alma y cuerpo, dejando, en no pocos casos, sus huesos en algún arenal, sin tumba y sin memoria.
Para exponer el tema con la intensidad debida centramos el enfoque en algunos de los principales hombres y acontecimientos que contribuyeron a la emancipación Argentina desde el primer grito de libertad, el 25 de mayo de 1810, hasta la formal declaración de independencia en el histórico congreso de Tucumán.

La patria estaba amenazada por el norte, el este y el oeste. La revolución corría inminente riesgo de ser ahogada para siempre. Triunfó, con todo, la valerosa decisión que significaba quemar las naves para gobernarnos en adelante a título de nación soberana.

Este long play ha sido el resultado del permanente diálogo entre intérprete, autor y compositores para que la obra se integrara en un homenaje elevado y digno, pero de cálido tono popular como lo tuvo la criolla gesta de nuestra emancipación.
La patria en sí, Manuel Belgrano, Mariano Moreno, Guillermo Brown, el Soldado Desconocido, Martín Güemes, San Martín y sus granaderos, el Congreso de Tucumán, forman sucesivamente el temario que inspira las composiciones. La nota romántica de una zamba -Niña de Tucumán- cierra, con broche evocativo, con melodía inspirada en la condición, el homenaje que nos propusimos rendir.

-León Benarós-


sábado, 18 de noviembre de 2017

20 de noviembre: Día de la Soberanía Nacional - Combate de la Vuelta de Obligado


En 1845 la Confederación Argentina, gobernada por Juan Manuel de Rosas, sufrió la alevosa agresión militar de las dos principales potencias de la época: Gran Bretaña y Francia, que venían cebadas de sendas apropiaciones coloniales en China y Argelia. Contaban con el apoyo explícito del bando unitario emigrado a Montevideo y el de Fructuoso Rivera, que había derrocado en esa ciudad al gobierno legítimo de Oribe. Este, a su vez, sitiaba la ciudad por tierra y, desde hacía meses, por el río lo hacía la flota del viejo y glorioso almirante Brown. Los europeos también especulaban con el apoyo eficaz del Imperio del Brasil, interesado en la Mesopotamia y en la Banda Oriental. Por su parte, los Estados Unidos de Norteamérica, que ya habían proclamado la doctrina Monroe, la dejaron de lado para otras oportunidades más propicias: estaban demasiado ocupados en la anexión del estado mejicano de Texas.

La flota anglo-francesa primero ocupó Montevideo, exigió la libre navegación de los ríos interiores argentinos, y se apoderó mediante su artillería de grueso calibre –sin previa declaración de guerra- de la débil escuadra de Brown, quien le escribió a Rosas: “Tal agravio demandaba imperiosamente el sacrificio de la vida con honor, y sólo la subordinación a las supremas órdenes de V.E. para evitar aglomeración de incidentes que complicasen las circunstancias, pudo resolver al que firma a arriar un pabellón que durante treinta y tres años de continuos triunfos ha sostenido con toda dignidad en las aguas del Plata”. La enseña azul y blanca de los buques argentinos fue reemplazada por la francesa o inglesa, y todos sus marinos apresados. El mando de la escuadra apoderada se le otorgó al aventurero José Garibaldi.

Después de recurrir a la última ratio, las potencias imperiales se dispusieron a internar el Paraná y el Uruguay, declararon el bloqueo de todos los puertos, apresaron los barcos mercantes y se prepararon a ocupar los puntos dominantes del litoral argentino. La unidad de Garibaldi cañoneó, incendió, arruinó, tomó por asalto y saqueó la Colonia del Sacramento, luego tomó la isla Martín García, por el río Uruguay atacó al pueblo puramente comercial y desguarnecido de Gualeguaychú, saqueándolo durante dos días, a Paysandú, donde fueron rechazados, igual que en Concordia.

Pero a pesar de los atropellos, depredaciones y crueldades, la intervención no podía ocupar los puntos guarnecidos regularmente por la Confederación. Es así que las potencias resolvieron que sus escuadras combinadas forzasen a cañonazos el paso del Paraná hasta llegar y tomar a Corrientes, a fin de dominar ese gran río. Hasta entonces sólo se habían producido actos de fuerza para intimidar al gobernante nativo, método con el que en otros países habían obtenido amplias concesiones. Pero aquí y ahora, iba a comenzar la verdadera guerra.

Salvo el puñado de doctores emigrados, todo el país acompañó a Rosas en la lucha donde se comprometía la honra y la integridad nacional. Los gobernadores, las legislaturas del interior, los héroes militares de las campañas por la independencia, los hombres principales y acaudalados, los gauchos que podían manejar un fusil, los representantes diplomáticos acreditados en Buenos Aires, todos ratificaron de un modo inequívoco ese apoyo. Igual que la prensa de toda América y la de la propia Europa.

El brigadier general don Juan Manuel de Rosas se convirtió así en el representante armado de la independencia que alcanzaron con tanto sacrificio las naciones sudamericanas, y del principio republicano que miraban con desprecio las monarquías signatarias de la Santa Alianza. Era el consenso unánime manifestado de un modo elocuente el que así lo comprendía en toda la nación y en toda la patria grande. Era la bandera del río del Juramento y de los Andes que tremolaba en manos de los mismos que se habían batido en Salta, Chacabuco, Maipú y Lima. Era el padre de la patria, el Libertador don José de San Martín, ofreciendo sus servicios a Rosas, en defensa de la independencia amenazada. Y para que ningún eco de gloria faltase en ese concierto del patriotismo y del honor, la lira del autor del himno nacional llamaba así al sentimiento generoso de los argentinos:

Se interpone ambicioso el extranjero,
su ley pretende al argentino dar,
y abusa de sus naves superiores
para hollar nuestra patria y su bandera,
y fuerzas sobre fuerzas aglomera
que avisan la intención de conquistar.

Morir antes, heroicos argentinos,
que de la libertad caiga este templo:
¡daremos a la América alto ejemplo
que enseñe a defender la libertad!
[...]
(Vicente López y Planes, Oda patriótica federal recitada en el teatro de la Victoria la noche del 5 de noviembre de 1845).

En la costa norte de Buenos Aires, a unos 160 kilómetros de la Capital, poco más allá de San Pedro, el río Paraná forma un recodo que se conoce como la Vuelta de Obligado. A esa altura el río tiene unos setecientos metros de ancho, y por ahí debía pasar necesariamente la flota extranjera para llegar a Corrientes. En ese lugar levantó sus principales baterías el general Lucio Mansilla, jefe del departamento del Norte, miliciano de la reconquista con Liniers, oficial de la campaña oriental con Artigas, comandante del ejército de los Andes con San Martín, de Maipú y la campaña del sur de Chile con Las Heras, héroe de la guerra con Brasil, un probado veterano de la Independencia con dotes singulares para sacar ventajas de cualquier situación de armas.

Sin embargo, carecía de los recursos naturales para desenvolver esas cualidades: es el momento en que el águila enjaulada tiende inútilmente sus alas y devora el espacio con los ojos. Hizo lo que pudo para conseguir esos recursos –municiones de artillería e infantería para las dotaciones completas-, pero éstos nunca llegaron. Mucho patriotismo y pocas municiones.

Mansilla montó cuatro baterías en la costa firme: la denominada Restaurador Rosas mandada por Alvaro Alzogaray, la General Brown por Eduardo Brown, el hijo del almirante, la General Mansilla por Felipe Palacios, y la Manuelita por Juan Bautista Thorne. Eran servidas por un total de ciento sesenta artilleros y otros sesenta de reserva, parapetados tras merlones de tierra pisada entre cajones. Guarnecían las cuatro baterías quinientos milicianos de infantería al mando de Ramón Rodríguez y otra cantidad similar, con varios cañones, en los espacios entre ellas. De reserva, apostados en un monte, seiscientos infantes y dos escuadrones de caballería al mando de José Cortina. Detrás de ellos, unos trescientos vecinos de San Pedro, Baradero, San Antonio de Areco y San Nicolás, reunidos a último momento. La custodia del general, setenta hombres al mando de Cruz Cañete.

En la orilla, en un mogote aislado, estaban apoyadas unas anclas, a las que se asieron tres gruesas cadenas que atravesaban el río hasta la orilla opuesta, donde quedaron sujetadas a un bergantín armado con seis cañones al mando de Tomás Craig, estribor con frente al enemigo. Las cadenas se corrían sobre las proas, cubiertas y popas de veinticuatro buques desmantelados, hundidos y fondeados en línea. Con esto se propuso Mansilla mostrar a los anglo-franceses que el pasaje del río no era libre, y obligarlos a batirse si intentaban pasarlo.

