domingo, 20 de julio de 2014

Los Bárbaros y Nosotros

Autor: Félix Luna, introducción al libro "Los Caudillos"

Es casi innecesario aclarar que el título de este ensayo pretende asumir irónicamente la clásica antinomia de Sarmiento, aceptando la condición de la barbarie para los argentinos que en sus páginas aparecen; pero esta índole quedará, tal vez, como algo bastante discutible cuando el lector aprecie los documentos a través de los cuales se expresaron los caudillos aquí convocados. De todos modos, el rótulo de "bárbaros" puede ser aceptado provisoriamente para definir una línea histórica cuyos protagonistas no se singularizan tanto por esa supuesta condición sino más bien por el sentido federalista de su lucha, el recelo antiporteño de su pensamiento, el signo popular de su trayectoria y la impronta tradicionalista de sus personalidades.

Va de suyo entonces que frente a estos personajes tradicionalistas, populares, antiporteños y federalistas se perfilan como contrafiguras quienes se caracterizan por ser centralistas, portuarios, minoritarios y renovadores. Pues si sólo a través de aquellas connotaciones puede generalizarse una línea integrada por figuras tan distintas como Artigas, Ramírez, Quiroga, El Chacho y Varela, es indudable que Rivadavia, Mitre, Sarmiento y los dioses menores del Olimpo liberal pueden también reconocerse en las pautas que hemos señalado para los "hombres de la civilización", de acuerdo con los términos de la antinomia sarmientina.

La versión liberal de la historia no es otra cosa que la superestructura intelectual del programa de gobierno instaurado en el país después de Pavón. La generación de Mitre sabía que construir una Nación importaba algo más que poblar desiertos o levantar ciudades; se requería un contenido espiritual sustentado en el pasado argentino que armonizara con las nuevas pautas nacionales basadas en el orden, la autoridad legal, la cobertura jurídica de la propiedad, la prevalencia de una clase social y la postergación de las exaltaciones populares en aras de un proceso basado en el adelanto material. Ese contenido lo daba una versión ejemplar de nuestro pasado como la que forjaron Mitre, López y los que siguieron su escuela. Era una historia que prefiguraba todo lo que el régimen posterior a Pavón podía realizar, como esos cuentos infantiles donde el malo es castigado y el bueno recibe siempre su premio... La versión liberal de nuestro pasado mostraba que después de muchas peripecias, después de aventuras y contrastes, los buenos recibían su merecido galardón y los malos quedaban sepultados bajo el juicio condenatorio del país, después de haber estado a punto de triunfar. Era una versión simplista y maniquea, con hombres de orden y hombres de horda, con Olimpo y Averno, con bárbaros empeñados en sus propias pasiones y civilizados llenos de lucidez y sabiduría, derrotados a veces por las explosiones inorgánicas de un pueblo ignorante pero cuyo pensamiento renacía ahora a través de la obra de gobierno de sus continuadores.

Mitre, López y sus seguidores propusieron e impusieron una coherente visión de nuestro pasado, apto para servir a la formación de un pueblo que empezaba a alear sus elementos vernáculos con los llegados de afuera; una historia ideal para las celebraciones escolares, los cromos conmovedores y la mitificación rápida de sus héroes y por supuesto la inevitable condenación de sus monstruos. A casi cien años de distancia pensamos que ese tipo de historia fue el que convino al país en ese momento.

Pero una tal versión adolecía necesariamente de mayúsculas fallas, de omisiones fácilmente señalables, de manganetas y prestidigitaciones mentales que alguna vez tenían que denunciarse. Adolfo Saldías inició el ataque contra esta arquitecturación de nuestro pasado, en vida todavía de su máximo constructor. Después -y por más de medio siglo- se sucedieron las aportaciones con sentido revisionista; no todas con la grandeza y la vastedad de conocimientos que evidenciaron los primeros historiadores clásicos. Y también en este tipo de historiografía se cometieron excesos.

Pero ahora la Argentina está preparada para asumir la verdad de su propia historia. No necesita anteojeras ni falsos pudores que le veden el conocimiento de las inevitables canalladas de todo proceso de formación nacional. Los pueblos inmaduros necesitan adobar su historia al uso de su propia vanidad. Nosotros constituimos un pueblo en acelerado proceso de realización y la condición de esta madurez es la tranquila vocación de verdad con que queremos conocer nuestro pasado. A los niños hay que darles fantasías hasta que llegue la edad en que puedan hacerse cargo de la cruda realidad de las cosas: la Argentina no es un país niño y sin embargo se lo quiere seguir alimentando con esquemas pueriles o asustarlo -para caer en el otro extremo- con un tremendismo negativo que se goza en no dejar títere con cabeza en nuestro siglo y medio de vida independiente. Eso tiene que terminar. La historia tamizada, depurada y desinfectada ya nos resulta chirle. Queremos la historia tal como fue: con sus personajes reales, no acartonados ni idealizados; en su sangre y su cuero, con sus errores y miserias; como la gente. Tal cual.

Naturalmente, Sarmiento, Mitre y sus continuadores académicos armaron la historia que ellos querían, porque justificando ciertos próceres se justificaban ellos mismos y condenando ciertos personajes hundían a sus enemigos contemporáneos. Los revisionistas -algunos de ellos, por lo menos- hicieron exactamente igual. De este modo se ha ido operando este extraño fenómeno que hace que la mitad de los historiadores argentinos opine exactamente lo contrario de la otra mitad... Esto no es positivo. El país no puede carecer de historia verosímil ni puede presentar dos versiones contrapuestas, a elección del consumidor. No se trata de acuñar un tipo definitivo de historia. Ya tenemos amargas experiencias de lo que es una "historia oficial". Se trata, simplemente, de decir la verdad objetiva de los hechos, sin dejar ninguna carta en la manga: partiendo de esa base las reglas de juego serán más limpias y la interpretación ya no podrá basarse en conceptos retóricos o en esquemas ideales, sino en la pura realidad de los hechos concretos.

Estas precisiones ni están nutridas por ninguna agresividad. En la historiografía argentina ha pasado para siempre la etapa de la agresividad. Frente a la prevalencia incontestable de la versión liberal de la historia, las corrientes revisionistas adoptaron en un comienzo -como toda minoría combatiente- una actitud ruda, insolente y no pocas veces injusta. Además, el revisionismo, posición intelectual, se integró por momentos con corrientes políticas de esencia generalmente inconformista, para encontrar mayor apoyo para su labor difusora; y a la vez nutrió esas corrientes con sus aportes de conocimientos y de teoría. Pero ese maridaje entre lo que debía ser posición intelectual pura y política militante, está llegando a su fin; las corrientes políticas han tomado del revisionismo lo que les convino o lo que combinaba con su propia temática y después los historiadores han seguido haciendo historia y los políticos, política, lo cual fue bueno para unos y para otros.

Pero la lucha de los escritores revisionistas ha dejado un saldo positivo por encima de los desafueros y exageraciones en que a veces incurrieron. Ya no es necesario decir que Rivadavia era un coimero o Sarmiento un vendepatria para demostrar que el Chacho no era un bandido o Artigas un anarquista. La polémica seguirá mucho tiempo más, porque los argentinos estamos divididos hasta en la historia. Pero en lo historiográfico, la síntesis dialéctica es fácticamente inevitable. Ahora ya se puede ser revisionista sin cargar con el cartel de 'nazi' y se puede ser liberal sin rolar de 'cipayo'. La lucha historiográfica entreverada con la lucha política hizo todo más confuso: en la medida que ella cese, se podrá trabajar mejor, "sine ira et studio", poniendo las cosas en su lugar tal como fueron en el pasado. Y quien dice esto es un hombre que ha escrito bastante historia y ha hecho mucha política, pero que trató siempre de no misturar una cosa con la otra...

Una de las verdades irrefutables que quedan como saldo de la decantación historiográfica que se ha ido produciendo, es la que intentaremos afirmar en estas páginas. La que demuestra que los caudillos federalistas fueron protagonistas auténticos y mayores de la historia y expresaron un rostro de la Patria que merece respeto. No fueron bandoleros ni tigres sedientos de sangre Quiroga, el Chacho o Varela. Tampoco -tenemos que señalarlo- fueron esos próceres inmaculados que pretendió cierto revisionismo. Fueron hombres de su tiempo, con todos los defectos y las virtudes de su época. Porque también hay que señalar que el endiosamiento de los próceres en que incurrió la historiografía liberal se corresponde con la idealización de los caudillos en que fácilmente caen los revisionistas: es gracioso, por ejemplo, comprobar el flaco favor que hace Pedro de Paolis a Juan Facundo Quiroga describiéndolo como un buen burgués, con actividades bursátiles y querida. En la elección me quedo con la pintura de Sarmiento, que inmortalizó a Facundo retratándolo como un varón de características únicas, sangriento a veces y a veces magnánimo, tormentosamente sincero, genial para su medio y sus años.

Es con ese espíritu con que venimos a recrear las figuras de los hombres que fueron representativos de los sentimientos y las expectativas de miles de argentinos durante más de medio siglo. Hombres que en estilo arisco y montaraz se metieron a empellones en la historia y allí quedaron. Son figuras, algunas de ellas, que forman parte más de la leyenda que de la historia: pertenecen a la copla, al romance y a la conseja que se cuenta en las noches de la tierra, cuando la intimidad familiar o amistosa va convocando la memoria y los hechos sucedidos o inventados -tanto da- empiezan a desovillarse. Son imágenes mucho más poderosas que la realidad que fueron. El historiador debe rescatar la verdad: pero no puede sustraerse a la sugestión de la leyenda que surge sola, de los mismos papeles, de las cartas y proclamas, de las notas y esquelas que han sobrevivido a la vorágine montonera de donde salieron. Son estos documentos los que hemos seleccionado para preparar este libro: todos aquellos documentos que salieron directamente de las filas de la barbarie y que constituyen testimonios desnudos de su índole.

Señalemos que no son muchos. Los bárbaros no escribían. Sabían pelear y sabían morir; pero no sabían escribir. Al menos, no conocían ese oficio como sus antagonistas. La historia la han escrito los vencedores: los Mitre, los Sarmiento. De los bárbaros sólo quedó el recuerdo en la entraña memoriosa del pueblo. Pero de todos modos, a veces suele aparecer un mensaje escrito en quebradizos papeles, con tintas desvaídas, que lleva la firma trabajosa de los caudillos mayores o de los capitanejos que los rodeaban. Y entonces, a través de esa enrevesada sintaxis y de la caprichosa ortografía -o superando las alambicadas frases coladas por el cagatintas de turno- se pueden descubrir las entretelas de sus luchas, la drástica decisión que los convocaba, la ferocidad acorralada con que se defendían. No son muchos esos papeles: los hemos reunido aquí, los que pudimos, para que los bárbaros puedan defenderse, ya que estas pocas páginas tienen que enfrentarse con libros rotundos y definitivos que los han condenado sin apelación posible.

Cada uno de los caudillos de que se habla en este libro ha cargado una personalidad singular y ha representado determinados valores de su tiempo: pero las pautas que hemos señalado más arriba les son constantes. El signo popular que caracteriza su trayectoria, por ejemplo se da en todos por definición. "Caudillo" de "cabdillo", "cauda", vale tanto como cabeza. Todos ellos encabezaron, fueron cabeza de movimientos fervorosamente sentidos por el común. Por eso cada uno de esos caudillos ejerció una suerte de elemental democracia. "Cada lanza, un voto", apunta Gabriel del Mazo. Cada lanza expresaba la misma voluntad soberana que hoy se expresa en la urna electoral -con la diferencia que empuñar una lanza significaba asumir un compromiso donde se jugaba la mismísima vida. Y que no se diga que la popularidad de los caudillos era forzada o que sus huestes estaban compulsivamente reclutadas. Era una popularidad espontánea e irresistible: la misma que hacía reunirse a los gauchos de Santa Fe y Córdoba en las postas por donde pasaría Quiroga en su viaje al norte, antes de Barranca Yaco, para ofrecerle sus servicios, por la sola fuerza de su prestigio; o la que arrastraba tras de Artigas a más de 15.000 orientales, hombres, mujeres y chicos, rumbo al campamento del Ayuí...

Lo popular es la impronta suprema que caracteriza la jefatura de los bárbaros, en contraposición con la soledad de todo fervor popular en torno a la jefatura ejercida por los hombres de la civilización. En los bárbaros, la popularidad es auténtica, desmelenada y sin interferencias jerárquicas, en el compartido azar de las luchas y el reconocimiento pacífico de una superioridad personal. Era una popularidad que debía ganarse y tenía que defenderse cotidianamente, porque su precio podía ser una mala muerte, como le ocurrió a Urquiza cuando perdió la confianza de su gente. El Chacho, en su laboriosa prosa, explica esto muy bien en una carta al Dr. Marcos Paz: "Esa influencia, ese prestigio lo tengo porque como soldado he combatido al lado de ellos por espacio de 43 años, compartiendo con ellos los azares de la guerra, los sufrimientos de la campaña, las amarguras del destierro y he sido con ellos más que jefe, un padre que, he mendigado el pan del extranjero prefiriendo sus necesidades a las mías y propias. Y por fin, porque como Argentino y como Riojano he sido siempre el protector de los desgraciados, sacrificando lo último que he tenido para llenar sus necesidades... Así es, señor, como tengo influencia, y mal que les pese la tendré..." Razón tenía Arturo Jauretche cuando decía que "el caudillo es el sindicato del gaucho"...

Pero algo más que remediar necesidades era la cualidad del caudillo. Pues a esta altura nos asalta una duda: que el lector crea que por popularidad entendemos sólo la proximidad física del pueblo junto a su jefe. También hay algo de esto y sin ese reiterado comercio humano el caudillo no disfrutaría de su ascendiente. Lo confirma Sarmiento hablando del Chacho, cuando refiere: "Su lenguaje era rudo...pero en esa rudeza ponía exageración y estudio, aspirando a dar a sus frases, a fuerza de grotescas, la fama ridícula que las hacía recordar, mostrándose así cándido y al igual del último de sus muchachos. Habitó siempre en una ranchería de Guaja... Hacía lo mismo con sus modales y vestido: sentado en posturas que el gaucho afecta, con el pie puesto sobre el muslo de la otra pierna". La ojeriza de Sarmiento parecía impedirle reconocer que el lenguaje del Chacho, sus actitudes y formas de vida eran auténticas en un hombre que se consideraba un gaucho más, un paisano entre sus paisanos, un "vecino alzado", como se definiría años más tarde otro gran caudillo, Aparicio Saravia. Porque tal vez aquí estriba una de las diferencias esenciales de los caudillos de que hablamos con el Restaurador de las Leyes: éste era un señorito agauchado, aquéllos eran gauchos con señorío...

De todos modos, al aludir a la impronta popular que singularizaba a los jefes bárbaros, no nos referíamos tanto a su autenticidad como hombres del común y su contigüidad física al pueblo, sino más bien a su representatividad. Es decir, a la fidelidad con que los caudillos representaban el ánimo de su gente. Esta fidelidad confirmaba el cuño popular de los jefes bárbaros y constituía la esencia de su legitimidad, que no podía afirmarse en la ley ni en la soberanía electoral. La representatividad que deriva de la fiel interpretación del ánimo del pueblo fue definida claramente por un caudillo de un siglo más tarde, que libró su lucha bajo soles muy distintos -aunque tal vez igualmente feroces- que los que alumbraron al Facundo o el Chacho. Pues es el dirigente tunecino Bourguiba quien explicó "Yo no puedo pedir a mi pueblo más que aquello que responde a sus aspiraciones profundas y a veces secretas, que no siempre son conscientes pero que yo adivino porque estoy hecho para eso: porque es mi oficio". Claro que la popularidad, tomada en estos aspectos, tiene también sus gajes. Uno de ellos, creer que es eterna y hace invulnerable a su titular. Conjetura Borges: "Esta cordobesada bochinchera y ladina/ (meditaba Quiroga) qué ha de poder con mi alma?", equivocada creencia que permitió a los ladinos cordobeses escondidos en el monte de Barranca Yaco, hacer pasar a mejor vida al general riojano... Pero también es condición de la popularidad una cierta temeridad, sin la cual el beneficiario corre el riesgo de administrar demasiado su coraje y quedarse corto por veces.

Revolver en el granero de la historia permite, entre otros placeres menores, la posibilidad de verificar la inexistencia de problemas que el país ha superado; cuestiones que en su momento envenenaron la vida de la Nación y ahora sólo son curiosidades para eruditos.

Uno de esos problemas ha sido el generalizado recelo del país frente a Buenos Aires, aparecido casi contemporáneamente a la Revolución de Mayo, acentuado ante la política del Directorio y mantenido en alternativas explosivas o latentes a través de casi un siglo: hasta que la federalización del puerto y la evolución política posterior resignó a las provincias a una sumisión de hecho frente al gobierno nacional asentado en la ciudad del Plata. Pero la palabra "recelo" resulta suave en muchos casos: en realidad puédese hablar de un real y fervoroso odio contra todo lo porteño, que comprendía desde la desconfianza a cualquier iniciativa originada en Buenos Aires,. Hasta el rechazo instintivo de las más inofensivas modalidades propias de la ciudad europeizada y próspera.

Llega un momento, bajo el Directorio, en que "porteño" es sinónimo de opresor, monarquista, pro-portugués y aristocratizante. Los "Pueblos Federales" nucleados en torno a Artigas aborrecen el nombre porteño y todo cuanto huela a Buenos Aires. Un lustro más tarde, Rivadavia hará todo lo necesario para que la ciudad afirme su mala fama de potencia centralista y malintencionada, despectivamente adversa a la causa de las provincias: el santiagueño Ibarra recibiendo en calzoncillos al enviado del Congreso Nacional que le trae un ejemplar de la Constitución unitaria es, gráficamente, una expresión de los sentimientos que inspira la ciudad de las luces entre los pueblos del interior.

Estos sentimientos persistirán por varias décadas. Rosas consiguió disipar en alguna medida esa desconfianza, al adoptar las consignas formales de la Federación. Pero cuando los quiroguistas Zarco Brisuela o Chacho Peñaloza se enjaretaron la divisa unitaria, no lo hicieron tanto por identificación con el partido de los emigrados cuanto por una reacción instintiva contra el gobierno de Buenos Aires. Fuera Rosas o fuera Mitre el titular del poder bonaerense, había que estar contra él; porque ya sabían que inevitablemente, Rosas o Mitre estarían alguna vez contra ellos. Lo dice con mucha claridad el Chacho, dirigiéndose a Urquiza en 1863: "Me he puesto a la cabeza del movimiento de libertad, igual al que Vd. hizo el 1 de mayo en esa heroica provincia contra la tiranía de Rosas. Si Vd. estuviese en estos pueblos vería cuánto han sufrido y cuánto los han asesinado y vería también que este movimiento es contra otra tiranía peor que la de Rosas".