La flota enemiga fondeó dos millas más abajo y durante dos días ambas fuerzas hicieron reconocimientos e intercambiaron algunos disparos de cañón. A las ocho y media de la mañana del 20 de noviembre de 1845 avanzaron sobre las baterías de Obligado once buques enemigos con noventa y nueve cañones de grueso calibre, de los cuales treinta y cinco eran Paixhans, de bala con espoleta y explosivos, acreditados por los estragos que habían hecho en los bombardeos de Méjico. Media hora después rompieron sus fuegos. La banda del batallón Patricios hizo oír el himno nacional. Mansilla, de pie sobre el merlón de la batería Restaurador Rosas invitó a los soldados a dar el tradicional grito de ¡viva la patria! Y a su voz arrogante y entusiasta, el cañón de la patria lo ilumina con sus primeros fogonazos. Otra media hora después y el combate se generaliza, entrando todos los buques en acción. Los pechos de los soldados argentinos sienten por primera vez la lluvia de bala y metralla, pero sin embargo las baterías de tierra ponen fuera de combate dos bergantines ingleses.

Al mediodía Mansilla comunica a Rosas que el enemigo no ha podido acercarse a la línea de atajo, pero que dada su superioridad, cree que lo harán, porque a él le faltan las municiones para impedirlo. Efectivamente, pocos minutos después el capitán Tomás Craig, comandante del bergantín argentino Republicano, que sostenía esa línea de atajo, quema su último cartucho. Cuando pide más municiones a tierra y le responden que ya no hay, hace volar su buque para no entregárselo al enemigo, y va con sus soldados a tomar el puesto de honor en las baterías de la derecha. Los buques de la alianza imperial avanzan hasta la línea de atajo, sufriendo todos los fuegos de las baterías. Como un volcán arrojando serpientes de fuego en todas direcciones, el agua cubierta de nubes de pólvora quemada, entre estrépitos de muerte, el Paraná se convierte en un infierno. 

En lugar prominente de este cuadro está Mansilla; y su esfuerzo prodigioso, y su vida que respeta la metralla, y su espíritu, pendiente de una probabilidad halagüeña, concentrados en ese punto del río Paraná, donde se juegan el derecho y la honra de la patria que él defiende. Hay un momento en que esa probabilidad parece sonreírle: es cuando los cañones de las baterías hacen retroceder algunos buques, ponen fuera de combate algún otro y apagan los fuegos de varios cañones enemigos. Pero simultáneamente una lancha con un contingente inglés logra cortar las cadenas y hacer pasar del otro lado algunos buques.

A las cuatro de la tarde Alzogaray, con casi todos sus artilleros muertos, quema en su cañón el último cartucho. La batería de Thorne es un castillo incendiado. Allí se sienten las convulsiones estupendas del huracán que ilumina con sus rayos una vez más la vida y que a poco fulmina la muerte entre sus ondas. El estampido del cañón sacude la robusta organización del veterano de Brown. El mismo Thorne dirige las balsas y los cañones, que hacen estragos al enemigo. Se fractura un brazo y se golpea la cabeza, de tal manera que perderá el oído para siempre. Desde entonces sus viejos compañeros le llamarán el sordo de Obligado.

Después de ocho horas de bombardeo incesante, los patriotas se quedan completamente sin municiones. Mientras los cañones de los buques enemigos siguen disparando, se lanza la infantería de desembarco sobre las diezmadas fuerzas argentinas. Mansilla se pone a la cabeza y manda calar bayonetas. Al adelantarse, es derribado por la metalla en el estómago y queda fuera de combate. El coronel Ramón Rodríguez lleva otra carga con los Patricios y repele al enemigo; pero éste finalmente logra controlar el campo. Los europeos contaron ciento cincuenta bajas en la Vuelta de Obligado y sus mejores buques quedaron bastante averiados. Los argentinos sufrieron seiscientos cincuenta hombres fuera de combate y perdieron dieciocho cañones. Durante casi ocho horas, no se dejó de hacer fuego de parte a parte. Fue un brillante hecho de armas para ambos bandos.
La victoria que alcanzaron los anglo-franceses resultó pírrica; quizás confiaron demasiado en lo que aseguraban los emigrados unitarios, su prensa y sus libros: que ante su presencia en las costas, los pueblos “sacudirían el yugo de Rosas y harían causa común con ellos”. Forzaron el pasaje del río y tal vez podrían dominarlo, pero supieron que no podrían avanzar tierra adentro, ya que se sublevarían contra ellos todas las fibras de un pueblo viril atacado en sus hogares.
El desengaño de los aliados fue tan grande, como impotente de ahí en más la prédica de los emigrados. Y después de Obligado, todos en la Confederación se pusieron sin reservas al servicio de la patria y de los principios que Rosas sostenía, ancianos de las luchas de la Independencia, gauchos viejos de la edad de oro, opositores y muchos unitarios conspicuos, como el coronel Martiniano Chilavert, el artillero más científico de la época. Pero además en toda América y en Europa se consideró a Rosas como el único jefe americano que había resistido las violencias y agresiones de las dos mayores potencias mundiales. Desde entonces será llamado “el grande hombre de la América”.

Es que en un recodo del Paraná, un 20 de noviembre de 1845, la entereza del general Lucio Mansilla, rigiendo el sentimiento nacional, en lucha desigual con los poderes más fuertes de la Tierra, supo grabar con sangre que no se borra los derechos indestructibles del honor y de la gloria de la nación. Por eso se ha instituido al 20 de noviembre como el Día de la Soberanía.

El combate de la Vuelta de Obligado se difundió, en ese momento, por todo el mundo, y ni siquiera los más acérrimos atacantes de Rosas, en Europa, pudieron dejar de elogiar el valeroso proceder de Mansilla y sus hombres. San Martín comentaría en Francia “… los interventores habrán visto.., que los argentinos no son empanadas que se comen sin más trabajo que abrir la boca”.

En nuestro Museo de Historia Nacional hay una bandera que tomada por los ingleses en la Batalla de Obligado, fue devuelta a la Nación. Pero la historia de esta devolución es tan emotiva como desconocida y esta nota lo que pretende es narrarla no con el fervor que cualquier argentino desearía, sino con un documento que 40 años más tarde, escribiera uno de los Comandantes de la Fuerza Invasora el Almirante Sullivan, el que el 26 de octubre de 1883, – ya anciano – se presentó al Consulado Argentino en Londres para devolver una Gran Bandera Argentina.

El documento expresaba: “En la batalla de Obligado en el Paraná el 20 de octubre de 1845 un oficial que mandaba la batería principal (era la Manuelita) causó la admiración de los oficiales ingleses que estábamos más cerca de él, por la manera con que animaba a sus hombres y los mantenía al pie de los cañones durante un fuerte fuego cruzado bajo el cual esa batería estaba expuesta. Por más de 6 horas expuso su cuerpo entero. Por prisioneros heridos supimos después que era el Coronel Ramón Rodríguez del Regimiento de Patricios de Buenos Aires.

Cuando los artilleros fueron muertos, hizo maniobrar los cañones con los soldados de infantería y él mismo ponía la puntería. Cuando el combate estuvo terminado habían perdido 500 hombres entre muertos y heridos de los 800 que él comandaba. Cuando nuestras fuerzas desembarcaron a la tarde y tomaron la batería, con los restos de su fuerza se puso a retaguardia, bajo el fuego cruzado de todos los buques que estaban detrás de la batería, defendiéndola con armas blancas. La bandera de la batería fue arriada por uno de los hombres de mi mando y me fue dada por el oficial inglés de mayor rango. Al ser arriada cayó sobre algunos cuerpos de los caídos y fue manchada con su sangre.

Quiero restituir al Coronel Rodríguez si vive, o sino al Regimiento de Patricios de Buenos Aires si aún existe la bandera bajo la cual y en noble defensa de su Patria cayeran tantos de los que en aquella época lo componían. Si el Coronel Rodríguez ha muerto y si el Regimiento de Patricios no existe, yo pediría que cualquiera de los miembros sobrevivientes de su familia que la acepten en recuerdo suyo y de las muy bravas conductas de él, de sus oficiales y de sus soldados en Obligado. Los que luchamos contra él y habíamos presenciado su abnegación y bravura tuvimos grande y sincero placer al saber que habían salido ileso hasta el fin de la acción”.

Después de Obligado

Después de la cruenta acción de Obligado, tras los barcos de guerra esperaba en el Ibicuy un convoy compuesto de 92 mercantes, de los cuales solo 50 siguieron la navegación rumbo al norte; el resto, visto los riesgos del viaje,  prefirió regresar a Montevideo.  Al pasar frente a Obligado, fueron nuevamente atacados por una artillería volante dirigida hábilmente por Thorne, que provocó daños de consideración en la mayoría de las unidades.  Lo mismo cuando trataban de pasar frente a las barrancas de Tonelero y Acevedo; ya restablecido, el propio Mansilla dirigió aquí la ofensiva, haciendo certero blanco en los buques de guerra que iban a la vanguardia.