Y por supuesto, el "modus operandi" de los Arreondo, los Sandes o los Irrazábal, como jefes de las expediciones pacificadoras porteñas después de Pavón, no contribuyó a hacer más amable el nombre de Buenos Aires. Felipe Varela, el último montonero, tiene palabras terribles contra Buenos Aires en su proclama insurgente de 1866: "...el centralismo odioso de los espúreos hijos de la culta Buenos Aires...el monopolio de las tierras públicas y la absorción de las rentas provinciales vinieron a ser patrimonio de los porteños, condenando a los provincianos a cederles hasta el pan que reservaron para sus hijos. Ser porteño es ser ciudadano exclusivista; y ser provinciano, es ser mendigo sin patria, sin libertad, sin derechos. Esta es la política del general Mitre... A él (Urquiza) y a vosotros (los entrerrianos) obliga concluir la grande obra que principiasteis en Caseros... ¡Atrás los usurpadores de la renta y derechos de las provincias en beneficio de un pueblo vano, déspota e indolente!"

De modo que para el Chacho y Varela, la acción de Caseros no es sino el comienzo de una lucha antiporteña que debe completarse; y para el último, que empieza discriminando a "los espúreos hijos de la culta Buenos Aires", el pueblo porteño resulta al final de la proclama, "vano, déspota e indolente".

Ya se ve, pues, los sentimientos que inspiraba la ciudad del Plata. Los bárbaros la odiaban aunque se sintieran -los que la conocían más de cerca- oscuramente fascinados por ella. Como ocurría en Roma, la conquista de la "urbs" era el objetivo último de su pelea y de tiempo en tiempo, así como paseaban por el "forum" los jefes bárbaros reducidos por los tratados o comprometidos en rehén, así también Buenos Aires vio pasar por sus sonoras calles, enculados y recelosos, a un Ramírez o un Quiroga...

Con estos elementos, su magnífica imaginación y estupenda prosa, fácil sería a Sarmiento articular su teoría sobre civilización y barbarie en la Argentina, ubicando de un lado a la ciudad y del otro a la campaña. Pero los jefes bárbaros argentinos no odiaban a la ciudad: odiaban a Buenos Aires. O, si se quiere suavizar la cosa, odiaban al poder derivado de la posesión de la ciudad portuaria, que nunca había sido usado en provecho del interior. Al ubicarlos en el término rural de su antinomia, Sarmiento tenía caminada la mitad del camino en la demostración de la barbarie, la ignorancia, la rusticidad y la enemistad hacia toda forma de civilidad y organización por parte de los caudillos. Lo cual era, retóricamente muy efectivo, pero no respondía a la realidad.

Pues lo que nunca se esforzó Sarmiento por comprender fue esta verdad: que los caudillos eran elementos constitutivos de otra Patria que no era la de él. Sarmiento ansiaba un país alambrado y codificado, surcado por ferrocarriles, poblado de inmigrantes, sembrado de escuelas, vivificado por la cultura y la sangre europea y proyectado al futuro en el ejercicio de la práctica democrática. Los caudillos, en cambio, concebían otro rostro para su país. Un rostro más difícil de definir, puesto que ninguno de ellos supo fijar su programa con la maestría de Sarmiento. Tal vez -conjeturamos nosotros- soñaban con una patria donde todavía valiera el coraje y la lealtad, donde las provincias tuvieron una vos resonante, donde se dejaran tranquilos a los pueblos en una modalidad de vida cuyos defectos y anacronismos no fueran barridos tan drásticamente. Es difícil reconstruir la patria de los bárbaros: la que soñarían en las vigilias de los "campamentos en marcha" o en la rabiosa esperanza del alzamiento. Acaso un país con olor a cuero y ganado pampa, regocijado en sus fiestas tradicionales y con un poco de ferocidad de cuando en cuando para seguir sintiéndose machos...

Y cabalmente, como estas dos concepciones no podían coincidir jamás, unos y otros lucharon como si los enemigos fueran extranjeros. Se entremataron con el fervor que enardece las guerras de liberación. Unos y otros tenían que desaparecer del mapa, tal como proféticamente sentenciaba Quiroga en 1831: "Estamos convenidos en pelear una sola vez para no pelear toda la vida... El partido feliz debe obligar al desgraciado a enterrar sus armas para siempre".
Por supuesto, en la lucha desaparecieron los más débiles. El "partido desgraciado" enterró sus armas y sus muertos. Frente a los servidores del rémington, el telégrafo y la vía férrea, los hombres del cuero y el algarrobo tenían que perder. Así ocurrió y no debemos lamentarlo. Al fin, vivimos y sobrevivimos en la patria de Sarmiento, aunque la de los montoneros aparezca de tanto en tanto en la superficie, como para denunciar que aquella no es tan sólida como aparenta... No podemos lamentar que haya desaparecido la Patria montonera. Pero al menos podemos pedir respeto para esa concepción del país que en estas páginas intentamos reconstruir desde la prosa trabajosa y la horrenda sintaxis de sus proclamas, sus partes, sus cartas; escasos testimonios de los motivos de una lucha que no se nutrió de pensamientos orgánicos sino de sentimientos. Y que por esto mismo debe respetarse más.

Los caudillos que en estas páginas hemos agrupado bajo el genérico de "bárbaros" forman -ya se ha dicho- una línea histórica que empieza a correr casi inmediatamente a la Revolución de Mayo y recién desaparecerá hacia 1870. Esa línea, conceptualmente indefinida por sus protagonistas pero perfectamente diseñable a través de la ubicación de sus hombres representativos, alcanzó momentos más dramáticos en dos períodos históricos: entre 1819/1831 y entre 1862/1868.

El primer período es el que asiste a una resistencia activa de los bárbaros frente a la política centralista, aristocratizante y pro-portuguesa del Directorio primero, y luego frente a la aventura rivadaviana y sus secuelas. El segundo período en que la referida línea histórica cobra intensidad, es el que enmarca la resistencia bárbara frente a la política inaugurada en Pavón. Los personajes del primer período se llaman Artigas, Ramírez y Quiroga, fundamentalmente; los del segundo serán el Chacho y Varela. Cabalmente, los personajes de que nos ocuparemos en particular más adelante.

Ahora bien: corresponde señalar que esos dos instantes históricos se caracterizan por la aparición de presiones internas e internacionales que tienden a insertar la Argentina en forma hermética y definitiva dentro del régimen económico-financiero dirigido coetáneamente por los grandes países europeos. En efecto: el primer momento histórico es la época de las fantásticas gestorías rivadavianas en Londres, del "boom" de los valores rioplatenses en la City, los intentos de colonización escocesa y de mestización ovina y vacuna en las praderas bonaerenses, los conatos de explotación minera en el Famatina, la creación de un Banco Nacional manejado por los comerciantes británicos, la concreción del crédito de Baring Bros. Es un período durante el cual se establece un activo ir y venir de mercaderes, gestores y aventureros entre Buenos Aires y Europa. "Todos los sentimientos o inclinaciones políticas están hoy avasallados por un espíritu de especulación pecuniaria: establecimiento de bancos, compañías mineras, empréstitos públicos, etc., todos de filiación británica" apuntaba el agente americano Forbes en 1825, que aludía también al "somnoliento patriotismo que adormece hoy al país". Se ha descripto esa época con suficientes datos como para hacer sobreabundante su reseña. En síntesis, podemos señalar que entre 1819 y 1826, al amparo de los enunciados de George Canning, las provincias del Río de la Plata adquieren un ritmo precapitalista desconocido hasta entonces. Y ese ritmo se frena ante la intuitiva pero enérgica resistencia de los caudillos federales: no resulta casual que sea Quiroga quien desbarata los negocios de la River Minning Co., planeados por Rivadavia. Y algo semejante ocurre entre 1862 y 1868: se está llevando a cabo por entonces un nuevo intento de unificación nacional sobre la base de la hegemonía porteña, más feliz en el plano político y militar que el ensayado por Rivadavia treinta y cinco años antes. Mitre, albacea ideológico de "el más grande hombre civil de los argentinos" ha conseguido la virtual anulación de Urquiza y deberá ser un característico caudillo bárbaro como Peñaloza quien asuma la resistencia contra esa política, que se hace efectiva mientras en Buenos Aires se da una secuencia muy semejante a la de la época rivadaviana: se planean y construyen ferrocarriles, se busca pasar de la era del tasajo a la de la carne congelada, se fundan empresas de colonización, la Bolsa de Comercio funciona activamente. Otra vez se respira en el país un clima de negocios y empresas, inexistente a través del período rosista y los años de secesión porteña. No intento afirmar que la línea bárbara se haya opuesto consciente y racionalmente a la instauración de un régimen capitalista en el país. Ni los caudillos ni los propios beneficiarios del nuevo sistema estaban en condiciones de caracterizarlo y mucho menos de plantearle una alternativa. Lo que afirmo es que, frente al desplazamiento del país hacia la órbita de las potencias que protagonizan el sistema capitalista y postulaban en los hechos una división internacional del trabajo, fueron los jefes bárbaros quienes promovieron la resistencia popular, como si intuyeran que en esa revolución llevaban todas las de perder. Pretendían detener una evolución que era, en los hechos, indetenible; y por eso la trayectoria de casi todos ellos está marcada con el signo trágico que suele sellar aquello que está condenado irremisiblemente.

Esto nos lleva a considerar otra de las características que hemos señalado al principio como propia de lso bárbaros, es decir, su tradicionalismo. Porque la resistencia a todo lo que tendiera a insertar el país dentro del esquema capitalista no era sino una expresión del natural conservatismo de los caudillo, apegados a los valores tradicionales y a una realidad del país que iba desapareciendo, derrotada por la técnica y el capital. La figura del Chacho enlazando en La Tablada los cañones del matemático Paz parece todo un símbolo de esa lucha. En el período 1819/1831 tal vez no se notó tanto, porque recién empezaban a sentirse los efectos de la revolución en los países más adelantados.

Pero en 1862/1868 los adelantos de la técnica industrial comercial y financiera eran lo suficientemente poderosos como para establecer esquemas muy definidos, que en contraste con el país tradicional aparecía todavía más marcado. "El ferrocarril -afirmaba Sarmiento- llegará a tiempo a Córdoba para estorbar que vuelva a reproducirse la lucha del desierto, ya que la pampa está surcada de rieles. Las costumbres que Rugendas y Palliére diseñaron con tanto talento, desaparecerán con el medio ambiente que las produjo y estas biografías de los caudillos de las montoneras figurarán en nuestra historia como los megateriums y cliptodontes que Bravard desenterró del terreno pampeano: monstruos inexplicables, pero reales". En este período, último de la resistencia bárbara, será el Chacho quien aparezca como la personalización de una obstinación en el país inalambrado, con empresas comerciales de dimensión aldeana y habitantes acostumbrados a corajear su propio derecho sin hacerlo depender de textos codificados. En un momento en que se estaba iniciando en la Argentina el montaje de instrumentos legales que debían brindar garantías jurídicas al ciudadano, al capital y a la propiedad, la imagen del Chacho impartiendo justicia en su sede de Guaja al modo de los "homebuenos" del derecho foral español -tal como lo describe Zinny- constituye una contrafigura bastante elocuente.

Se me ocurre señalar la significación de este episodio: cuando inmediatamente después de Pavón los batallones de línea porteños avanzaron sobre las provincias, el Dr. Abel Bazán, político liberal de La Rioja, fue enviado desde Córdoba a su provincia para neutralizar al Chacho y volcar la situación riojana a favor del "nuevo orden de cosas". El enviado viajó solo por esas soledades y fue pillado por la montonera, que lo mantuvo secuestrado en la sierra de Ambil durante unas semanas. Finalmente pudo escapar y regresó a Córdoba. Y aquí viene lo significativo: para cumplir su misión, Bazán no llevaba armas ni hombres. Llevaba, eso sí, letras de cambio y órdenes de pago en abundancia... El "nuevo orden de cosas" sabía cómo manejar las cosas en los nuevos tiempos.
Pero esto del conservatismo de los caudillos merece aclararse. En la actualidad, 'conservador' dice igual que 'reaccionario'. El conservador trata de conservar todo aquello que le conviene. Pretende salvar ciertos valores, ciertas estructuras, ciertas formas de vida que están identificadas con su mentalidad o con sus intereses. En suma, quiere someter la evolución natural de las cosas a un tamiz que detenga lo que desea salvar y deje pasar lo que no le afecta. Y generalmente lo que desea que quede en el colador es lo que tiende a sostener un orden de cosas que mantenga sus privilegios. Todo lo cual es algo perfectamente humano y natural.

Pero el conservatismo de los caudillos bárbaros era otra cosa. No había ninguna estructura que sostener, en sus tiempos. Había, en todo caso, un vago ordenamiento casi consuetudinario -las grandes leyes organizadoras empiezan a partir de 1869, derrotado ya Felipe Varela, el último montonero-p y un débil mecanismo de poderes locales. Los bárbaros tendían, entonces, a salvar sólo ciertas modalidades populares de conducta, ciertas formas patriarcales de gobierno: en definitiva, una no-estructura. El ordenamiento hispánico-colonial era, bueno o malo, un ordenamiento; la emancipación y los hechos revolucionarios lo dejaron sin efecto: era esta vacancia de ordenamientos lo que defendían los caudillos. Frente a esta vacancia, frente a este desierto legal tan repugnante a los hombres del orden como el desierto geográfico que aterraba a Alberdi, la gente del liberalismo aparecía sustancialmente renovadora y progresista, al luchar por la imposición de otro ordenamiento o, mejor dicho, de 'un' ordenamiento.

Este conservatismo que señalamos no tendría, por otra parte, otra importancia que la de marcar un rasgo característico en la actitud vital de los caudillos, si no fuera que se proyectó físicamente sobre la individualidad de sus protagonistas. Lo cual tiene importancia por dos razones: primero, porque colorea la línea histórica del caudillismo con singularidades llenas de pintoresquismo y atracción estética. Segundo, porque la impronta tradicionalista, criolla, que distingue sus figuras, las irá convirtiendo póstumamente en materia de sublimación poética.

En cuanto a lo primero. No hay cronista de la época, no hay escritor que haya resistido la tentación de describir a esos caudillos en su singular y rudo aspecto, que los define como representantes de un pasado que luchaba por no morir. Un aspecto que los hacía aún más extraños a sus adversarios, así fueran compatriotas. Hay que leer la descripción que hace López de Artigas; la que hace Sarmiento del Chacho, para apreciar la ambivalencia de atracción y repulsión por esos seres de vincha, poncho y chiripá, espueleros y acuchillados, ídolos rurales en sus campamentos y tolderías... "Megateriums y gliptodontes...monstruos inexplicables" para sus cultos descriptores. El mismo Sarmiento se jactará de haber andado con montura inglesa y uniforme a la europea entre los montieleros del Ejército Grande. Y la radical ambigüedad de Urquiza se ha de revelar con elocuencia en la combinación de poncho campero y galera ciudadana con que se vistió para el desfile triunfal de Caseros... Pues es la indumentaria, muchas veces, lo que distingue y separa a los campos cuando cada uno de ellos está jugando a fondo con un modo de vida, con una concepción de la Patria y el mundo drásticamente diferentes.

De modo que el pintoresquismo de los caudillos -proyección de su apego a lo tradicional- dice de su desconfianza hacia lo europeo y afirma su condición americana. No es dato para tener en menos.

Y en cuanto a lo segundo. A medida que el país crece y se afirma, a medida que supera sus grandes problemas de desierto, indiada y  montonera, algunos espíritus retornan al recuerdo de esa Argentina bárbara y elemental que la inmigración y la influencia cultural europea habían subestimado. Crece casi vergonzantemente, un sentimiento nacionalista, una ansiedad por revalorizar ciertos personajes, ciertas actitudes políticas, cierto folklore que de algún modo ayudan a rehacer el rostro de una Argentina olvidada. Es cuando Ricardo Rojas escribe su "Restauración Nacionalista", cuando David Peña pronuncia sus conferencias sobre Facundo, cuando empieza a hacer escuela la picada historiográfica abierta por Saldías y Quesada.

A partir de entonces los caudillos abandonan el predio clandestino en que permanecían arrinconados y entran a poblar los territorios de la imaginación. ¡Cuántas veces Facundo ha sido convocado por poetas dramaturgos, cuentistas, compositores, novelistas, argumentistas! El Chacho, Pancho Ramírez y tantos otros caudillos menores, ¡cuántas veces han sido revestidos de nueva vida en las obras de los escritores contemporáneos! Desde los novelones de Eduardo Gutiérrez hasta las insignes recreaciones de Borges -por sólo mentar a uno-, esos personajes despreciados hace un siglo por su barbarie han conquistado ahora una existencia póstuma embellecida por el arte y la literatura. Es decir: siguen moviéndose como personajes de una mitología nacional que inspira y nutre las creaciones propias del espíritu argentino. Son categorías estéticas que ya pertenecen definitivamente al acervo cultural de la Nación y en las cuales cualquiera puede meter mano.

Esos gauchos que fueron en su tiempo la anti-cultura, la anti-civilización, paradójicamente triunfan sobre sus detractores convirtiéndose en materia sustancial para la creación de una cultura que hunde sus raíces en la temática nacional: que es, por consiguiente, 'más cultura' para nosotros que aquélla que predicaban con sus galicismos los hombres de la civilización. Al final, entonces, regresando a sus esencias originarias, los caudillos aparecen como elementos constitutivos de una mitología hondamente nacional, no alienada. Y recordando a sus detractores, tan orgullosos de sus fraques, sus monturas inglesas, sus tics afrancesados, viene naturalmente a la memoria la cita de Tácito cuando hablaba de la adquisición por los britanos de las modas, los vestidos y las costumbres de sus conquistadores, los romanos: "A todo lo cual aquellos simples llamaban civilización, en tanto no era sino parte de su servidumbre".

Los caudillos cuyas semblanzas y testimonios podrán leerse a continuación y cuyas principales características se han señalado en los párrafos precedentes, eran representativos de amplios sectores populares: aquellos que en su momento fueron vituperados sucesivamente como anarquistas, montoneros y bárbaros. La continuidad de su presencia en la historia del siglo pasado -desde Artigas hasta Varela, medio siglo corrido- induce a pensar que la existencia de esos sectores no respondió a episodios circunstanciales sino que expresaba una realidad auténtica, trascendente, asistida por sus particulares motivos, acuciada por sus propios ideales y representativa de un modo de sentir y pensar ampliamente compartido en gran parte del país. Y además, con suficiente vitalidad como para proyectarse sobre sus propios infortunios y su especial inorganicidad.

Sin embargo, esta persistente línea histórica, este firme y duro rostro del país desaparece pocos años después de Varela. Los bárbaros parecen liquidados, absorbidos o transformados. La corriente histórica que había logrado proyectar al escenario nacional figuras como la de Artigas, Ramírez, Quiroga, El Chacho y Varela, queda repentinamente cegada, estéril, olvidada.

Pero, ¿es así realmente? ¿Desaparecen esos bárbaros en una derrota definitiva o esa corriente sigue fluyendo subterráneamente, en lo más escondido de los corazones populares? Para mí, esto último es lo que ocurre.