El río es ancho en ese paraje, y pudo eludirse sin mayores problemas el ataque argentino. Pero nuestros defensores se desplazan con increíble agilidad, neutralizando con bravura las ventajas materiales del adversario.  En San Lorenzo, a la vera del campo histórico del primer combate de San Martín en América, disimuladas entre altas malezas sobre el río, ubicó Mansilla sus baterías, dispuesto a acosar hasta el escarmiento a los intrusos. Al paso de las naves mercantes se iza de improviso la bandera argentina y todas nuestras piezas disparan simultáneamente un fuego que sembró pánico en el río y una confusión tremenda, dando unos barcos contra otros, “sin que apenas un solo buque saliera sin recibir un balazo”, según informa Inglefield al almirantazgo.  Perdieron los aliados cincuenta hombres y dos más de sus navíos de guerra, el “Dolphin” y el “Expeditive”, resultaron muy seriamente dañados.

Al fin llegaron a Corrientes, única provincia cuyo gobierno no respondía a Buenos Aires.  Esperaban poder vender la carga que transportaban las naves mercantes, pero la guerra había sumido en una gran pobreza a los pueblos del interior, de modo que el aspecto comercial se vio signado por un rotundo fracaso.  Y había que volver a desandar el río, cosa que preocupaba seriamente a los otrora orgullosos marinos.  Resolvieron pedir refuerzos a Montevideo.  A ese efecto despacharon al “Gorgón”, pero no pudo pasar por el Tonelero.  Después de tratar de sostener el nutrido fuego que se le hacía desde tierra, tuvo que regresar y refugiarse averiado en Esquina.  Nuestros artilleros, con una habilidad increíble, atando sus baterías a la cincha de fuertes caballos, seguían a las naves del enemigo, que casi no podía creer en semejante asedio. 

Los refuerzos pedidos no llegaban, y la escuadra anglo-francesa, tan castigada ya, no se atrevía a emprender el regreso sin el auxilio de otras naves de apoyo.  Se despachó entonces la corbeta “Philomel”, atacada también en el camino, pero que logró llegar a destino.  Desde Montevideo zarpan entonces los vapores ingleses “Harpa” y “Lizard”.  Pero en el Quebracho, el “Lizard” quedó tan descalabrado que –prácticamente- no serviría ya de protección. En el parte correspondiente, el teniente Tylden dice que “el enemigo volteó nuestra pieza del castillo de proa, y su terrible fuego de metralla, que cribó el barco de proa a popa, me obligó a ordenar a oficiales y tripulación que bajasen”.  También hubo de refugiarse en Esquina. Había recibido 35 balas de cañón.

Medio año pasó desde la acción de la Vuelta de Obligado, hasta que, después de muchas indecisiones y de grandes pérdidas, el convoy extranjero se atreve a regresar: 40 barcos mercantes y 12 de guerra, aunque dos de ellos, por lo menos, fuera de combate.

El honor correspondió esta vez al Quebracho: fue donde se libró un encuentro definitivo.  Allí instaló Mansilla diecisiete cañones, mientras 600 soldados de infantería respaldaban esa fuerza contra un eventual desembarco, más de 150 carabineros, complementados con piquetes del batallón de Patricios, al mando del mayor Virto; en el centro, Thorne mandaba dos baterías y dos compañías de infantería, y hacia el otro extremo el batallón Santa Coloma, al mando de este jefe.  Cuando los buques de guerra enfilaron a las baterías de la Confederación, el general Mansilla, después de gritar “¡Viva la soberana independencia argentina!”, dio la orden de fuego.  El enemigo pretendía defender el paso de los buques mercantes, entreteniendo a nuestras baterías, pero fracasó en su propósito. 

La altura en que se encontraban los cañones criollos los hizo inaccesibles para la pesada artillería aliada; en cambio, el desconcierto en el río no pudo ser mayor.  Algunos barcos vararon, en su tentativa de huir, y todos sufrieron las implacables descargas de nuestras piezas.  El teniente Proctor, en su comunicado el capitán Hotham, le dice así: “El fuego fue sostenido con gran determinación; fuimos perseguidos por artillería volante y considerable número de tropas que cubrían las márgenes haciendo un vivo fuego de fusilería.  El “Harpy” está bastante destruido: tiene muchos balazos en el casco, chimeneas y cofas”.  Hotham, a su vez, acompañando la nómina de muertos y heridos ingleses y franceses en el Quebracho, confiesa al final, sobriamente: “Los buques han sufrido mucho”.  Pero el regreso del convoy, maltrecho, disminuido (en El Quebracho se perdieron muchos barcos, incendiados, varados, hundidos), provocó sordo malestar en los comerciantes de Montevideo, que se prometían pingües utilidades con transacciones de gran volumen.


Fuente: www.revisionistas.com.ar

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Jinetes Rebeldes: Historia del bandolerismo social en la Argentina

Gauchos, indios y bandoleros desempeñaron un papel determinante en el origen de las repúblicas americanas del sur: guerrearon por la independencia, apoyaron a los caudillos rurales, expresaron el ansia de libertad de los campesinos, inspiraron los mitos de una cultura nacional. Aquellos jinetes rebeldes, olvidados por la historia oficial, marcaron a sangre y fuego la memoria y el carácter de los argentinos. 

       Hugo Chumbita rescata los personajes y momentos cruciales de la épica gauchesca: José Artigas, bandolero que se convirtió en el caudillo de la revolución y del federalismo; los jefes y bandidos montoneros –también mujeres, como Martina Chapanay– que siguieron los pasos de Facundo en los alzamientos del noroeste; los caciques gauchos de las pampas, incluyendo a los criollos que condujeron montoneras indígenas; las aventuras de Juan Cuello, Moreira y otros matreros del litoral y del sur, en la fase declinante del gauchaje, que fue su hora de gloria en la literatura; los salteadores románticos canonizados por el culto popular, desde el Gauchito Gil hasta Isidro Velázquez, y manifestaciones más recientes de la tradición de los vengadores que roban a los ricos para ayudar a los pobres.

       El autor enmarca esta historia en la polémica interpretación de Hobsbawm sobre el bandolerismo social, proyección le­gendaria de la resistencia campesina ante el avance de la civilización capitalista y el Estado moderno. A pesar de que a primera vista podría pensarse en un fenómeno concluido, al revisar la obra de Sarmiento, Chumbita actualiza las cuestiones liminares del pensamiento americano, los dilemas de la barbarie, el orden y la ley, denunciando las raíces del mal constitucional del país: la injusticia y la violencia no han quedado impunes en la conciencia de la sociedad. Los demonios del pasado siguen entre nosotros.

Libro muy recomendable del que compartimos el primer capítulo a modo de descarga gratuita en formato word (click en el título):

sábado, 17 de octubre de 2015

domingo, 5 de julio de 2015

Jorge Cafrune - La Independecia

Esta obra quiere contribuir dignamente al memorable fasto del sesquicentenario de la independencia Argentina (1816 - 9 de julio - 1966). La ocasión era propicia para un proyecto noblemente ambicioso. Entendimos que el homenaje no debía quedar reducido a una mera relación del hecho histórico y su circunstancia. Era necesario extraer la vibración vital que alentó en ello, subrayar lo humano del personaje heroico, destacar inclusive la participación popular en la gesta libertador; humanizar, en fin, la figura de los próceres, para acercarlos más a la admiración y el cariño del pueblo. Y no debía ser olvidado el soldado desconocido, el valeroso criollo que se sumó a la gesta libertadora con alma y cuerpo, dejando, en no pocos casos, sus huesos en algun arenal, sin tumba y sin memoria.

Para exponer el tema con la intensidad debida centramos el enfoque en algunos de los principales hombres y acontecimientos que contribuyeron a la emancipación Argentina desde el primer grito de libertad, el 25 de mayo de 1810, hasta la formal declaración de independencia en el histórico congreso de Tucumán.

La patria estaba amenazada por el norte, el este y el oeste. La revolución corría inminente riesgo de ser ahogada para siempre. Triunfó, con todo, la valerosa decisión que significaba quemar las naves para gobernarnos en adelante a título de nación soberana.

Este long play ha sido el resultado del permanente diálogo entre intérprete, autor y compositores para que la obra se integrara en un homenaje elevado y digno, pero de cálido tono popular como lo tuvo la criolla gesta de nuestra emancipación.

La patria en sí, Manuel Belgrano, Mariano Moreno, Guillermo Brown, el Soldado Desconocido, Martín Güemes, San Martín y sus granaderos, el Congreso de Tucumán, forman sucesivamente el temario que inspira las composiciones. La nota romántica de una zamba -Niña de Tucumán- cierra, con broche evocativo, con melodía inspirada en la condición, el homenaje que nos propusimos rendir.

León Benarós


Fuente: vocesdelapatriagrande.blogspot.com

sábado, 4 de abril de 2015

Moriscos y Gauchos: El Legado

         El nombre ‘español’ no puede aplicarse indistintamente a cualquier vestigio colonial originado en la España del siglo XVI porque todavía seguían residiendo en ella miembros y ex-miembros de la comunidad musulmana cuyas creencias y costumbres se diferenciaban netamente de las del sector cristiano. Serán precisamente los descendientes de musulmanes los más necesitados de abandonar España cuando en 1609 se decrete un edicto de expulsión contra su comunidad.

         Al mismo tiempo, el movimiento humano que supone la colonización del Nuevo Mundo brindaría la ocasión de que estos moriscos, disimulando su origen, aprovecharan las ventajas de radicarse en América. Es ese mecanismo el responsable del traslado al Río del Plata de rasgos culturales, materiales y psicológicos que evocan, desde entonces, la presencia del lejano marco islámico dentro del que habían vivido los moriscos antes de la cancelación jurídica de su comunidad.

Estudio completo en: Moriscos y Gauchos: El Legado

domingo, 8 de marzo de 2015

Los Caudillos: Héroes Populares de nuestra Mitología Nacional

"Mas Dios ha de permitir que esto llegue a mejorar; pero se ha de recordar, para hacer bien el trabajo, que el fuego, pa' calentar, debe ir siempre por abajo" (Martín Fierro)

         Asumiendo irónicamente la clásica antinomia de Sarmiento, el rótulo de "bárbaros" que se utilizará a continuación, puede ser aceptado provisoriamente para definir una línea histórica cuyos protagonistas no se singularizan tanto por esa supuesta condición sino más bien por el sentido federalista de su lucha, el recelo antiporteño de su pensamiento, el signo popular de su trayectoria y la impronta tradicionalista de sus personalidades.
         Como se ha dicho, el signo popular caracteriza la trayectoria de los caudillos. Todos ellos fueron cabeza de movimientos fervorosamente sentidos por el común de la gente. Por eso cada uno de esos caudillos ejerció una suerte de elemental democracia. "Cada lanza, un voto", apunta Gabriel del Mazo. Cada lanza expresaba la misma voluntad soberana que hoy se expresa en la urna electoral -con la diferencia que empuñar una lanza significaba asumir un compromiso donde se jugaba la mismísima vida. Y que no se diga que la popularidad de los caudillos era forzada o que sus huestes estaban compulsivamente reclutadas. Era una popularidad espontánea e irresistible.
         Lo popular es la impronta suprema que caracteriza la jefatura de los bárbaros, en contraposición con la soledad de todo fervor popular en torno a la jefatura ejercida por los hombres de la civilización. En los bárbaros, la popularidad es auténtica, desmelenada y sin interferencias jerárquicas, en el compartido azar de las luchas y el reconocimiento pacífico de una superioridad personal.
         De todos modos, al aludir a la impronta popular que singularizaba a los jefes bárbaros, no nos referíamos tanto a su autenticidad como hombres del común y su contigüidad física al pueblo, sino más bien a su representatividad. Es decir, a la fidelidad con que los caudillos representaban el ánimo de su gente. Esta fidelidad confirmaba el cuño popular de los jefes bárbaros y constituía la esencia de su legitimidad, que no podía afirmarse en la ley ni en la soberanía electoral.
        Lo que nunca se esforzó Sarmiento, gigantesco detractor del caudillismo, por comprender fue esta verdad: que los caudillos eran elementos constitutivos de otra Patria que no era la de él. Sarmiento ansiaba un país alambrado y codificado, surcado por ferrocarriles, poblado de inmigrantes, sembrado de escuelas, vivificado por la cultura y la sangre europea y proyectado al futuro en el ejercicio de la práctica democrática. Los caudillos, en cambio, concebían otro rostro para su país. Un rostro más difícil de definir, puesto que ninguno de ellos supo fijar su programa con la maestría de Sarmiento. Tal vez -conjeturamos nosotros- soñaban con una patria donde todavía valiera el coraje y la lealtad, donde las provincias tuvieran una voz resonante, donde se dejaran tranquilos a los pueblos en una modalidad de vida cuyos defectos y anacronismos no fueran barridos tan drásticamente. Es difícil reconstruir la patria de los bárbaros: la que soñarían en las vigilias de los "campamentos en marcha" o en la rabiosa esperanza del alzamiento. Acaso un país con olor a cuero y ganado pampa regocijado en sus fiestas tradicionales y con un poco de ferocidad de cuando en cuando para seguir sintiéndose machos...
         Y cabalmente, como estas dos concepciones no podían coincidir jamás, unos y otros lucharon como si los enemigos fueran extranjeros. Se entremataron con el fervor que enardece las guerras de liberación.
         Los caudillos que se han agrupado bajo el genérico de "bárbaros" forman una línea histórica que empieza a correr casi inmediatamente a la Revolución de Mayo y recién desaparecerá hacia 1870. Esa línea, conceptualmente indefinida por sus protagonistas pero perfectamente diseñable a través de la ubicación de sus hombres representativos, alcanzó momentos más dramáticos en dos períodos históricos: entre 1819/1831 con la resistencia de Artigas y Quiroga, y entre 1862/1868 con la resistencia de Peñaloza y Varela.
         Frente al desplazamiento del país hacia la órbita de las potencias que protagonizan el sistema capitalista y postulaban en los hechos una división internacional del trabajo, fueron los jefes bárbaros quienes promovieron la resistencia popular, como si intuyeran que en esa revolución llevaban todas las de perder.
         Esto nos lleva a considerar otra de las características que hemos señalado al principio como propia de los bárbaros, es decir, su tradicionalismo. Porque la resistencia a todo lo que tendiera a insertar al país dentro del esquema capitalista no era sino una expresión del natural conservatismo de los caudillos, apegados a valores tradicionales y a una realidad del país que iba desapareciendo, derrotada por la técnica y el capital. Los bárbaros tendían, entonces, a salvar sólo ciertas modalidades populares de conducta, ciertas formas patriarcales de gobierno.
         Este conservatismo que señalamos no tendría, por otra parte, otra importancia que la de marcar un rasgo característico en la actitud vital de los caudillos, si no fuera que se proyectó físicamente sobre la individualidad de sus protagonistas. Lo cual tiene importancia por dos razones: primero, porque colorea la línea histórica del caudillismo con singularidades llenas de pintorequismo y atracción estética. Segundo, porque la impronta tradicionalista, criolla, que distingue sus figuras, las irá convirtiendo póstumamente en materia de sublimación poética.
         En cuanto a lo primero, no hay cronista de la época, no hay escritor que haya resistido la tentación de describir a esos caudillos en su singular y rudo aspecto, que los define como representantes de un pasado que luchaba por no morir. Un aspecto que los hacía aún más extraños a sus adversarios, así fueran compatriotas. Hay que leer la descripción que hace López de Artigas, la que hace Sarmiento del Chacho, para apreciar la ambivalencia de atracción y repulsión por esos seres de vincha, poncho y chiripá para sus cultos descriptores. Pues esa indumentaria, muchas veces, lo que distingue y separa los campos cuando cada uno de ellos está se jugando a fondo con un modo de vida, con una concepción de la Patria y el mundo drásticamente diferentes. De modo que el pintorequismo de los caudillos -proyección de su apego a lo tradicional- dice de su desconfianza hacia lo europeo y afirma su condición americana. No es dato para tener en menos.
         Y en cuanto a lo segundo, a medida que el país crece y se afirma, a medida que supera sus grandes problemas de desierto, indiada y montonera, algunos espíritus retornan al recuerdo de esa Argentina bárbara y elemental que la inmigración y la influencia cultural europea habían subestimado. Crece casi vergonzantemente un sentimiento nacionalista, una ansiedad por revalorizar ciertos personajes, ciertas actitudes políticas, cierto folklore que de algún modo ayudan a rehacer el rostro de una Argentina olvidada. A partir de entonces los caudillos abandonan el predio clandestino en que permanecían arrinconados y entran a poblar los territorios de la imaginación. ¡Cuántas veces Facundo ha sido convocado por poetas, dramaturgos, cuentistas, compositores, novelistas, argumentistas! El Chacho, Pancho Ramírez y tantos otros caudillos menores, ¡cuántas veces han sido revestidos de nueva vida en las obras de los escritores contemporáneos! Es decir: siguen moviéndose como personajes de una mitología nacional que inspira y nutre las creaciones propias del espíritu argentino. Son categorías estéticas que ya pertenecen definitivamente al acervo cultural de la Nación y en las cuales cualquiera puede meter mano.
         Esos gauchos que, según el ideario liberal, fueron en su tiempo la anti-cultura, la anti-civilización, paradójicamente triunfan sobre sus detractores convirtiéndose en materia sustancial para la creación de una cultura que hunde sus raíces en la temática nacional, que es, por consiguiente, 'más cultura' para nosotros que aquella que predicaban con sus galicismos los hombres de la civilización. Al final, entonces, regresando a sus esencias originarias, los caudillos aparecen como elementos constitutivos de una mitología hondamente nacional, no alienada. Y recordando a sus detractores, tan orgullosos de sus fraques, sus monturas inglesas, sus tics afrancesados, viene naturalmente a la memoria la cita de Tácito cuando hablaba de la adquisición por los britanos de las modas, los vestidos y las costumbres de sus conquistadores, los romanos: "A todo lo cual aquellos simples llamaban civilización, en tanto no era sino parte de su servidumbre".
        Los caudillos eran representativos de amplios sectores populares: aquellos que en su momento fueron vituperados sucesivamente como anarquistas, montoneros y bárbaros. La continuidad de su presencia en la historia del siglo XIX -desde Artigas hasta Varela, medio siglo corrido- induce a pensar que la existencia de esos sectores no respondió a episodios circunstanciales sino que expresaba una realidad auténtica, trascendente, asistida por sus motivos particulares, acuciada por sus propios ideales y representativa de un modo de sentir y pensar ampliamente compartido en gran parte del país.
         Sin embargo, esta persistente línea histórica, este firme y duro rostro del país desaparece pocos años después de Varela. Los bárbaros parecen liquidados, absorbidos o transformados. La corriente histórica que había logrado proyectar al escenario nacional figuras como la de Artigas, Quiroga, Peñaloza y Varela, queda repentinamente cegada, estéril, olvidada.
         Pero, ¿realmente es así? ¿Desaparecen esos bárbaros en una derrota definitiva o esa corriente sigue fluyendo subterráneamente, en lo más escondido de los corazones populares? Para mí, esto último es lo que ocurre.
         Ese modo de concebir el país que encarnaron los caudillos quedó postergado, subsumido bajo las duras estructuras de la civilización triunfante. Sobrevivía, tal vez, en la memoriosa nostalgia de los viejos soldados del Chacho o Varela, en el aire empacado de los compadritos alsinistas, en el oscuro resentimiento de los criollos de la ciudad y la campaña, que miraban desde la vereda de enfrente cómo los gringos nos construían el país. Quedó, también, en unos pocos hombres: en Ricardo López Jordán, en José Hernández y seguramente en el hijo del mazorquero Alem. Indiferentemente a eso que se llamaba progreso la corriente bárbara se mantenía en un rabioso desapego frente a esa Argentina de cuya elaboración estaba excluida.
         Pero no estaba cegada. Y por eso la vieja corriente popular afloró tumultuosamente, con el explosivo regocijo de lo que estalla después de mucho esperar, cada vez que alguien la conjuró emerger. Claro, había que conocer las claves del embrujo y no quien quiere es brujo... Pero cuando alguien supo decirlo, la barbarie rebasó sus napas subterráneas y afloró inconteniblemente, a cielo abierto, en las calles y en las plazas, como una negra inundación sonora. Por eso, en ciertos recodos de nuestros años argentinos, surge explosivamente una marea popular, allí donde hasta la víspera no había nada: un hombre dice las palabras adecuadas y a su conjuro crece un bramido de pueblo enamorado. Y esas convocatorias civiles del primer medio siglo XX siguen teniendo el mismo perfil que tuvieron las que condujeron antaño los caudillos ecuestres. El mismo perfil arrollador, jocundo, feroz, testarudo y sobrador, aunque sus numerosos protagonistas se llamen radicales, yrigoyenistas o peronistas. Porque son los mismos de antes y la tierra es la de siempre.  Porque son parte de la Patria, tan permanente como ella y por eso también, tan amigada con nuestra ternura.