Ese modo de concebir el país que encarnaron los caudillos quedó postergado, subsumido bajo las duras estructuras de la civilización triunfante. Sobrevivía, tal vez, en la memoriosa nostalgia de los viejos soldados del Chacho o Varela; en el aire empacado de los compadritos alsinistas, en el oscuro resentimiento de los criollos de la ciudad y la campaña, que miraban desde la vereda de enfrente cómo los gringos nos construían el país. Quedó, también, en unos pocos hombres: en Ricardo López Jordán, en José Hernández y seguramente en el hijo del mazorquero Alem. Indiferente a eso que se llamaba progreso -y que lo era sin duda- la corriente bárbara se mantenía en un rabioso desapego frente a esta Argentina de cuya elaboración estaba excluida.

Pero no estaba cegada. Y por eso la vieja corriente popular afloró tumultuosamente, con el explosivo regocijo de lo que estalla después de mucho esperar, cada vez que alguien la conjuró a emerger. Claro, había que conocer las claves del conjuro y no quien quiere es brujo... Pero cuando alguien supo decirlo, la barbarie rebalsó sus napas subterráneas y afloró inconteniblemente, a cielo abierto, en las calles y en las plazas, como una negra inundación sonora. Por eso, en ciertos recodos de nuestros años argentinos, surge explosivamente una marea popular, allí donde hasta la víspera no había nada: un hombre dice las palabras adecuadas y a su conjuro crece un bramido de pueblo enamorado. Y esas convocatorias civiles del último medio siglo siguen teniendo el mismo perfil que tuvieron las que condujeron antaño los caudillos ecuestres. El mismo perfil arrollador, jocundo, feroz, testarudo y sobrador; aunque sus protagonistas numerosos se llamen radicales, yrigoyenistas o peronistas. Porque son los mismos de antes y la tierra que pisan es la de siempre. Porque son parte de la Patria, tan permanente como ella y por eso también, tan amigada con nuestra ternura.

Y sin embargo, la corriente bárbara nunca pudo trajinar sola en el destino nacional. Sus limitaciones la hacían demasiado vulnerable. Sus aportes eran -son- indispensables para la construcción del país. Todos los grandes objetivos nacionales -la emancipación, el sistema republicano, la organización federal- fueron conquistados por el esfuerzo conjunto de las corrientes populares, armonizadas para ese efecto con otros sectores de la vida nacional. Y también la soberanía popular a través del voto, la justicia social como valor permanente de la comunidad y el desarrollo nacional como condición de la presencia argentina en el mundo han sido planteados políticamente a través de grandes movimientos integradores. Pues ser Nación -propósito último y superior de la voluntad nacional- supone la vertebración de todos los sectores, todos los esfuerzos, todas las regiones; y la decisión de ser Nación no puede asumirse por una parte del país en soledad, sino por una vigorosa conjunción de voluntades armonizada en el propósito de realizarla.

Aquellos bárbaros de ayer, éstos de hoy, aportan al ser nacional lo mejor de su sustancia, o sea la condición popular, sin la cual nada trascendente puede elaborarse, sin cuya presencia se marchitan y corrompen hasta las emprendimientos mejor concebidos. Por eso necesitamos a los bárbaros cuyos campamentos circundan a las ciudades del progreso y a aquéllos que en el jugoso litoral, en el áspero norte, en la ancha pampa mediterránea, en el duro sur, siguen aguardando las palabras de hechicería que volverán a convocarlos. Sarmiento planteó la alternativa sin concesiones, drásticamente: nosotros creemos que la civilización y la barbarie pueden encontrar la fórmula de su síntesis. Deben encontrarla: la Argentina lo necesita, para su salud.

Febrero 1966.

domingo, 29 de junio de 2014

"Cimbreando" - Don José Larralde

Si una vez pedí permiso...
si una vez pedí permiso ahora no viá a pedir nada
cansado de saltar pialada me he hecho medio escurridizo
no sé si será preciso que explique mi situación
no sé si será cuestión de afilar el desembuche
pero sé que el que me escuche me prestará su atención.
Todo aquel que alguna vez
me escucho con sentimiento
sabe bien que no le miento y que no doy de revés
naide me ha visto de juez pues me falta autoridá
pero no puedo callar lo que naides debería
la jeta que tengo es mía y me la han hecho para hablar
Disgraciado el que se calla
pobrecito el silencioso
que castigo doloroso cuando la vergüenza falla
quien tiene que muestre agalla y me diga que no es cierto
que el vivo que vive muerto aferrado a su tembleque
siempre espera que se seque para ir a agregar el huerto
Quien tenga mejor razón que vomite el desengaño
no viví juntando año pa´ hacerme burro osobón
Dios me ha dado un corazón y por rispeto al regalo
con diente palo o uña defenderé su postura
yo se que me sobra achura pa´ empachar a más de un malo
soy amigo del que quiera pero no me den manija
el que guste que me elija y el que no me deje ajuera
no nací pa´ ser cumbrera pues me gusta ser orcón
y como soy el patrón de mi propia voluntá
quiero estar donde hay que estar vomitando mi opinión
Tan solo le pido a Dios
como gauchada final
que me deje con mi mal de poder alzar la voz
yo que he sido domador, pion de a pie y hasta hachador,
resero de lo mejor y hasta me prendí al arao
solo me queda el tostao y el recadito cantor
Todo por no asosegar
ni la palabra ni el gesto
porque nunca hallé pretesto pa´ que me quieran prepiar
porque no supe callar lo que callar no debía
porque fue la vida mía arriador pa´ l atropello
hoy solo tengo el risueyo y esta tristeza tan fría
Porque no di la liberta pa´ engordar al candidato
porque nunca fui barato ni me compraron la jeta
porque no fui gallareta que se escuende en el juncal
porque ante el bien o ante el mal yo siempre puse la cara
hoy tengo la idea clara pero grande el chiripá
Por eso no tengo un perro que me ladre la osamenta
porque nunca me hice cuenta ni de lata ni de fierro
tengo razón y no le erro cuando digo que el derecho
empieza donde arranca el pecho y termina en el bolsillo
no tiene ni calzoncillo quien siempre encara el repecho
No es lo mismo el montón lerdo
que el montón hecho de apuro
el lerdo es el más seguro el otro hecha olor a cerdo
cuando digo esto me muerdo porque siempre elegí el mas lerdo
y me quede con el cuento de migran filosofía
las cosas que yo creía se las ha llevao el viento
Hoy pienso en la humanidá
igual que ayer y mañana
se va muriendo con ganas de llegar a la verdá
se que no es casualidá que el hombre viva amargado
embuchando un entripao producto de su inocencia
unos le llaman paciencia y yo tiempo mal gastado
Con rispeto a la razón, alguna se que le acierto
tocar el cielo de murto no es ninguna solución
conozco a más de un varón que se adormece entre palma
hechas con las pobres alma de los difunto en vida
suelen ser las más podridas las aguas que están más calmas
Corazón que tiene pena puede legara extraviarse
como la pava volcarse si al hervir está muy llena
lleva la misma condena el clavo que la madera
una se hincha pa´ ajuera y el otro pierde su brillo
y el que goza es el martillo cuando se cimbra y golpea
Cosa que aprendí de viejo
antes de llegar a serlo
una de mirar y verlo, otras de mi propio espejo
cosas que no son consejo ni siquiera comentario
lo mesmito que un rosario cuenta que naide las reza
pero niebla su cabeza con su cruces y calvario
Aunque he vivido a los saltos no viví sobresaltado
a las cosas que he pasado ni les suebro ni les falto
nunca quise volar alto siempre volé a lo perdido
ansí contemplé el matiz de la vida y sus porfía
las cosa que no sabía las supe por la raíz
Volar alto es la grandeza
pa´ los que van de aguilucho
pero el hombre ha de ser ducho pa´ no enturbiar la cabeza
yo me aferré a la riqueza de andar cerquita del suelo
una tranquiada ni un vuelo ni cansa ni perjudica
la tierra es grande o es chica de acuerdo con los anhelos
Y aquí estoy ni más ni menos con lo que Dios me ofreció
el hombre siempre vivió entro lo malo y lo bueno
algunos mascan el freno otros viven cabestreando
otros por andar cediendo terminan en mortadela
y yo soy burro de escuela y me la paso patiando
Pero no dejo de ser
apenas un pobre criollo
y si una vez fui pimpollo ya de dentrado a envejecer
los año se dejan ver sin cuzco que los espante
siempre marchan adelante y por más que el hombre avance
no hay almanaque que alcance, ni crestiano que lo aguante
Sin embargo y a pesar de tanta potencia junta
me he quedao con una punta que no me podrán quitar
me han ayudado a pensar a observar y a preguntarme
quien ha podido cambiarme, quien me ha podido torcer
consciente de mi deber ya nada puede asustarme
No me gusta oír excusas
porque no soy confesor
tan solo soy decidor sin fusa ni semifusa
vivo sacando pelusas del rincón de los olvido
si sufro por ser sufrido soñador de la justicia
peleo por la delicia de no vivir sometido.

domingo, 22 de junio de 2014

El Origen Andaluz de la Payada Argentina

La cultura siempre ha sido la manifestación de un espíritu activo que expresa su irradiación sirviéndose de las herramientas naturales que el entorno le dispone. Para un pueblo determinado esa manifestación espiritual equivale a una identidad tradicional distintiva con la que se distingue de los demás. La cultura es, por lo tanto, el resultado propio de un genio étnico regional que retrata lo autóctono, el color singular que representa un sentir y un ser diferencial, original y que se perpetuará a través de los tiempos con el impulso que le confiere su cualidad de universalidad. Nuestra tradición argentina en gran medida viene representada por la cultura campera, y todo aquello que desde ella ha germinado como expresión de un espíritu o de un genio étnico particular: música, poesía, costumbres, etc. El gaucho, el paisano, como modelos de esta tradición, fueron -y son- los encargados de difundir y preservar nuestra cultura vernácula desde los albores mismos de la constitución de la patria argentina.