Autor: Félix Luna.

domingo, 25 de enero de 2015

De Bandidos y Jinetes Rebeldes

“Mi gloria es vivir tan libre/como el pájaro del cielo;/no hago nido en este suelo,/ande hay tanto que sufrir;/y naides me ha de seguir/cuando yo remuento el vuelo.” (Martín Fierro)

         En el comienzo, en los lindes de la sociedad colonial, más allá de los te­rritorios efectivamen­te ocupa­dos en nombre de Dios y del Rey, los espacios libres eran otro mundo: el reino del ganado bagual y los jinetes bárbaros. Los vacu­nos y ye­guari­zos traí­dos por los conquistado­res se reprodujeron como manadas sal­va­jes en las pampas del sur, igual que en las praderas vírgenes de todo el continente americano, y este recur­so provi­dencial aca­rreó consecuencias impensa­das. Ciertos grupos na­tivos encon­tra­ron un medio de vida en las primitivas acti­vi­da­des pastori­les, lejos del control de la autoridad. 
         Varias tribus no sometidas se des­pla­zaron ha­cia las áreas vacan­tes donde abundaba el ganado y se adiestraron para montarlo, cazar­lo o domesti­carlo, alimen­tándose con la carne y traficando los sub­pro­ductos de sus despo­jos. Criollos, negros y mestizos de toda clase siguieron el mismo destino, escapando del yugo colonial y sus reglas de apro­piación de los recur­sos y suje­ción de las perso­nas.
         Este fue el origen de los gauchos, una suerte de des­casta­dos de pro­cedencia muy diver­sa. Entre ellos había per­seguidos de la justi­cia, esclavos fugados, de­serto­res de los cuer­pos milita­res e indios se­pa­rados de sus tri­bus. Eran personas que no tenían o que aban­do­naban su perte­nencia a alguna familia o comunidad. El régimen hispánico contem­plaba diferen­tes estatutos para españoles, indios y escla­vos, proscri­biendo los cruces, y la creciente masa de mestizos era una anomalía para la ley.
         Los mula­tos, zam­bos, mestizos o pardos de cualquier pelo, fruto de uniones ilegítimas o reproba­das, carecían a menudo de un hogar que los contuviera. Por causas volunta­rias o forzosas, padecían o disfrutaban una exis­ten­cia sin ata­du­ras­. No era raro tampoco encontrar europeos que por variadas circuns­tancias se internaban en las pampas. Por ejemplo, dos centenares de rubicundos soldados británi­cos, desembarca­dos en las invasio­nes de 1806 y 1807 en el Rio de la Plata, que desertaron y cruzaron la frontera para ir a mezclarse con los aboríge­nes y los vagabundos del desierto.
         En aquellas fabulosas llanuras irredentas cada cual valía por sí mismo sin tener que dar cuenta a nadie. En los márgenes de la civiliza­ción colonial, en con­tac­to con ella pero fue­ra del orden, arrai­ga­ron for­mas de sub­sis­tencia al­terna­ti­va, otros códigos y otra manera de ser. Para la gente ilustrada en la visión eurocéntrica, era la barbarie. Es sugestivo que en un comien­zo a los gau­chos se les llamara gauderios, cuya raíz latina gaudere significa gozar o regoci­jarse; aunque el nombre que prevaleció deriva proba­blemente del quichua huacho, huérfano. Tras la fron­tera la vida humana no era idílica, pero regían las leyes de la natura­leza por sobre las de la corona y la ampli­tud del hori­zonte alenta­ba la ilusión de la liber­tad.
         Cada vez que el sistema de ocupación colonial avanzó desde las ciudades hacia esas regiones periféri­cas, tropezó con los disturbios rebeldes. La organización del Estado y su monopolio de la violencia chocaba en particular con la existencia de las tribus pas­toras y los vaque­ros erran­tes, que sostuvie­ron análogas confrontaciones con el poder de los propieta­rios, comerciantes y funcionarios. En el marco de tales con­flictos, gran parte de lo que se calificaba como ban­do­le­ris­mo no eran sino modos de auto­defen­sa de esos grupos au­tóc­tonos.
         Si bien la ganadería fue una actividad importante en todo el ámbito del Virreynato del Río de la Plata, adquirió mayor peso relativo en el litoral de los ríos Paraná y Uruguay, donde no había pros­perado la explota­ción del trabajo servil de los indíge­nas ni las plan­tacio­nes es­cla­vis­tas, y donde las pas­tu­ras natura­les favore­cían la multi­plica­ción de los reba­ños. Dadas las esca­sas alternati­vas de tra­bajo y pro­gre­so en los asen­tamien­tos colonia­les regula­res, es fácil de comprender que mu­chos "mo­zos per­di­dos" de los po­bla­dos se fueran a la caza del ganado cimarrón, hacién­dose "ci­ma­rrones", mez­clán­dose con los aborí­genes y apren­dien­do de ello­s. Gauchos e indios obtenían su provisió­n de alimentos y "vicios" por la venta o el canje de cueros -de gran demanda por sus múltiples aplica­ciones para con­fec­cio­nar úti­les y vesti­mentas- y también de grasas, astas y cer­das, pieles de zorros y nutrias, plumas de avestruz, etcétera.             
        Los gauchos, como los llaneros (jinetes de los llanos venezolanos), llegaron a constituir una capa social importante. Vivían oca­sio­nal­mente en las tolde­rías y tenían compa­ñe­ras indí­genas. A menudo, al llegar a cierta edad, ocupaban algún sitio para levantar su ran­cho y for­mar una familia, trasla­dándose según las esta­cio­nes para realizar diversas tareas ganaderas y agrícolas. Los crio­llos podían traspo­ner más fácilmente que los in­dígenas la frontera de ambos mundos y las barreras raciales del orde­namiento de castas; pero los in­dios se iban acriollan­do y mezcla­ban su sangre con la de los euro­peos, africanos y ameri­canos, de tal modo que la dis­tin­ción entre unos y otros era a veces borrosa.
         En general, los gauchos po­seían un acen­dra­do or­gu­llo de su con­di­ci­ón, rin­diendo culto a las vir­tu­des del co­raje y la gene­rosi­dad. Cono­cían los recursos de la vida en el campo, sabían ver y oír a la distan­cia, podían comunicarse a través de señales de humo, ventear o anti­ci­par los cambios climáticos e interpretar cualquier ras­tro humano o ani­mal. Excepcio­na­les ji­netes, eran dies­tros en el mane­jo de sus útiles de caza y de trabajo: el cuchillo o fa­cón, las boleadoras, el lazo y la pica, chuza o lan­za.
         La situación de estos hombres era particularmente fluida en sentido geográfico y laboral. Moradores de zonas aleja­das, podían vivir de la caza del ganado, de los ñandúes, mulitas y otros animales, o de la pesca en ríos, lagunas y bañados. Como trabajadores autónomos, tenían tratos con los comercian­tes para vender o trocar los productos que tenían mercado. Y eran asimismo mano de obra califica­da que se empleaba en las va­que­rías, ro­deos y ye­rras, los contrataban las estancias como arrieros o domado­res, e inclu­so se convertían en brace­ros en tiempos de cosecha. Estaban disponi­bles para las maniobras del contrabando o cualquier otra empresa ilegal, y también podían ser ladrones o asaltantes. En los empleos estaciona­les o temporarios se los llamaba en general changado­res, vocablo prove­niente del aimará chan­go, mucha­cho, del que derivó la noción de chan­ga. Aunque la varie­dad de ocu­pa­ciones y las mutaciones históricas hacen un tanto difí­cil preci­sar sus con­tornos como cate­goría so­cial, fueron sin duda un sector nume­roso en las in­men­sas pra­deras del lito­ral y en otras áreas del in­te­rior de las provin­cias del Pla­ta.
         Ninguno esta­ba vin­cula­do a un pa­trón o un espacio de tie­rra. "Hom­bres suel­tos" se les llama­ba en los papeles de la épo­ca, pues goza­ban de una movili­dad y autonomía con­tras­tante con la situación de las pobla­cio­nes típica­men­te la­bra­do­ras. Gente "sin ley ni rey" se dijo.