El gaucho, el hombre de la extensión infinita que se conoce como pampa, fue en sus orígenes un hijo libre de la llanura que a caballo recorría las distancias sin más horizonte que el de su dichosa libertad. Se había forjado fama de cantor errante pues poseía la virtud innata del alma musical, heredada de sus antepasados peninsulares. La guitarra, símbolo visible de aquella valiosa herencia, era, junto a su caballo, las prendas infaltables que reunía como única riqueza con la que cubrir su necesidad. Y con eso le bastaba. Se dedicó a la caza del ganado cimarrón, fue arriero, baquiano, y más tarde, con la llegada del alambrado limitador, fue peón de hacienda, domador, esquilero, y demás faenas del campo. Y lo más importante, aquello que definió un tipo cultural que arraigó y sirvió de instrumento para la obra cumbre de nuestra literatura proverbial representada por el Martín Fierro: fue payador, costumbre también de herencia peninsular que aquí halló un nuevo color, original y distintivo, signo indudable de identidad y tradición.

Cuando se indaga sobre el origen de la payada y el payador, nuestros representantes culturales en primera instancia suelen aludir como antecedente a los trovadores provenzales, juglares medievales que llevaban una vida ambulante y recitaban versos improvisados de diversa índole, tratando desde temas de amor hasta diatribas políticas. Sin embargo, luego de algunas pesquisas que hemos llevado a cabo encontramos que su procedencia data de un origen muy diferente y que nos remite directamente a la España musulmana.

Los musulmanes entran a la Península Ibérica hacia el año 711 de la era cristiana forjando una de las culturas islámicas más florecientes por aquel entonces: el emirato de Al-Ándalus. Este emirato caería definitivamente en manos de los reyes católicos en el año 1492. Sin embargo los musulmanes transmitirían pautas culturales que encontrarían arraigo en los no-musulmanes, quienes las asimilarían a su acervo y las harían propias. Por ejemplo, el poeta Ezra Pound, en su Canto VIII, en referencia a la canción de un trovador, nos dice que Guillermo de Poitiers (noble francés, noveno duque de Aquitania, séptimo conde de Poitiers y primero de los trovadores en lengua provenzal del que se tiene noticia, 1071-1126) "había traído la canción de España, con sus cantantes y sus velos...", estableciendo un origen moro para la poesía lírica medieval popularizada por los trovadores. El erudito Evariste Lévi-Provençal (1894-1956), en sus estudios ha encontrado cuatro versos arabo-hispanos completos recopilados en un manuscrito del mismo Guillermo de Aquitania. Según fuentes históricas, el padre de Guillermo había hecho llevar a Poitiers centenares de prisioneros musulmanes luego de los combates por la “reconquista” católica de España. Guillermo, impulsor de la tradición trovadoresca, habría heredado su sensibilidad, e incluso su temática, de la poesía andalusí. Esta hipótesis fue apoyada a comienzos del siglo XX por Ramón Menéndez Pidal, aunque su origen se remonta al Cinquecento (periodo artístico del Renacimiento europeo correspondiente al siglo XVI) de parte de Giammaria Barbieri (filólogo italiano muerto en 1575) y Juan Andrés y Morell (1740-1817, sacerdote jesuita, humanista cristiano y crítico literario español de la Ilustración). Meg Bogin, traductor al inglés del Trobairitz (trova occitana de los siglos XII y XIII), también apoya esta hipótesis. Otra de las influencias recibidas por los trovadores desde los hispanomusulnanes fue la introducción en Francia desde el siglo XI, y luego al resto de Europa, de un gran número de instrumentos musicales, por ejemplo: las palabras laúd, rabel, guitarra y órgano, derivan de los originales árabes 'oud, rabab, qitara y urghun. Así también una teoría propuesta por Meninski en su 'Thesaurus Linguarum Orientalum' (1680) y luego por Alexandre de Laborde en su 'Essai sur la Musique Ancienne et Moderne' (1780), sugiere que los orígenes de las notas del solfeo también provienen de una raíz árabe. Esta teoría sostiene que las sílabas del solfeo (do, re, mi, fa, sol, la, si) habrían derivado de las sílabas del sistema árabe de solmización llamado 'Durr-i Mufassal' (Perlas separadas): dal, ra, mim, fa, sad, lam, shim.

De igual modo consideramos que si bien la payada encuentra un antecedente en los cantos de los trovadores provenzales, quienes a su vez lo recibieron de los cantores poetas andaluces, ésta se encuentra íntimamente relacionada en su forma y estilo con el repentismo y el trovo de la cultura hispanomusulmana. Debemos aclarar que esta influencia netamente andalusí llega al Río de la Plata de mano de los exiliados moriscos que arribaron a estas costas americanas de manera clandestina, eludiendo los controles o integrando las filas de los ejércitos españoles. Y por esto mismo debemos ser categóricos al diferenciar la influencia que ejerció en nuestro suelo argentino el color español-europeo del color morisco-andalusí. Este último, si bien forzado por la Inquisición a una conversión al cristianismo y a una cancelación jurídica de la comunidad islámica, conservó marcadas pautas del acervo cultural musulmán que se plasmaron con libertad en los llanos pampeanos de mano de su vástago directo: el gaucho y la cultura gauchesca. La payada es una de esas pautas que aquí arraigaron y se transformaron en parte formativa de la tradición autóctona.

Ahora bien, retomando nuestro estudio: el repentismo es un canto de improvisación que toma el tenor de 'discusión dialéctica' entre dos trovadores y que responde a un patrón determinado que ha estado presente en un gran número de culturas, sobre todo en la historia del Mediterráneo Musulmán.

En el ámbito árabe-musulmán, la improvisación es un arte arraigado desde el siglo VIII. La costumbre de improvisar 'sobre pie forzado' aparece en multitud de textos de la cultura islámica (p.ej. Las Mil y Una Noches), generándose incluso todo un sistema de juegos poéticos basados en la repentización, como señala Bencheikh en ‘Poetíque arabe’, Ed. Gallimard, París 1989, pg. 73. El 'pie forzado' es un verso octosílabo que se impone a un poeta-cantor improvisador para que construya un poema improvisado cuyo último verso debe ser obligatoriamente el forzado[1]. El Arte de la poesía improvisada, en forma de duelo entre dos poetas, está suficientemente acreditada en Al-Ándalus (Cf. Del Campo Tejedor, Alberto: ‘Trovadores de repente’, Centro de Cultura Tradicional Ángel Carril, Salamanca, 2006).

Del repentismo surge el Trovo, forma musical tradicional de la comarca de La Alpujarra, región histórica de Andalucía que comprende Granada y Almería, así como de otras zonas del sureste español, y que consiste en la improvisación de 'poesía dialogada' sobre una base musical folclórica. A partir de 1492, y especialmente tras la rebelión de los moriscos liderados por Muhammad ibn Umayya (en 1568-1570), la Alpujarra sufre un proceso de feroz despoblación a manos de la inquisición católica. En este largo período de casi un siglo, los moriscos alpujerraños mantuvieron sus tradiciones músico-poéticas y sus bailes (como la zambra).

El escritor y escribano Emilio Pedro Corbiére (1886-1946) nos dice: "Este gusto a payador o cantor, creación árabe, que es la primitiva sangre de los andaluces, vino importado con los conquistadores a América, y de aquéllos se han copiado muchos de sus objetos de uso, como los frenos y las riendas de cuero trenzado. Es árabe el estilo de sus canciones pesadas, monótonas, quejumbrosas como lamentos, siempre en el mismo tono, y que los nativos denominaron 'tristes'" ('El Gaucho. Desde su origen hasta nuestros días', Editorial Renacimiento, Sevilla, 1998, pág. 206)

En este contexto, son altamente significativas las declaraciones del cantautor uruguayo Alfredo Zitarrosa (1903-1969): "La milonga es rioplatense... Se trata de un ritmo que recibe influencias afro y, por cierto, también proviene, como una buena parte del folclore nuestro, del folclore del sur de Andalucía, del sur de España, del folclore andaluz". (Entrevista que se le realizó en España por el periodista José Luis Izaguirre, para Radio Peninsular en diciembre de 1976).

El ya citado Lugones escribe: “Precisamente los trovadores del desierto habían sido los primeros agentes de la cultura islámica, constituyendo en sus justas en verso, la reunión inicial de las tribus que Mahoma, un poeta del mismo género, confederó después (el autor habla del Profeta Muhammad como ‘poeta’ remitiéndose al Sagrado Qur’an, libro revelado que Muhammad se encargó de transmitir y cuya particularidad es el verso, ya que en el momento se dirigía a un pueblo de eminentes poetas para quienes la palabra tenía un influjo particularmente especial). Así se explica que para muchos gauchos, en quienes la sangre arábiga del español predominó, como he dicho, por hallarse en condiciones tan parecidas a las del medio ancestral  (el desierto árabe, la pampa argentina), tuviera el género tanta importancia (…) ¡Quién habría dicho al conquistador que con la guitarra introducía el más precioso elemento de civilización, puesto que ella iba a diferenciarnos del salvaje, el espíritu imperecedero! Dulce vihuela gaucha que ha vinculado a nuestros pastores… con la rediviva dulcedumbre de las qassidas arábigas cuyos contrapuntos al son del laúd antepasado y de la guzla monocorde como el llanto, iniciaron entre los ismaelitas del arenal la civilización musulmana: el alma argentina ensayó sus alas y su canto de pájaro silvestre en tu madero sonoro, y prolongó su sensibilidad por los nervios de tu cordaje, con cantos donde sintiose original, que es decir, animada por una vida propia. (El Payador, págs. 61-62)

Acerca del numen artístico del gaucho, el sociólogo y jurista argentino Carlos Octavio Bunge (1875-1918) dice:

"Poseía un espíritu contemplativo y religioso. Falto de escuelas, su filosofía era simple ciencia de la vida formulada en abundantes sentencias y refranes. (...)