         Por otra parte, adaptando estatutos de vieja data, los "hom­bres sueltos" fueron reprimidos con la figura de "vagancia". En España hay antece­dentes sobre la compul­sión a "vagabundos y holgazanes" desde 1369, cuando se dispuso que serían forza­dos a cumplir servicios militares o trabajos agra­rios retribuidos sólo con alimentos, so pena de azotes. A mediados del siglo XVI se san­ciona­ba con encarcela­miento a los recalcitran­tes, aumentando el castigo de azotes, se los condenaba también a servir en galeras por ocho años, y hasta a perpe­tuidad si fueran reincidentes. Con la conquis­ta, estas reglas se exte­n­dieron a Améri­ca, contemplando en especial el caso de mestizos e indios "sin asiento u ofi­cio", incluso españoles que "viven entre los in­dios", lo cual se consideraba particularmente subversi­vo, mandando corregir­los y confinar a los inobedientes.
         Por supuesto, el concepto de vago u ocioso difería de su signi­ficado actual. Lo que se trataba de reprimir era la facilidad de esos hombres para desplazarse y trabajar por su propia volun­tad. En el fondo, lo que se les negaba era la libertad.
         La noción de ban­do­lero social, acuñada por Eric Hobs­bawm, enfatiza la dimen­sión colectiva de sus peripecias como expresión contesta­taria de una comuni­dad, por oposición al carác­ter indi­vi­dual del sim­ple delin­cuen­te. Se trata de un fenómeno propio de las socieda­des de base agra­ria -inclu­yendo las econo­mías pastori­les-, compues­tas por cam­pe­sinos y traba­ja­dores que eran explotados por señores, terra­te­nien­tes, ciuda­des, compañías u otros centros de pode­r. Dejando aparte al bandido urbano y a los que provenían de la nobleza, Hobsbawm enfocó al salteador rural de origen popular en diver­sos escena­rios y épo­cas, trazando sugeren­tes distinciones.
         El buen la­drón, el Robin Hood a quien su pueblo ad­mira y apoya­, es gene­ral­mente un joven campe­sino empu­jado a esa vida por una in­justi­cia o per­se­guido por algún acto que la costum­bre popu­lar no con­sidera verda­dero delito. Su fama -la cual no nece­sariamen­te corresponde siempre a los he­chos- es que "co­rrige los abu­sos", "ro­ba al rico para dar al po­bre" y "no mata sino en de­fensa pro­pia o por justa vengan­za". A ve­ces se rein­cor­pora a una vida nor­mal en la co­mu­nidad media­nte algún arre­glo con la autoridad, aun­que en casi todos los casos tiene un fin trági­co, debi­do a una trai­ción. Otra constan­te es la leyen­da de su invi­si­bili­dad o invulnerabilidad, que vendría a ser una metáfora de la capacidad para elu­dir a los perseguidores que le facili­ta la red de com­plici­dad campe­si­na.
         Los vengadores, del tipo que ejemplifican algu­nos furibundos can­ga­çei­ros, parti­cipan de los ras­gos del bandido social con dos excep­ciones impor­tan­tes: no sólo son inmode­rados en el uso de la violen­cia, sino que practi­can deli­bera­damente la cruel­dad para cimen­tar su imagen pública; tampoco ayu­dan en sen­ti­do ma­te­rial a los po­bres, si bien al ate­rro­rizar a sus opre­so­res los gratifican "psi­cológi­ca­mente", de­mos­tr­ando que también los de aba­jo pueden ha­cer­se te­mer.
         La tercera va­­r­iante que señala Hobsbawm son los hai­duks, grandes ban­das de jine­tes que abunda­ron en Hun­gría y los Balcanes desde el siglo XV, con rasgos semejantes a los cosacos de Rusia -y a los gauchos y otros jinetes americanos-, dife­ren­ciándose de los demás campesi­nos por su carác­ter de "hom­bres li­bres". Im­bui­dos de una concep­ción i­gualita­ria, solían ele­gir a sus je­fes, lo cual indica que éstos no eran de­termi­nantes del carác­ter del grupo, sino a la inversa. Como "ban­didos na­ciona­les", de los que hay ejem­plos también en la histo­ria latinoa­merica­na, for­maron guerri­llas para defender sus terri­to­rios de la conquista extranje­ra.
         Numerosos bandidos sociales fueron contrabandistas, ocupación ilegal que la opinión común suele no consi­derar verda­de­ro deli­to. Otros eran solda­dos deser­to­res, es decir, pros­criptos por causas no reprochables para sus pai­sanos.
         Hobsbawm interpreta que el bandolerismo social es "una forma primiti­va de protesta", de carácter "prepolíti­co", pro­pia de so­ciedades campesinas "profunda, tenazmente tradiciona­les" y de es­tructura precapitalista. En tiempos en que se rompe el equi­li­brio tradicional, esos brotes se agudi­zan y el ban­dido se transforma en símbolo de re­sistencia, expo­nente de las de­man­das de justicia de la co­munidad. No es un innovador, sino un tradicio­na­lista que aspira a la restau­ración de la "buena socie­dad anti­gua". En algunos casos se empeña en lograr "una justicia más general" que la de sus inter­vencio­nes y dá­divas oca­sionales; como el napoli­tano Angioli­llo en el siglo XVIII, que a su paso por los pueblos organizaba un tribunal para oír a los liti­gantes, dictar veredictos y conde­nar a delincuentes comu­nes. Asimismo, el bandi­do no suele atacar al soberano, ya que, según Hobsbawm, "está lejos y encarna (como él) la justi­cia". A ve­ces, fra­ca­sados los intentos de supri­mir­lo, el rey inten­ta lle­gar a un acuerdo con el rebelde, incluso tomándolo a su servi­cio.
         ¿Quiénes eran bandidos? Se incriminaba ante todo como tales a quienes escapaban del alcance de la autoridad en despoblados y áreas de frontera, en cuya situa­ción era común que se dedicaran a asaltar haciendas, rutas y viaje­ros. Pero el rótulo se aplicaba también a otros hechos. No se trata de un delito en particular, sino de diver­sas conductas punibles. Como en muchos sistemas penales de la época, el régi­men colonial hispáni­co califica así un género de actos delictivos, en tanto y en cuanto cons­tituyen una forma de vida para deter­minadas categorías de perso­nas. Y en definitiva, desig­na siempre un con­jun­to de activi­dades de grupos o "cla­ses peligrosas" de la socie­dad, marca­ndo en particular com­porta­mien­tos desa­fian­tes para el orden estableci­do, como podemos ver en numerosos ejemplos.
         Desde los primeros años de la conquista, las recurrentes rebeliones de negros e indios arrojaron a muchos al bandole­rismo. La primera revuelta de esclavos se produjo en la navidad de 1522 en la Españo­la (Santo Domin­go), en un ingenio de Die­go Colón, y la misma isla fue escenario en 1533 de una insurrección indíge­na a la que se sumaron miles de negros: se mantuvieron alza­dos durante más de una década, formando bandas de jinetes y asen­tando sus rancheríos en la zona meri­dional.
         En algunas regiones los negros cima­rro­nes, fugados de las planta­ciones y haciendas, formaron cuadrillas de salteadores e incluso fundaron comu­nidades, constituyendo familias con mujeres indias. Estos grupos, que a menudo mante­nían la identi­dad cultu­ral mediante los ritos afri­canos, defen­dieron sus baluartes por muchos años en los montes y las selvas, se­ entremezclaron en varias in­su­rrec­cio­nes de colonos blancos y hasta en las incur­sio­nes de corsarios como Francis Drake en Centroaméri­ca.
         Los levan­ta­mientos de esclavos se sucedieron en el siglo XVI en Puerto Rico, Santa Marta, Pana­má, México, La Habana, Lima, Carta­ge­na, San Pedro de Honduras. La represión fue infle­xi­ble, con profu­sión de ahor­ca­mien­tos, y en 1619 Felipe VI sancionó el prin­cipio de que "en caso de motines, sedi­ciones y re­beldías con actos de salteamientos y de famosos ladrones que sucedían en las In­dias con negros cimarrones, no se hiciese proceso ordina­rio".
         En el siglo XVIII las ordenanzas españolas reflejan el empeño en combatir el bandolerismo, a la vez que se acentúa la preocu­pación por controlar las formas de vida "licenciosas" de la plebe. En 1759 ya estaba mejor esta­bleci­da la distin­ción entre vagos, los carentes de ocupa­ción regu­lar, y mal entre­te­nidos, los jugado­res, ebrios, "sensuales", escandalosos, desobe­dientes o autores de otros desórde­nes meno­res, aunque tuvie­ran domi­cilio. A las autori­dades loca­les se les conferían atribuciones para someterlos a traba­jos de pasto­reo y labran­za. Resulta significa­tivo que las órdenes reales contempla­ran en 1784 que "las partidas desti­nadas a la perse­cución de bandi­dos, contra­bandistas y malhechores cuidarán, como uno de los puntos más esencia­les de su comi­sión, de recoger todos los vagos que en­cuen­tren" .
         El vagabundo, el que no tenía un patrón conocido, estaba particular­mente expuesto a caer bajo la etiqueta de bandolero. El régimen del conchabo obli­gatorio tendía a asegu­rar a los hacendados la oferta de mano de obra y a la vez a esta­blecer un control general sobre la población. En juris­dic­ción de Tucumán, las orde­nan­zas de 1760 prescribían que toda persona que no tuviera bienes raíces u oficio reconocido debía buscar amo o patrón para emplear­se por un sala­rio. El que fuera pro­pieta­rio, arren­dero o agre­gado debía contar con al menos cien vacas y cincuenta ovejas propias para esca­par a la norma­tiva. El cumpli­miento se con­trolaba con la presenta­ción del "papel firmado del amo o del artesano" sin el cual cual­quier persona queda­ba sujeta a los castigos previstos de multas, pri­sión, azo­tes, traba­jos en las obras públi­cas o en los presidios de fronte­ra.
         Desde 1776, cuando se organizó el Virrey­na­to del Plata, los regla­mentos se tornaron más rigurosos. Se dispu­so la pre­sencia de nuevas autori­da­des en el ámbito rural, los jueces de campaña o jueces pedáneos, y se extendió la medida del con­chabo obliga­torio a las mujeres. En un bando de enero de 1798, el Cabildo de Tucumán mandaba a los vagabundos y "toda gente pobre y libre, de uno y otro sexo" a concha­barse dentro del tercer día bajo pena de un mes de cárcel, sin poder "mudar de señores" mientras éstos no los despidan o les den mal trato. Aunque es difí­cil esta­ble­cer en qué medida se cumplían estas dispo­sicio­nes, lo cierto es que empuja­ban al margen de la ley a una gran parte de la pobla­ción y otor­gaban a los funcionarios un poder discre­cional para perse­guir a los habi­tantes de la campaña.
         Entre los enjuiciados como bandidos encontramos a gente de todos los estamen­tos inferiores, desde negros fugados a españoles pobres. Algunos eran mi­grantes que deja­ban sus tierras de origen en busca de mejo­res opor­tu­nida­des o indígenas que habían perdido su lugar en las comuni­dades. Podían ser los que huían de la enco­mienda, como el caso que ilustran los archivos tucumanos del indio Joseph, quien en 1756, a raíz de un problema con su amo en la hacienda de Ignacio De Silva, escapó para unirse a una gavilla de bandole­ros.
         Otra fuente de proscriptos eran los amotinamientos y las desercio­nes individua­les de los cuerpos de milicia, muy corrientes cuando la paga y hasta los abasteci­mientos tardaban en llegar, a veces meses y años. Por el motivo que fuese, el pobre caído en desgra­cia que eludía a la justi­cia echándose al monte era identificado como bandole­ro y difí­cilmen­te podía volver a una vida normal.
         Dentro de la surtida gama del gauchaje -que como vimos incluía a no pocos indios, negros y sus descendientes mestizos- se llamaba matre­ros a los que erraban por los campos y dormían a la in­tem­perie cu­brién­dose con su pon­cho o matra; es de­cir, individuos sin domi­ci­lio, cuyo hogar era la pampa o el monte. Ello denotaba el carácter de "alza­dos" contra la autori­dad, por no tener papeles, haber de­sertado o ser perse­guidos por algún delito. Muchos de ellos subsistían sin dedi­carse necesa­riamente al pi­lla­je. Podían vivir de la caza de anima­les del campo, aunque incu­rrían en el cua­tre­rismo si avan­zaban sobre el ganado marcado por los estan­cie­ros. De cual­quier manera, ma­trero devino sinó­nimo de malhe­chor.
         Sarmiento describió en el Facundo al "gaucho malo" como exponente del ca­rác­ter turbulento del país. Perseguido por la justi­cia, te­mido y ad­mi­rado por sus haza­ñas, este "hé­roe de las tra­ve­sías", cuyo nombre era "pronuncia­do en voz baja, pero sin odio y casi con respeto", robaba­ ca­ba­llos pero no asaltaba­ a sus pai­sa­nos ni a los viajeros. Las partidas poli­cia­les rara vez intentaban alcan­zarlo y, si en alguna oca­sión lo en­frenta­ban, tenían poca chance frente a su acome­ti­da y la rapidez de su parejero. Era un hombre que hacía honor a su pala­bra y se conducía según un código tradicio­nal, contra­dicto­rio con la ley del Estado.
         En 1804, el virrey Rafael de So­bremon­te pres­cribió la obli­ga­ción de los peones de portar un certifica­do de empleo del patrón y otro de alis­ta­mien­to en las mi­licias. El primero debía renovarse cada doce meses, y quien se encon­trara sin él podía ser condenado a dos meses de trabajos forzados sin paga en las obras públicas.
         En la época colonial se había deli­nea­do pues un opro­bioso sistema de control y discrimina­ción, que era motivo de crecien­tes resisten­cias, según se desprende de los fundamen­tos de las pro­pias ordenan­zas. Se perfi­laban así algunos térmi­nos simé­tricos de opre­sión y rebeldía en el campo, que con el tiempo se irían agudizando. 
         Si la conquista ibérica y los sistemas de trabajo compul­si­vo destru­yeron las civilizaciones y comunidades autóc­to­nas, reducien­do sustancial­mente la población americana, la integra­ción con la econo­mía europea industrial y la organi­za­ción capitalista de la producción acarrearon el despojo y sumisión de los pueblos a nuevas formas de explotación. Hubo una conti­nui­dad en ese proce­so que des­pla­zaba las formas socia­les ante­riores. La independen­cia de las colonias fue parte de la revo­lu­ción burguesa mun­dial y aceleró el curso de la histo­ria con todas sus contradic­ciones. La trans­formación era en cierto senti­do inexo­ra­ble, aunque es obvio que podía reali­zarse por diver­sas vías, según quié­nes y cómo ejercie­ran el poder, y pre­sentaba diver­sas opciones en cuanto a la distri­bu­ción de los recur­sos y las oportu­nida­des económi­cas.
         Al trasto­car el funda­mento del gobierno invocando la sobe­ra­nía popu­lar, la revolución alteró la posi­ción relati­va de los grupos socia­les. La férrea auto­ridad del período colo­nial había sido destrui­da y las institu­ciones tardaron en recom­ponerse; los principios repu­blicanos ofrecían ciertas brechas en el poder, y la movi­lización mili­tar de las capas popula­res les dio la oportu­nidad de hacerse va­ler. Claro que en la ciudad de Buenos Aires, donde se consolidó la cabeza política y económica, pesaban de manera determi­nante los mer­cade­res, ban­queros y hacen­dados, ligados a los agentes de la diplo­macia y los nego­cios europeos, que maneja­ban los resor­tes del comer­cio, el crédito y el dinero, anteponiendo sus inte­re­ses a las deman­das y posibi­lida­des de los diver­sos pueblos y regio­nes. Aquel núcleo ostentaba una clara concepción aristocrática: "todo para el pueblo y nada por el pueblo" fue la máxima con la que pretendieron justificar la Consti­tución unitaria de 1819. Como en otras regiones sudame­rica­nas, las pugnas para definir los tér­mi­nos del nuevo orden se zanjaron por las armas, y todos, incluso los hom­bres de la fronte­ra, fueron arras­trados a la con­tien­da.