Trovador de abolengo, habíase traído de Andalucía la guitarra, confidente de sus amores y estímulo de sus donaires. Sentado sobre un cráneo de potro o de vaca, bajo el alero del rancho o bien sobre las salientes raíces de un ombú, tañía las armónicas cuerdas para acompañar sus canciones dolientes o chispeantes, a cuyo ritmo bailaban los jóvenes. De este modo se unían en una sola manifestación, como en las culturas primitivas, las tres artes: danza, música y poesía. En la danza alternaban movimientos graciosos, casi solemnes, y alegres zapateos. En la música -cielitos, vidalitas, tristes, a veces no sin marcado sabor morisco-, recordaba las melodías populares de la bendita tierra de los claveles y las castañuelas. (...)

Era fértil en imágenes como los poetas orientales; casi no se expresaba más que con metáforas y en estilo figurado. Fácil lirismo tenía en el fondo del alma y el chascarrillo a flor de piel. Prolongaba inmensamente notas trémulas, vibrantes, cálidas, que se dirían nacidas, más que humano pecho, de las entrañas mismas de la Pampa, como por evocación divina." (Fragmentos del discurso pronunciado en la Academia de Filosofía y Letras, 1913)

Si bien la payada hoy en día en nuestro territorio -y hace ya un siglo- se desarrolla sobre ritmo de milonga, es sabido que originalmente los gauchos improvisaban sobre ritmo de cifra. Uno de los grandes intérpretes de música surera -la música de tradición campera que mejor ha sabido mantener el color de la estirpe gaucha-, don Argentino Luna, en una entrevista realizada por el músico Chango Spasiuk para el Canal Encuentro, decía que la cifra tenía un claro origen en el flamenco andalusí. Ahora bien, el escritor andalucista Blas Infante (1885-1936) sostiene que el término 'flamenco' proviene de la expresión árabe 'fellah min ghair ard', que significa 'campesino sin tierra'. Asimismo dice que muchos moriscos se integraron en las comunidades gitanas y supone que desde ese caldo de cultivo surgió el cante flamenco, como manifestación del dolor que ese pueblo sentía por la aniquilación de su cultura (cf. Orígenes de lo flamenco y secreto del cante jondo, 1929-1931). En su obra 'El Ideal andaluz' escribe: "(,..) estos moriscos, estos andaluces fieramente perseguidos, refugiados en las cuevas, lanzados por su sociedad española, encuentran en el territorio andaluz un medio de legalizar, por decirlo así, su existencia, evitando la muerte o la expulsión. Unas bandas errantes, perseguidas con saña, pero sobre las cuales no pesa el anatema de la expulsión y la muerte, vagan ahora de lugar en lugar y constituyen comunidades organizadas por caudillos, y abiertas a todo peregrino (...) Basta cumplir un rito de iniciación para ingresar en ellos. Son los gitanos (...) Hubo, pues, (el morisco) de acogerse a ellos. A bandadas ingresaban aquellos andaluces, los últimos descendientes de los hombres venidos de las culturas más bellas del mundo, ahora labradores huidos. ¿Comprendéis ahora por qué los gitanos de Andalucía constituyen, en decir de los escritores, el pueblo gitano más numeroso de la tierra? ¿Comprendéis por qué el nombre flamenco no se ha usado en la literatura española hasta el siglo XIX, y por qué existiendo no trascendió el uso general? Un nominador arábigo tenía que ser perseguido al llegar a denunciar al grupo de hombres, heterodoxos a la ley del estado, que con ese nombre se amparaban. Comienza entonces la elaboración del flamenco por los andaluces desterrados o huidos en los montes de África y España" (págs. 107-108). El Padre García Barroso también considera que el origen de la palabra flamenco puede estar en la expresión árabe usada en Marruecos 'fellahmengu', que significa 'los cantos de los campesinos' (cf. La música hispanomusulmana en Marruecos, Larache, 1941). Asimismo, Luis Antonio de Vega aporta las expresiones 'felahikum' y 'felahenkum', con en el mismo significado (cf. El origen del flamenco. El baile de los pájaros que se acompañan en sus trinos).

Con estos breves apuntes hemos querido sumar información sobre la indudable influencia que la cultura hispanomusulmana ha tenido en la forja de nuestra identidad tradicional argentina. Por esto, y en tanto que musulmanes argentinos, es nuestro deber conocer, respetar y amar nuestras señas culturales distintivas para así poder sanamente desarrollar nuestro espíritu en el marco de una experiencia islámica espontánea y natural.



[1] Así encontramos en un cantautor argentino contemporáneo, el gaucho y payador surero Alberto Merlo (1931-2012), una payada titulada ‘De pie forzado’, en la cual expone excelentemente este género de interpretación (en el disco ‘Paisano’).

jueves, 5 de junio de 2014

José Ballesteros,"Celebración del Paisano"

Uno de los grandes exponentes de nuestro canto surero interpretando una hermosa oda reivindicatoria de nuestros gauchos.

domingo, 1 de junio de 2014

Nuestros Poetas: Carlos Guido y Spano

Nació en Buenos Aires el 19 de enero de 1827, siendo bautizado como Carlos Rufino Pedro Ángel Luis, hijo del brigadier general Tomás Guido, guerrero de la Independencia, y de María del Pilar Spano y Ceballos, primogénita del coronel chileno Carlos Spano y Padilla.  En 1840, viajó a Río de Janeiro llamado por su padre, que ocupaba en ese país, el cargo de ministro plenipotenciario de la Confederación.  Allí aprendió el portugués, y más tarde escribió poemas en ese idioma.

Volvió a Buenos Aires para alistarse en el ejército de Juan Manuel de Rosas contra los franceses, pero no combatió, por haber desaparecido el peligro.

En 1848, preocupado por el estado de salud de su hermano Daniel que se había batido en duelo, partió hacia Francia, donde aquél falleció. Intervino en las revoluciones callejeras, de carácter liberal, que estallaron en París en ese año, y cansado de la fatigosa vida que llevaba regresó al Brasil. Requerido por la sociedad local, se mezcló con ella, y atacó la política oficial carioca. Se afilió a un Club de Letras y tradujo al portugués el Rafael de Lamartine, precedido de un escrito satírico sobre sus Confidencias; pero la autoridad le extendió orden de destierro. Después de protestar y de escribir en publicaciones opositoras al gobierno imperial, se retiró a Europa, residiendo en Portugal, Inglaterra y Francia.  El 2 de diciembre de 1851, le cupo “el honor de recibir, entre las filas del pueblo amotinado, el fuego de los pretorianos al servicio de la ambición rampante”, según sus propias palabras.

Regresó a Buenos Aires en 1852, después de la batalla de Caseros.  Con motivo de la revolución del coronel Hilario Lagos, fue nombrado ayudante del general Ángel Pacheco, aunque pronto abandonó las filas y el suelo natal, como acto de protesta por la conducta que el gobierno observó contra su padre. Retornó una vez que hubo tranquilidad en el país. Cuando Derqui ocupó la presidencia de la Confederación, lo nombró en 1854, subsecretario del Ministerio de Relaciones Exteriores, en Paraná.  Colaboró en el número inicial de la “Revista del Paraná”, de ese año, con una de sus más celebradas piezas: “Al pasar”, especie de idilio impregnado de tierna nostalgia que tiene por escenario un lugar rústico del norte de Francia.

Por cuestiones políticas entre Derqui y Urquiza, renunció a ese cargo, y en 1861, fue nombrado subsecretario del Ministerio del Interior, en Buenos Aires, del que se retiró de inmediato, pasando a Montevideo, donde residía su padre. Sin medios de fortuna, trabajó como corrector de pruebas en una imprenta hasta embarcarse para Río de Janeiro, requerido por un negocio de carne conservada que fracasó.

De regreso a Buenos Aires comenzó a incursionar decididamente en la poesía.  Cuestionó ciertos triunfos literarios, y después se trasladó a Paysandú donde se unió a los defensores locales que fueron derrotados. Pasó a Montevideo, ciudad en la que se lo recibió con entusiasmo, pero vencida, tornó a Buenos Aires para dedicarse a sus trabajos literarios.

Pronto perdió a sus padres, rudo golpe que no quebrantó su fuerza juvenil ni doblegó su espíritu independiente y algo bohemio. Su padre había expresado el deseo de ser sepultado bajo las piedras de su querida Cordillera de los Andes, por lo que —a fin de poder enterrarlo en el Cementerio de la Recoleta, de Buenos Aires— Carlos Guido y Spano hizo traer piedras desde la cordillera para construir con sus propias manos el sepulcro de su padre. (1)

En 1871, tomó parte activa en la Comisión Popular de lucha contra la fiebre amarilla, que asoló a la ciudad. Terminada la peste, falleció su esposa Sofía Hynes. En ese año, reunió sus poesías y las publicó en un tomo que tituló “Hojas al Viento”, aclarando que era una “humildísima ofrenda al sentimiento y al arte”.  Su libro fue recibido con censuras y aplausos. Los versos agradaron por la música, sentido del color y la forma. El crítico de su obra, Pedro Goyena, no vaciló en afirmar, que eran poesías perfectas y cabales, de corte netamente clásico.