         Los jinetes de las llanuras tuvieron un prota­gonis­mo determi­nante en los dos gran­des focos de irra­dia­ción de la revolución, Venezue­la y el Río de la Plata. Estos rebeldes indoma­bles fueron la punta de lanza, peleando por la li­bertad de sus países y la suya pro­pia. Los gauchos presta­ron ina­pre­cia­bles ser­vi­cios como solda­dos y baquea­nos en los ejérci­tos patriotas y en las partidas monto­neras que condu­jeron Arti­gas y Güemes, del mismo modo que lo hicie­ron las guerrillas llane­ras encabeza­das por José Anto­nio Páez en Venezue­la, cuando, después de haber servido al bando enemigo, Bolívar logró vol­carlas para su lado en la gue­rra social. Pero en las provin­cias del Plata se produjo otro vuelco inverso, cuando los lance­ros gauchos que habían hecho frente a los rea­lis­tas enfrentaron a la conducción porteña.
         En aquel momento se perfi­ló otra ver­sión de la revo­lu­ción independen­tista. Los caudillos y jefes políticos y militares del litoral impugnaron la conducción del gobierno de Buenos Aires levantando el estan­dar­te del federalismo, y la insur­gencia de los gauchos se asoció a esa causa. Las impre­siones del general Paz son elocuen­tes sobre el conteni­do so­cial del movimiento: "les fue muy fácil a los caudi­llos suble­var la parte igno­rante contra la más ilus­tra­da, a los pobres contra los ricos, y con este odio venían a con­fundirse los celos que justa o injus­ta­mente inspi­raba a muchos la prepon­deran­cia de Buenos Ai­res" (32). A partir de las dife­rencias de clase y los resentimientos regionales que subraya Paz, es evidente que había de por medio otras cuestiones estraté­gi­cas, visiones opuestas del futuro y de los obje­tivos de la revolu­ción.
        En el orden interno, la aspiración espontánea de los gauchos se resumía en una frase que fue también consigna política: "la pampa y las vacas para todos". Claro que las prácticas antiguas de caza y vaquerías eran mani­fiestamente des­tructi­vas, y era evidente la ventaja de organizar estableci­mientos de cría y culti­vos forrajeros. La solu­ción, por lo tanto, era dis­tribuir de mane­ra equi­tativa los recur­sos y asentar a los campesinos criollos e in­dios en sus pro­pias tie­rras; pero para eso era necesario contener la avidez de los terra­te­nien­tes por acapa­rar el suelo, el gana­do y el agua.
         En las diversas tendencias y etapas que es posible dis­cernir en la evo­lución del partido federal, sus líderes susci­taron el fer­vor de las masas rurales apelando a tradición cultural y a las mis­mas promesas de libertad e igualdad que las movili­zaron en la causa de la inde­penden­cia. Pero esto exi­gía una síntesis entre la revo­lu­ción bur­guesa, las ambiciones de los hacendados, los intereses de las regiones y los reclamos popula­res, términos que no era fácil conjugar.
         A lo largo del siglo XIX, entre los vaivenes de la política y la revolución, el avan­ce de la propiedad privada en las áreas de frontera continuó dispu­tándoles a los gauchos su es­pa­cio de libertad. Las medidas contra vagos y mal entretenidos se reiteraron, cada vez más restricti­vas, y se acentuó la presión de las levas para nutrir los cuerpos militares. A par­tir de un bando de 1815 del gobernador intendente de Buenos Aires y decre­tos ulte­rio­res, la falta de pa­peleta fir­mada por el em­plea­dor y el juez de paz podía justi­fi­car la califi­cación de vagancia. Desde 1822 se estable­ció el requisito del pasapor­te o li­cencia para des­pla­zarse de una a otra juris­dic­ción local, cuyas in­frac­cio­nes se purga­ban cum­pliendo servi­cios mili­ta­res. En manos de las auto­rida­des de la campaña, estas reglas conver­tían en deli­to la condi­ción del gaucho libre, defi­nido por exclu­sión: cual­quier indivi­duo sin tierra ni patrón.
         También las tribus pastoriles y otras comu­nidades agricul­toras de ori­gen indí­ge­na continuaban siendo empujadas hacia las zonas más inhós­pi­tas. En un pro­ceso que se re­pro­dujo de mane­ra seme­jante en distintas regiones, la privatiza­ción del gana­do, de los cam­pos y de las aguas de rie­go iba des­pojando a in­dios y criollos de sus re­cur­sos tra­di­cio­na­les. Ése fue el trasfondo social de las rebeliones montoneras.
         El voca­blo monto­nera, que se aplicaba a cualquier cuadrilla montada, ya fuera con propósitos de caza, pillaje o control del orden, se usó para denomi­nar la guerrilla ecuestre en la cual los gauchos des­plega­ron sus peculiares des­trezas de jinetes y sus aptitudes con la lanza, el facón y las bo­leadoras, además de las armas de fuego. Basta recordar como ejemplo que la suerte de la Liga Unita­ria se decidió en 1831 cuando una partida federal descabezó al ejército enemigo boleando el caba­llo del general Paz. Dirigi­das por sus caudi­llos, las monto­neras prolongaron, en un escalón más alto de con­ciencia política y organi­za­ción militar, las formas primiti­vas de lucha en el campo.
         En las pampas y sierras donde pululaban los gauchos, desde antes de la revolución de la independencia, aquéllos que habían alcanzado nombradía por sus cualida­des sobre­sa­lien­tes eran líde­res poten­ciales para cual­quier movi­liza­ción, y no es extraño que fueran soli­ci­ta­dos en tal senti­do por diver­sas faccio­nes. Según vere­mos, algunos hombres de oscuro origen bandole­ro fueron participantes y conductores de las rebe­liones polí­ti­cas, así como muchos soldados y jefes militares fueron arro­jados a las trave­sías y a la vida de salteadores por los avatares de la guerra. Esas figu­ras legen­darias jalonaron la experiencia histórica de las masas rurales en distintos ámbitos y momentos del período en el cual se diri­mie­ron, bien o mal, los dile­mas de la revolución.
        Las comunidades de las que surge el bandido no siempre presentan en nuestro país el carácter de un campesinado típico, por la variedad de grupos étnicos que abarcan y la relativa ambigüedad de la situación de las capas racial y culturalmente mestizas. Sin embargo, el ambiente sociocultural en las diversas regiones tenía un carácter tradicional que se puede resumir en el código gauchesco, el cual rechazaba las imposiciones de la autoridad urbana y realzaba los valores de la insumisión, la generosidad y el señorío de los jinetes en el medio natural.
        En cuanto a la masa del campesinado, ya se tratara de peones, criaderos o chacareros, copiosos testimonios del repertorio folklórico demuestran que los paisanos admiraban el estilo de vida independiente y bravío de los gauchos, y estos correspondían a esa simpatía para asegurarse su apoyo. El gaucho era un arquetipo que imponía su prestigio entre los demás pobladores de cualquier condición, y su código de vida una referencia unificadora de la cultura rural, incluyendo a algunos grupos indígenas.

Autor: Hugo Chumbita.