En 1872, el ministro Nicolás Avellaneda lo nombró secretario del recién fundado Departamento Nacional de Agricultura. Formó en la Guardia Nacional para aplastar la rebelión de Mitre en 1874, contra la candidatura de Avellaneda, y al término de la misma, fue nombrado director del Archivo General de la Provincia, a la vez que ejercía la presidencia de la Sociedad Protectora de Animales. En aquel año, el editor Eduardo Perié, de Sevilla, inauguró una colección literaria hispanoamericana con sus “Misceláneas literarias”.

Durante trece años, Guido y Spano cumplió funciones de vocal en el Consejo Nacional de Educación, desde enero de 1881 hasta 1889, y desde este año –por nueva designación- hasta el 31 de julio de 1894, en que no fue reelegido, por decisión del presidente Sáenz Peña. Esta apresurada terminación de funciones, mereció ser criticada por docentes, alumnos y el pueblo mismo. El Congreso, entonces, a pedido del diputado Almada, le acordó merecida jubilación en la sesión del 13 de agosto de 1894.

Cuando ya era muy popular en Buenos Aires, publicó en prosa una colección de crónicas y ensayos diversos, reunidos en dos volúmenes, titulados “Ráfagas” (1879), mereciendo destacarse el largo prólogo, magnífica autobiografía escrita en prosa ágil y suelta, cuya lectura produce el placer del más ameno de los relatos.

Volvió a prestar ayuda a los enfermos y heridos en la revolución de 1880, siendo socio de la Cruz Roja Argentina.

En 1899, apareció “Ecos Lejanos”, su segundo libro de poesías, nueva comprobación de su talento, de una opulenta belleza plástica, donde sus versos pueden citarse como ejemplo de flexibilidad y riqueza de palabras.

Su figura era popular, y solía caminar por la ciudad con particular indumentaria. Vestía con bombacha negra y una minisotana que le servía para disimular el defecto de una pierna de la que quedó defectuoso a raíz de una caída en la calle. Portaba sombrero alón de color blanco, y su canosa barba peinada y discreta “leonina” le daban particular realce a su apostura apoyada en un enorme bastón. El reumatismo que le atacó, paulatinamente, fue imposibilitando su andar, hasta que quedó postrado.

Vivió sus últimos años, recluido en su casona de la calle Ministro Inglés, luego Canning (hoy Scalabrini Ortiz) al 2700, y que los vecinos se obstinaban en llamar con el nombre del poeta, hasta la que llegaban de continuo numerosos grupos de alumnos de las escuelas para tributarle frecuentes homenajes. Se le consideraba una figura patriarcal. Eugenio María de Hostos dice que “entrando en su aposento, se encuentra Guido en el trapillo familiar, sin su disfraz de la calle, sin aparato adverso o favorable, se encontrará un hombre de edad media, singularmente envejecido porque no se atina qué motivos al parecer incapaces de mellar aquella vida risueña y saludable; perpetuamente rejuvenecido por el calor de la mirada, de la palabra y del fácil entusiasmo de su ambiciosa fantasía…  Lo primero que se nota al hablar con Guido es la armonía discordante de su voz; varonil en la entonación, infantil en la modulación, produce un contraste agradabilísimo, tan atractivo como el producido por los efectos tónicos que se llaman discordancias armónicas en música. Para el que tenga oídos en el entendimiento, esa virilidad de entonación opuesta al dulce candor de la modulación es una nota del carácter del hombre”.

Casó en segundas nupcias con Micaela Lavalle, quien lo cuidó con amorosos afanes en los veinte años de postración. De este modo, rodeado por el cariño y respeto de sus compatriotas gozó del reconocimiento de todos por su caballerosidad y benevolencia.

Fue miembro correspondiente de la Real Academia Española de la Lengua, en 1889, y miembro honorario de la Academia de Bellas Artes, de Santiago de Chile.  En 1896, la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires lo designó académico honorario. Su prestigio literario se fue acrecentando, y desde su lecho de dolor continuó trabajando sus composiciones mientras su intelecto permanecía lúcido y aun fecundo hasta el día de su muerte, acaecida el 25 de julio de 1918, a los 91 años de edad.

Sus exequias fueron imponentes. Una multitud acompañó al patriarca; era el homenaje de Buenos Aires a su poeta cantor, a quien se había ufanado de ser porteño y “argentino hasta la muerte”. “La Prensa” y “La Nación” publicaron sentidas notas necrológicas; este último compuso una imponente página entera de duelo, con el retrato de Guido viviente, y otra con “la cabeza yacente del poeta” en el ataúd. La última imagen de él, era la de un anciano de aspecto venerable, enmarcado el rostro por barba y cabellos blancos. Era la suya, una cabeza de profeta, a lo Leonardo da Vinci; poderosa y espiritual. Miguel Cané, en un artículo “Salud al poeta”, reunió una corona de alabanzas. Entre los poetas argentinos del pasado, Guido y Spano, es el que se halla menos lejos de nuestra sensibilidad actual, ha dicho Ricardo Rojas, agregando que es el “primer artista verdadero que hayamos tenido en nuestro país”. “Perfeccionó el verso, después del vehemente Mármol; civilizó la prosa a la par del elegante Avellaneda; dio a la poesía una función desinteresada, al margen de la política, y nos dejó en el recuerdo de su propia vida, un espectáculo de belleza casi legendaria en el ambiente de nuestras embrionarias repúblicas”

Puede decirse que pertenece a la generación del Ochenta, conjuntamente con Olegario V. Andrade, Ricardo Gutiérrez y Rafael Obligado. Su obra emana en su casi totalidad del romanticismo y, si bien, convivió un poco con la inspiración parnasiana aportada por Rubén Darío, la labor poética de Guido y Spano es de esencia romántica. Hay suavidad y grandeza en su verso.

En 1911, al editarse sus “Poesías Completas”, Joaquín V. González y Santiago Estrada, escribieron en esa oportunidad sendos prólogos laudatorios. Sus poesías más conocidas son: “At home”, canto de las virtudes domésticas, en tono digno y sencillo; “Nenia”, elegía dulce y melancólica, que llora al Paraguay después de la guerra de la Triple Alianza, cuya segunda quintilla es conocida en toda América:

Llora, llora urutaú
en las ramas del yatay,
ya no existe el Paraguay
donde nací como tú.
Llora, llora urutaú.

Un conocido escritor argentino, contemporáneo del poeta, el general Lucio Víctor Mansilla, comentó humorísticamente la estrofa de este modo: “el urutaú es un pájaro que no llora; el yatay, tiene hojas, no ramas; el Paraguay existe…”

Otras poesías son: “Marmórea”, retrato romántico; “La Aurora”, juego de colores y de música; “Myrta en el Baño”, un revivir de la Grecia de mármoles luminosos; “En los Guindos”, idilio juvenil de las horas felices del despertar de la vida; “A mi hija María Pilar y a mi Madre”, versos delicados, hechos con unción y ternura exquisitas; “¡Adelante!”, admonitorio y viril; “Patagonia”, voz airada y vibrante, que en momentos críticos tuviera tanta resonancia en la Argentina y aun en Chile; “Amira”, un canto de terneza, y así muchos otros.

Dentro de su estilo cuidado y sereno, está presente su admiración y culto a los poetas griegos, y como un escultor ático burila con esmero sus versos. Su obra conjunta es amplia y diversa. Aparte de la suavidad y grandeza que se observa en su verso, sobresale por encima de todo, una gran nobleza de pensamiento, y una elevación que han hecho de él, una personalidad profundamente respetada en nuestras letras.

El “Álbum Guido y Spano” preparado en ocasión de las fiestas en honor del poeta (Buenos Aires, 1895), contiene innumerables colaboraciones laudatorias de los mejores escritores y poetas de la época. De él, dijo Luis Berisso: “Leyendo a Guido, parece que el hombre se olvida de las duras batallas de la vida, que la humanidad es menos egoísta, que hay más bondad en los corazones, más esperanzas en el porvenir, y que hasta el espíritu, desatándose de la mortal envoltura, se eleva por encima de las miserias de esta vida”.

Su voz, genuinamente argentina, voz de tierra y de pueblo, voz de América, fue innovadora, fecunda y sincera, como expresó Joaquín V. González: “Una vida consagrada entera a las musas amadas de la Patria y una honrada y pura ancianidad semejante a las encinas por lo vigorosas y floridas. ¡Es que lo alentó una gran salud de cuerpo y espíritu; por eso no hay debilidad en su canto, ni sombra en su ideal! Toda su obra respira los dos sentimientos, que son dos fundamentales virtudes: el amor del suelo nativo con su tradición, sus pompas y desnudeces, sus alegrías y dolores, sus sueños de gloria y de tristeza, y el amor santo y fecundo del hogar, que el poeta ha divinizado en estrofas de eternal perfume y mística unción”.

He nacido en Buenos Aires.
¡Qué me importan los desaires
con que me trate la suerte!
Argentino hasta la muerte,
he nacido en Buenos Aires.

 (1) El cuerpo de Tomás Guido permaneció guarecido en el cementerio de La Recoleta hasta el año del centenario de su fallecimiento. Se hallaba en una tumba con apariencia de refugio de montaña, de gruta patagónica. Sólida, resistente, humilde. Una cueva sencilla que, por su originalidad, contrasta con las fastuosas estatuas que decoran los mausoleos vecinos. En 1966, en conmemoración a los cien años de su muerte, sus restos fueron trasladados cerca de los de su amigo, José de San Martín, en la Catedral de Buenos Aires.

Fuente:
Cutolo, Vicente Osvaldo – Nuevo diccionario biográfico argentino – Buenos Aires (1971)
Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado

Extraído de: www.revisionistas.com.ar